A 25 años de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información
Luego de la caída de los valores tecnológicos promovidos por la Sociedad de la Información y la quiebra de varias empresas de telecomunicaciones en el mes de marzo del año 2000, el debate en torno a la Sociedad de la Información (SI) fue reactivado. En 1998, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), con el respaldo que la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), llevó a cabo la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (CMSI) realizada en dos fases: del 10 al 12 de diciembre del 2003 en Ginebra (Suiza) y del 16 al 18 de noviembre del 2005 en Túnez (Túnez). De esta manera, a 25 años de la aprobación del Informe MacBride por la Asamblea General de la UNESCO en 1980, el debate internacional sobre la comunicación y la información reinicia la discusión, desplazando algunos conceptos pero reubicando otros en el centro de la escena.
Para comprender este movimiento de conceptos y cambios de agenda que la CMSI puso de manifiesto, es necesario reconstruir el debate histórico que le precede y que tiene un claro inicio en la IV Conferencia de Jefes de Estado y Gobiernos de los Países No Alineados que se desarrolló en Argel en 1973. En dicha conferencia, los países del Tercer Mundo hicieron escuchar sus reclamos, planteando la necesidad de reafirmar la identidad cultural y nacional para acabar con la dependencia cultural que la era colonial había dejado como herencia. Al año siguiente, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, los mismos países plantearon la necesidad de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) que puede ser traducido como la exigencia de un nuevo y más justo reparto económico; discusión que acompañó a la problemática sobre los desequilibrios en los flujos de la información. Paralelamente al debate en torno al establecimiento de un nuevo orden de la información y la comunicación, numerosas voces se alzaron para sostener la necesidad de implementar Políticas Nacionales de Comunicación (PNC). Esta posición partió de la convicción de que el proceso de democratización de las relaciones internacionales en materia de comunicación debía ser acompañado por un mismo proceso endógeno en cada uno de los países implicados. De este modo, sucesivas políticas de comunicación esbozaron la base conceptual que toda comunicación democrática debía incorporar. Así, aspectos como “acceso y participación”, “servicio público” y “planificación de la comunicación” se transformaron en los ejes centrales de la comunicación, concebida como una instancia primordial en el proceso de transformación de los países.
Esta historia condujo a la aprobación del Informe MacBride en la Asamblea General de la UNESCO llevada a acabo en 1980 en Belgrado. Las ideas contenidas en las cinco áreas centrales del Informe (Políticas de comunicación, tecnología, identidad cultural, derechos humanos y cooperación internacional) constituyeron un aporte fundamental para la legitimación de la noción de derecho a la comunicación, concepto superador y más abarcador que el de derecho a la información. Sin embargo, no obstante la aprobación del Informe, a partir de los inicios de la década del ´80 se asistió a un cambio del contexto mundial que llevó a la derrota del movimiento político que lo impulsaba y al triunfo de las políticas neoliberales.
En un momento caracterizado por la emergencia de los procesos de desregulación, privatización y retraimiento del Estado en aspectos cruciales como las telecomunicaciones, tanto el agotamiento del debate internacional centrado en la democratización como el creciente fenómeno de la globalización dieron espacio a la consolidación de un imaginario social basado en las nuevas tecnologías. Es así que el ingreso de los grandes conglomerados transnacionales en el sector y la liberación de dichos mercados -considerados hasta ese momento como “monopolio naturales”- comenzaron a delinear un nuevo paisaje que haría foco principalmente en la necesidad de expansión tecnológica.
Con el inicio de la crisis “posfordista”, las nuevas tecnologías y su capacidad de almacenar y transmitir información empezaron a constituirse como la herramienta de salida al colapso económico. La temprana popularización de estas innovaciones tecnológicas dio lugar a un proceso de incorporación del tratamiento informatizado de la información en el proceso productivo que avanzó hasta el desarrollo abierto y comercial de Internet. En marzo de 1994, Al Gore, entonces vicepresidente de EEUU, lanzó en Buenos Aires un proyecto destinado a construir una Infraestructura Global de la Información que ponía su interés en el desarrollo y distribución tecnológica plasmada en las redes y el mercado. El mismo año, siguiendo esta línea, el Informe Bangemann en Europa, en el marco de la Comunidad Económica Europea, sostuvo la necesidad de arribar a la “Sociedad Global de la Información”. Poco a poco, la Sociedad de la Información habría un camino en el cual el concepto de democratización pasaba a segundo plano.
Tras este devenir histórico señalado por transformaciones políticas y económicas, arribamos a un nuevo estado de la discusión nacida en 1973. Un nuevo periodo histórico en el cual se destacan la mayor particularización de las posiciones en el interior del Tercer Mundo y las divergencias en el interior de los países desarrollados. Como corolario, el debate se traslada del seno de la UNESCO a una organización básicamente técnica, la UIT, y algunos conceptos se vuelven obsoletos y otros nuevos emergen, desencadenando nuevas problemáticas y conflictos a resolver. Desde esta nueva perspectiva, el término multimedia deja atrás a los tradicionales monomedia, conceptos resaltados en el Informe MacBride como “acceso y participación” son reemplazados por nociones como “acceso digital”, el “desequilibrio de la información” es entendido ahora como la “brecha digital” y los reclamos de “libre flujo de la información” dan lugar a las demandas por un “entorno habilitador”. A su vez, el carácter restringido de las discusiones intenta ampliarse con la incorporación de los sectores privados y la sociedad civil. Concurrimos, de esta forma, a una ruptura progresiva que marca un antes y un después: del proyecto de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación a la Sociedad de la Información.