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Presentación
En este trabajo vamos a recorrer algunas discusiones que
rodean, no siempre explícitamente, las prácticas concretas
en las que ejercemos la investigación social en tanto que
servicio prestado, a no importa quién, pero para
contribuir al conocimiento sobre un tema o problema que
debe resolver el usuario –no siempre el pagador—de los
resultados de esa investigación.
Dado el ámbito de exposición y publicación en que nos
encontramos voy a tratar de sostener el foco en un punto
intermedio entre lo que habitualmente se considera
“teoría” y lo que habitualmente se considera “práctica” o,
para ser más preciso, voy a exponer desde lo que podríamos
denominar “experiencia de investigación”.
En primer lugar, voy a tratar de despejar, desde mi punto
de vista, algunas confusiones acerca de la vida de la
investigación considerada “académica” y de la considerada
“aplicada”. Luego, voy a tratar de describir algunas de
las particularidades y problemas en los que se desenvuelve
actualmente la investigación “aplicada” y, por último,
propondré algunas vías de reflexión y acción para enfocar
esos problemas.
1. Parecidos y diferencias en
las prácticas de investigación aplicada y
académica
(1)
Me voy a situar aquí, no en
el campo de la verdad de la investigación social
(relaciones entre teorías y metodologías y relaciones de
ambos con los problemas estudiados) sino en el de los
verosímiles que, como en cualquier otra profesión u
oficio, ordenan su práctica.
A pesar de que, al menos desde Aristóteles, los
investigadores sociales conocemos la importancia del
verosímil –aquello que ocupa el lugar de la verdad—en
la vida social, no nos gusta vernos incluidos en
verosímiles dado que vivimos de enunciar verdades.
La más relativista de nuestras proposiciones (en el
extremo, una equivalente a nada funciona ya, en esta
sociedad y en esta época, como verdad general) se
carga con la fuerza de lo asertivo. Si no lo hiciéramos
así, no podríamos practicar el juego de lenguaje
llamado “científico”.
Puede decirse que en esa obligación nos alivian, por un
lado, ciertos rasgos del estilo de época descriptos
insistentemente --como los que indican la puesta en
cuestión de todo paradigma generalizante—y, por el otro,
las dificultades que han enfrentado aquellos que han
intentado la vinculación del concepto de verdad con
alguna proposición generalizable; así lo muestra Alicia
Páez cuando, discutiendo los intentos de Austin de
vincular la verdad con posiciones pragmáticas –de
uso—del lenguaje, concluye que “para hacer lugar a la
verdad” es necesario que “un cierto acto de lenguaje deba
negarse como tal, que el sujeto deba retroceder y
desaparecer en su hacer” (Páez: 1980); a partir de
allí, la condición de verdad sólo puede sostenerse
como correspondiente a cierta posición enunciativa y no
como afirmación acerca de un referente objetivo en el
mundo.
Pero el alivio, ya sea que provenga no conscientemente del
estilo de época, o esté fundado en profundas y atinadas
reflexiones teóricas, no puede hacernos desbarrancar en un
relativismo
infinito e irresponsable.
Recordemos que Metz (refiriéndose al cine pero con
observaciones aplicables a cualquier área de la vida
social) consideraba al verosímil como la censura
propiamente “ideológica”, aquella que, por pasar
inadvertida, ejerce su acción impidiendo la generación de,
por ejemplo, nuevos temas discursivos (Metz: 1968).
Ahora bien, entendido así,
el verosímil actúa como una especie de cárcel invisible de
la que no se puede determinar siquiera su perímetro. Sin
embargo, según el mismo autor, el verosímil se quiebra, se
transforma (notemos que el texto citado es de la década
del ’60 cuando múltiples convenciones del lenguaje
cinematográfico fueron puestas en cuestión). La condición
para un cuestionamiento exitoso del verosímil es el
todavía misterioso proceso de aceptación social,
generado en, o generador de, como describe sutilmente Metz,
un nuevo efecto de verdad que pasará a alimentar el
verosímil.
Más allá de lo apasionante del tema, lo que quiero
destacar aquí, es el efecto de trama discursiva que
exige el verosímil para ser abordado. Los desgarrones
producidos en su red por la actividad disruptiva de un
artista o por las humildes observaciones (por otra parte,
de origen grupal) que pueden encontrarse en un trabajo
“técnico” como el presente, sólo pueden sostenerse y
aprovecharse en el “entrejuego de colegas” que aquí se
propone y se busca.
Teniendo en cuenta lo anterior, la investigación
académica y la aplicada pueden ser consideradas
como pertenecientes a dos mundos que se tocan sólo por
casualidad. Sin embargo cuando alguien, como quien
escribe, tiene la suerte (o solamente la condición) de
convivir con ambos ámbitos, se descubren ciertas
características curiosas.
En primer lugar, la investigación académica y la aplicada
no difieren en teorías. Es decir, toda teoría que esté
presente en la Universidad se aplica en su exterior e,
inversamente, toda teoría que afuera sea exitosa en algún
momento entra en la Universidad. Puede haber ciertos
desplazamientos temporales pero no es lo que define la
diferencia.
Tampoco difieren en las metodologías y técnicas en sí. Una
investigación cualitativa o cuantitativa
adentro o afuera de la Universidad se hace con las mismas
metodologías y procedimientos. No ha dejado de
sorprenderme la utilización en el campo "comercial" (sólo
una de las posibilidades dentro del campo "aplicado") de
teorías de autores como Lacan o Foucault, vinculados en
esos casos a los más "pedestres" temas de investigación.
Y más aun, tampoco difieren los investigadores. Por
supuesto que hay investigadores fuera de la Universidad
que no están, además, adentro y que hay investigadores en
la Universidad que no están fuera de ella, pero son muchos
los que están en los dos lados. Es posible encontrarse con
ellos, tanto concursando como compitiendo, en el campo
académico como en el campo aplicado. Aunque no se hable de
ello dentro de la Universidad en general lo importante a
retener aquí es que en los niveles estratégicos de
constitución del campo (teorías, metodologías y recursos
humanos) la diferencia es sólo de matiz o de secuencia de
inserción.
Las diferencias entre la investigación académica y
aplicada pasan, a mi entender, por los siguientes ítems:
§
Temas: los temas de
investigación académica son, en general, internos
en tanto que disciplinarios. Es decir, quien enseña
semiótica, estudia fenómenos discursivos; quien enseña
demografía estudia fenómenos demográficos; etc. Por lo
tanto, en la investigación académica, primero está la
circunscripción institucional y, luego, la circunscripción
del objeto. En cambio, en la investigación aplicada los
problemas a investigar son, en principio, externos
al investigador: dado un sector o una institución social
que decide emprender una investigación sobre un objeto que
genera preocupación, se convoca investigadores, teniendo
en cuenta su experiencia previa, la que se considera
suficiente aunque no esté fundamentada en experiencias
directas sobre ese objeto. La vida social regula la
selección de temas.
Metodologías específicas a aplicar:
en la investigación académica las metodologías son
presupuestas; es decir, dado que se nos reconoce como
“especialistas en una disciplina”, desde el diseño del
proyecto hasta su aceptación estarán influidos por esa
restricción. En
§
la
investigación aplicada las metodologías son ad-hoc: dado
que existen, previamente, problemas a investigar se
convoca a los investigadores para que propongan cómo se
investiga.
§
Costos:
los costos de una investigación dentro del mundo académico
se establecen luego del diseño del posproyecto. Primero se
determina qué es lo que se va a investigar, por qué
procedimientos, con qué equipo y luego se establecen los
requerimientos presupuestarios[i].
En el mundo de lo aplicado el universo de los costos está
en el preproyecto; es decir, se cuenta con un monto
determinado a utilizar en la investigación, y a partir de
allí, se investiga, tal vez con ligeros ajustes, “lo que
se puede”.
§
Tiempos de investigación: los
tiempos en investigación académica responden a los tiempos
de la vida académica, por ello, hay proyectos trienales,
bianuales, anuales, etc. En el mundo de lo aplicado los
tiempos deben adecuarse a los tiempos de resolución de los
problemas. Si se debe contar con los datos para tomar una
decisión en un plazo de 3 meses, a ese plazo deberán
adecuarse los tiempos de ejecución del proyecto. En cuanto
a la continuidad de la relación entre
investigadores e institución contratante más allá de la
realización de un proyecto, si bien en los dos casos suele
haber continuación, los procedimientos son claramente
diferenciados; en el mundo académico, para que haya
continuación, se tiene que haber cumplido con las normas
institucionales de investigación, informes de trabajo y
económico y publicación periódica de trabajos (ver después
Evaluación); si bien lo azaroso tiene un peso en el mundo
de lo aplicado (puede haber o no presupuesto de
investigación), la continuidad de la relación se define,
en general, no porque el trabajo haya sido realizado
“correctamente” (y aun brillantemente) sino porque haya
resultado útil al “propietario del problema”. Esa es la
condición ideal para que, al menos, exista la voluntad de
recontratar al equipo de investigación.
§
Evaluación: nuestros proyectos
de investigación académicos son evaluados por “expertos”,
colegas de similar o superior jerarquía que el director,
quienes determinan tanto la eficacia técnica como la
administrativa. Se trata, por lo tanto de un sistema de
evaluación interna al mundo académico. En el mundo
de lo aplicado puede ser que intervenga algún colega, pero
la evaluación definitiva, la que –en caso de que haya
continuidad del problema y presupuesto disponible- decide
la continuidad del trabajo es la del “propietario del
problema”. En estos casos puede tratarse de alguien que lo
ignora todo acerca de la investigación social y que aceptó
al equipo de investigación por recomendación o
antecedentes; él es quien dirá si los resultados del
trabajo le resultan útiles o no.
Como se ve, las diferencias
entre la investigación académica y la aplicada son, en una
primera mirada, burocráticas en el sentido no peyorativo
del término: se trata de diferentes modos de administrar
las solicitudes y los recursos de investigación. Sin
embargo, creo que lo que se pone en juego son los modos de
cómo interactúa la institución investigadora con el
exterior de ella. Esos matices de interacción generan, a
mi entender, tanto fuerzas como debilidades acerca de las
cuales es necesario reflexionar.
Supongo que es evidente el hecho de que se viene
preparando la situación como para establecer un análisis
de simetrías y complementariedades entre los campos de
desempeño “académico” y “aplicado”. Espero que, en el
despliegue de esa posición haya quedado en claro que no se
trata solamente de una especie de transacción política que
intenta articular lo inarticulable. Desde un cierto punto
de vista, que parcialmente comparto, no se puede unir lo
que la vida social ha separado pero, en la tarea de
análisis, siempre es necesario en algo torcerle la mano.
Me parece que el componente clave es la temporalidad
de las investigaciones. La sujeción, siempre externa
a la propia investigación, de ésta con respecto a
tiempos, ya sea académicos, con su cadencia administrativa
propia, ya sea social, con sus urgencias imposibles de
controlar por los actores sociales, rigen de tal modo la
tarea en los respectivos campos que, en principio, harían
imposible algún punto de integración. Pero creo que es
necesario, y posible, instalar un momento lógico previo
que permita comprender los resultados de la secesión así
descripta.
En términos generales la investigación académica corre el
riesgo de ser “endogámica” por el mismo movimiento por el
que la investigación aplicada es, por definición,
"exogámica".
Es decir que lo que está puesto en juego, y se comprenderá
rápidamente, no es un tema menor dado que se trata de las
relaciones de la tarea específica de investigación con su
demanda. En ese núcleo vincular quisiera poner énfasis en
la mirada para extraer ciertas características específicas
que me parecen esenciales.
Veamos las
fuerzas de la investigación académica. En primer lugar, la
amplitud de los objetivos. Por ejemplo, en el
Centro de Estudios Agroalimentarios (CeAgro) se realizan
estudios acerca de los cambios en las tendencias
alimentarias. Se trata, sin ninguna duda, de un tema clave
para el conjunto de la producción de alimentos del país,
sin embargo, a pesar de que he trabajado en el campo
aplicado para fabricantes de productos como leches,
galletitas, yogures, carnes, bebidas alcohólicas o no
alcohólicas, cereales, sopas, helados, etc., nunca se me
encargó un estudio de esas características; una de las
características de la institución universitaria, amasada
conflictivamente desde la Edad Media, es que permite la
generación de módulos de investigación
(investigadores/temas) cuyo desempeño puede ser
“infinito”.
Otra fuerza que tiene la investigación académica es la
obligación de auto referencia, entendida como
procedimiento “espiralado” de descripción del propio
trabajo (los nuevos avances se inscriben sobre los propios
avances previamente documentados). Más allá de que se haga
o no, la trayectoria de un investigador académico puede
ser seguida año tras año, por ejemplo, en sus
publicaciones. En ellas, el investigador debe ir dando
cuenta, de ser necesario, de los cambios de su posición en
relación con el avance de su trabajo. Es decir, que el
desenvolvimiento del conocimiento sobre un problema, y el
del problema mismo, puede ser comprendido en profundidad.
Por el lado de lo aplicado, una fuerza es la concreción
de cada proyecto. Es difícilmente concebible que un actor
social (insisto, puede ser una empresa, una ONG o un
organismo internacional) gaste dinero en una actividad que
no es propia, como la investigación, pudiendo usar el
tiempo y el dinero para cualquier actividad
específicamente relacionada con ella.
Ese esquema de trabajo posibilita una administración
racional de recursos y tiempos. No se está planteando aquí
una racionalidad genérica (por supuesto que los
investigadores académicos y su trabajo son, en general,
racionales), sino que esa racionalidad surge de una
transacción entre las urgencias de los ritmos sociales
y los tiempos necesarios para la realización del trabajo.
Si bien un equipo de investigación trabajando “a las
corridas” corre un gran riesgo de caer en errores, es
evidente que el entrenamiento en la “respuesta rápida” es
un dato a favor, y no en contra, en la evaluación del
desempeño de un equipo.
Resulta evidente que la descripción de las fuerzas de cada
campo de trabajo, dibuja en hueco sus debilidades. Así, la
investigación académica, corre el riesgo de una excesiva
abstracción y lentitud que la descoloque frente a las
reales necesidades sociales y la investigación aplicada
corre el riesgo de “comenzar de cero” cada vez que algún
actor social posa la mirada sobre un fenómeno, que recién
descubre, pero que puede tener acumulados años y años de
investigación previa (tanto en el campo académico como así
también en el aplicado).
Comencemos con un sinceramiento: el trabajo
actual dentro de la investigación aplicada se basa, en un
porcentaje importante, en modelos y metodologías que
comenzaron a construir los autores considerados clásicos
cuya aplicación se expandió en la década del ’40 del siglo
XX. Es decir que trabajamos, en general, con métodos
probados que resuelven los problemas para los que fueron
formulados de la manera en que fueron formulados.
En el contexto de la “crisis de los paradigmas” que afecta
a las ciencias sociales, la eficacia de esos modelos y
métodos están puestos en discusión. Un punto conflictivo
vigente, tanto en el campo académico como en el aplicado,
es si estamos frente a fenómenos nuevos que requieren
nuevos enfoques o si, por el contrario, son los nuevos
enfoques los que permiten la circunscripción, observación
y estudio de fenómenos de prolongada presencia.
Más allá de la importancia de la controversia –que es
imposible de resolver, según creo, desde un enfoque
generalista—me voy a colocar aquí en una posición
equidistante: el fenómeno de la segmentación que, desde
hace un par de décadas preocupa en marketing y opinión
pública se trata de un fenómeno coexistente con la vida
social dado que aún en las generalmente pequeñas
sociedades mal llamadas “primitivas” se encuentran grupos
diferenciales en términos de hábitos, desempeños,
actitudes, etc. En la preocupación por la segmentación nos
encontramos, entonces, con nuevos problemas y enfoques que
iluminan una parte de la vida social preexistente.
El fenómeno de los hipermercados, en cambio, aparece como
un fenómeno claramente novedoso. Además de la copresencia
de una oferta de productos que excede ampliamente
cualquier capacidad de planificación y consumo, se produce
una interacción entre “comunicación” y “decisión de
compra” inédita. En efecto, un individuo (que se trate de
un grupo sólo amplía geométricamente la complejidad de lo
que vamos a describir) se encuentra, en el momento
de la decisión de compra de algún producto, sometido, con
la sola condición de que camine unos metros frente a una
góndola, a una variadísima oferta de ese producto de
distintas marcas, algunas de ellas desconocidas para él
hasta ese momento, con sus respectivos logotipos y
envases, en distintos tipos de presentaciones y, lo que no
tiene una importancia secundaria, con sus respectivos
precios; estamos frente a una especie de pauta
publicitaria extensa en oferta y pobre en discurso, en la
que cada marca debe justificar su precio (lo que generará
el pago que cierra el acto de compra) con el soporte
solamente del diseño y la palabra del envase, sin la
fuerza persuasiva del discurso publicitario o de la
palabra del vendedor.
Descripta así la escena de compra en hipermercado, y
teniendo en cuenta la importancia que ese canal de
comercialización ha cobrado en la vida de prácticamente
todos los productos de consumo masivo, se entenderá mejor
esa discrepancia que encontramos entre el discurso
ensayístico que –aprovechando la siempre vigente
diferenciación de Eco—apocalíptica o
integradamente anuncia el mandato de las grandes
compañías multinacionales sobre la nueva etapa de la
globalización y el discurso interno dentro de esas
compañías donde cada vez se escuchan con más fuerza
aseveraciones sobre la “tiranía del consumidor o del
canal”.
Esa observación, relativamente lateral, nos permite
contextualizar, aunque más no sea superficialmente, la
descripción de dos de las fuerzas que están actuando sobre
el trabajo dentro de la investigación aplicada y que vamos
a denominar como las de la predicción (determinar,
acerca de un nuevo producto, por ejemplo, no sólo si será
exitoso o no, sino cuántas unidades se van a vender)
y las del realismo (cada vez más, los
fabricantes quieren ver cómo hablan y opinan, pero también
cómo compran y cómo usan sus productos los consumidores a
los que deben conquistar).
Lo primero que debemos notar es que son dos fuerzas, en
principio, contradictorias. Predecir implica la
construcción, mirando hacia el futuro, de un escenario
inexistente en la actualidad en alguno de sus aspectos. El
realismo, en cambio, requiere la reconstrucción de un
existente hasta en los detalles, siguiendo a Barthes,
excesivos con respecto a los objetivos de la
reconstrucción.
Por supuesto, la búsqueda de la predicción y del realismo
son fuerzas que están presentes en el desarrollo del
conjunto de las ciencias sociales: los primeros
antropólogos de los estados coloniales no eran enviados a
remotos territorios solamente para informar acerca de qué
ocurría sino para hacer sugerencias acerca de cómo actuar
para que las cosas fueran mejor. Si el cuadro debía ser
realista para su comprensión, que las predicciones fueran
medianamente aproximadas formaba parte seguramente de la
evaluación. Veamos cómo actúan estas fuerzas en la
actualidad.
Las técnicas predictivas de volumen son algo así como el
sueño de todo planificador de acciones sobre la sociedad:
determinan la cantidad de acciones de cierto tipo
(por ejemplo unidades que se van a comprar de un producto)
que se van a producir frente a un cierto estímulo que se
presenta a la sociedad. Dado el escaso contacto que se
suele tener con este tipo de técnicas, quiero afirmar
taxativamente que estas técnicas, al menos las que yo
conozco y he aplicado, funcionan; es decir,
predicen con un margen de error muy aceptable lo que
efectivamente va a ocurrir.
Si bien es obvia la importancia comercial de este tipo de
resultados (piénsese en lo que implica contar con ese dato
en el momento de decidir la inversión en un nueva planta o
línea de fabricación o en una gran campaña publicitaria),
no hay nada en el diseño de las técnicas predictivas que
impida aplicarlas (con ajustes equivalentes a los que
deben hacerse si se estudian productos no durables o
durables) a fenómenos sociales como cantidad de vacunas o
medicamentos de cierto tipo que serán demandadas, uso de
servicios domiciliarios y/o urbanos, votos a emitir en una
elección y distribución de los mismos, etc.
Ahora bien, cuando comprendí el funcionamiento de las
técnicas predictivas, fascinado por las posibilidades de
su aplicación y su importancia para el desarrollo de las
ciencias sociales, rápidamente me ganó el desasosiego por
el escaso espesor teórico de su soporte. En efecto, más
allá de su complejidad y precisión metodológicas, poco se
puede decir además de que “los individuos reaccionan
frente a los nuevos estímulos de manera parecida a como
reaccionaron frente a estímulos equivalentes”; es decir,
que la fuerza metodológica de estas técnicas se soporta en
la acumulación de saber empírico previo y no en la riqueza
de algún modelo teórico sobre el comportamiento social.
En cuanto al realismo, se traduce en un enunciado
equivalente a “para entenderla, debo ver con mis propios
ojos la realidad”. Esto se constata, por un lado, en la
expansión de la presencia de quien contrata la
investigación observando el desarrollo de, por ejemplo,
grupos de discusión con consumidores y hasta haciendo
ellos mismos entrevistas y, por el otro, en el regreso de
las técnicas observacionales aplicadas directamente sobre
los individuos y los grupos sociales.
Desde ya que sólo puede elogiarse la voluntad de un
operador social por estar en contacto cercano con el
ámbito donde debe desarrollar su acción; es más, esa
actitud debe ser recomendada pero de ella devienen
problemas.
En primer lugar, el hecho de que contratante y contratado,
tengan acceso al mismo tipo de material que será sometido
a análisis, genera una tensión entre los modelos de
análisis –explícitos o implícitos—puestos en juego para
establecer las conclusiones. Es la típica discusión entre
lo que efectivamente “se dijo” o “se vio” y las
interpretaciones que pueden hacerse de esos hechos o
palabras registrados.
Por otro lado, se ha observado frecuentemente, que las
metodologías observacionales –llámense etnografía,
microsociología o etnometodología—ricas en el momento de
la “construcción y descripción de objetos” son pobres en
el momento de la explicación por la falta de articulación
con modelos “macro” acerca de lo social. Me parece que es
una afirmación discutible, y no del mismo modo para las
distintas perspectivas y para diferentes autores, pero es
verdad que un autor que me resulta fascinante como Erwin
Goffman resulta difícil de “ser aprendido”; pasar de la
complejidad de un modelo como el del interaccionismo
simbólico de Mead a la dureza de un dato empírico, como el
comportamiento de un médico, con resultados útiles para el
conocimiento, requiere el recurso a habilidades como las
de la “obsesividad”, la “perspicacia” y la “creatividad”
cuya inclusión, como sabemos, resulta conflictiva dentro
de los juegos de lenguaje científico y/o didáctico (“lo
que natura non da, Salamanca non presta)”.
Con respecto a todo esto, el punto que me interesa
destacar es que la “crisis de los paradigmas” en las
ciencias sociales y sus modelos teóricos, no es sólo una
cuestión de “clima de época” cuya mención nos sitúa como
cómodamente actualizados frente a eso que se denomina
postmodernidad, sino que se vivencia en el ejercicio
más cotidiano de nuestro trabajo.
1.
Enfoques
Sea porque la realidad
cambia, sea porque cambian los modos de estudiarla, los
principios establecidos se conmueven y todavía no se ve
claramente cómo van a ser reemplazados. Un tema, aquí
también, es si se conmueven los cimientos que constituyen
un cierto estadio de lo científico o si sólo lo hacen los
verosímiles. Tomando como ejemplo la observación
(participativa o no) de un tipo de acción social
cualquiera: mil observaciones ¿resultan en un estudio
cualitativo o cuantitativo? En términos
generales, a la observación se la considera incluida entre
los estudios cualitativos pero si quisiéramos hacer un
informe acerca de los resultados de tal masa de datos,
sería indispensable recurrir a alguna metodología
estadística.
A mi entender, y más allá de los esfuerzos de
formalización, la oposición cualitativa / cuantitativa
queda atrapada en el mundo de los verosímiles que reparte
objetos, metodologías e incumbencias profesionales. Así la
investigación cualitativa debería ser realizada por
psicólogos y la investigación cuantitativa por sociólogos
con formación estadística; más allá de que no es verdad
que todos los cualitativistas son psicólogos y los
cuantitativistas sociólogos, los especialistas en
“observaciones” ¿qué serían? ¿etnometodólogos? ¿microsociólogos?
¿Estarían dentro del área cualitativa o, en el caso de las
mil observaciones, en el área cuantitativa? Se trata, en
realidad de “enfoques”, micros o macros,
dependiendo de que se hagan unas pocas o muchas
observaciones.
En cuanto a la escala del objeto de estudio (si
debe privilegiarse un enfoque micro o macro),
nadie ha planteado mejor el problema que Lévy-Strauss.
En su perspectiva, según la
extensión de los objetos a investigar, se utilizan
dos tipos de modelos: modelos mecánicos o modelos
estadísticos.
En un modelo
mecánico el estatuto de lo observado está en el
mismo nivel del enfoque del observador; esta perspectiva
es típicamente etnográfica porque se trabaja sobre
sociedades de poca extensión en las que se puede tomar
fácilmente un punto de vista desde donde se pueda ver toda
la sociedad en su conjunto: la aldea, los movimientos de
los individuos, cómo se prepara una comida, quién caza,
quién teje, quién cultiva, etc.
En cambio, en otros casos, la extensión del fenómeno es
tal --por ejemplo, el de nuestra sociedad-- que no hay
observador que pueda observar el conjunto; en esa
circunstancia, sólo se pueden observar fragmentos.
Aparece, entonces, toda la problemática de cómo un
fragmento representa al conjunto; en términos técnicos,
debe resolverse cómo una muestra representa a un
universo. Esta relación entre muestra y
universo es clave en la constitución misma de una
línea de investigación y mi opinión es que es la
elección del modelo mecánico la que conduce la
investigación y no al revés como suele creerse entre
nosotros; es decir, constantemente debemos confrontar (lo
hacemos aunque sea inadvertidamente) nuestras hipótesis
macro con nuestros hallazgos micro. De no
hacerlo así corremos el riesgo de repetir infinitamente
los presupuestos dictados por un verosímil ajeno a nuestro
trabajo de investigación (esos verosímiles estadísticos
pueden estar ligados tanto a fenómenos estilísticos de
época como la “postmodernidad” o a complejas costumbres
sociológicas como las de la “alimentación”).
Esta tensión entre lo mecánico y lo estadístico influye y
debe ser tenida en cuenta tanto en el campo académico
como en el aplicado. En este último caso, al no
tener en cuenta las diferencias entre modelos de
observación, alguien puede pensar, como ocurre, que es
posible influir con el cambio del diseño de un envase de
yogur (modelo estadístico: “en la góndola se define el
acto de compra”) en problemas que exceden ampliamente las
posibilidades de ese nivel de intervención como el del
envejecimiento de una marca, la cercanía afectiva del
consumidor con el local donde hace sus compras o, peor
aun, un cambio de tendencia alimentaria.
Una vez ordenado el campo desde un punto de vista
conceptual –en el ejercicio de nuestro trabajo seguiremos
utilizando durante mucho tiempo la oposición entre
cuali y cuanti—corresponde que veamos si es
posible introducirnos en el juego entre la predicción y el
realismo. Para ello propongo que solicitemos la ayuda de
la Semiótica.
El lugar de la Semiótica entre las ciencias
sociales como disciplina que estudia “la vida de los
signos en el seno de la vida social” es curioso. En el
marco de lo que, desde hace ya bastante tiempo se ha dado
en llamar el “giro lingüístico” dentro de las ciencias
sociales y humanas –y en el que se agrupan autores tan
disímiles como Wittgenstein, Heidegger, Lévy-Strauss,
Austin, Foucault, etc.—la Semiótica ocupa lugares
diferentes y tiene diferentes grados de desarrollo según
los países a pesar de que el discurso sociológico, el de
las ciencias políticas, el del psicoanálisis y las
distintas psicologías están llenos de, precisamente,
análisis de signos y discursos. Se ha producido una
especie de respuesta reactiva frente a lo que se denominó
a fines de los ’60 como “imperialismo semiológico” al que,
más que discutirlo, se lo ignora mientras en realidad,
aprovechando la negación, se ejercen tareas de rapiña
sobre su saber acumulado.
Si las ciencias sociales estudian objetos,
acciones y textos producidos por agrupamientos
humanos y los modos como se vinculan esos fenómenos con el
conjunto de la vida del agrupamiento, nadie discutiría que
la Semiótica tiene como objeto específico la vida de los
textos. Desde que Barthes (1970) presentó su clásico
artículo sobre retórica de la imagen, en el que
ejemplificaba con el envase de las pastas Panzani, se han
multiplicado las publicaciones acerca de publicidades y
envases. El límite para su utilización –tanto a nivel
académico como aplicado-- no es el
cuestionamiento general sobre su eficacia sino el
privilegio de un modo de estudio de lo publicitario que
privilegia el resultado entre los receptores de la
exposición a los estímulos y, a lo Lazarsfeld, la
consideración del estímulo como caja negra.
Pero la Semiótica no se ha dedicado solamente al estudio
de textos en sentido estricto. Durante los ’60, autores
como Maltese (1972) se preocuparon por estudiar a los
objetos como portadores de estructuras de significación,
tanto en sí mismos, como vinculados a las prácticas
estéticas. Más cerca de nuestro tiempo, en los ’80,
semiólogos como Verón y Floch produjeron trabajos muy
interesantes a partir de la observación de acciones
de recorrido –de un museo y del subterráneo,
respectivamente—construyendo tipologías de uso del espacio
que, desde su formación en estudios de textos, se
inscriben claramente en una perspectiva microsociológica
(es innegable la importancia de estos estudios para
aplicar ese enfoque a, por ejemplo, estudios de
comportamientos frente a góndolas de supermercados).
Por último, autores como Grayson, K. & Shulman D. (2000),
procuran aprovechar el conocimiento generado desde la
Semiótica (en su caso las tipologías de signos
desarrolladas por Peirce, entendidas como patrones
cognitivos de organización del mundo) para codificar
preguntas abiertas, incluidas en cuestionarios de
investigación cuantitativa. La tarea de codificación de
respuestas a preguntas abiertas (del tipo ¿por qué se dio
cierta evaluación en una escala cerrada?) es una tarea
delicada que, en realidad, nunca debería escapar a una
mirada semiótica (una respuesta a tener en cuenta, desde
visiones estadísticas, es el desarrollo de softwares de
procesamiento de textos que, por ejemplo, cuantifican la
emergencia de elementos lexicales).
Pero me parece que la Semiótica –en ese marco, que
describimos superficialmente, de crisis de los
paradigmas—puede hacer todavía una aporte más profundo y
estratégico. Para ello debemos recordar previamente que
Verón ha definido a la semiosis social como “la
dimensión significante de (todos) los fenómenos
sociales”. Es, como se ve, una dimensión macro equivalente
a las de sociedad o comunidad realizadas
desde la sociología o la antropología; en este sentido, la
definición resuelve todos los conflictos entre disciplinas
y ordena las incumbencias: dado que todo objeto, acción o
texto, y todas las relaciones entre ellos, adquieren su
sentido social en tanto que están incluidos en la semiosis
social, desde esa perspectiva, la Semiótica está en
condiciones de estudiar cualquier fenómeno y no sólo los
“exclusivamente” textuales; y, en esos estudios, además,
puede poner en cuestión algún realismo “inocente” y
aportar algo acerca de, por ejemplo, la posibilidad de
predecir.
2.
Semiosis y consumo: un caso
Para desarrollar lo que quiero decir, sin
poder extenderme en muchas explicitaciones teóricas, voy a
partir de un caso en el que tuve la suerte de participar.
Hace unos años, dirigí el Plan de Investigación para el
Dimensionamiento
del Mercado actual de Pescados / Mariscos
Frescos y Vías Comunicacionales para su Expansión en
Centros Urbanos encargado por la Subsecretaría de Pesca
en el marco del Programa de Modernización de los Servicios
Agropecuarios (PROMSA), Componente Desarrollo Pesquero.
Desde el título se ve, en primer lugar, que era necesario
incorporar modelos mecánicos y estadísticos
y que se indagaría un tema como el de la carne –del que
muchos de los lectores deben saber más que yo—del cual se
conoce su importancia en la cultura en general (Fischler:
1995) y en la de la Argentina en particular.
Para la indagación extrapolamos una clasificación de
principios de organización de lo discursivo que,
originalmente, Steimberg y Traversa (1980) habían
establecido para determinar la relación existente en los
sujetos con respecto a los textos teniendo en cuenta las
condiciones para el reconocimiento de los existentes como
para la producción de nuevos.
Traducidos a nuestros objetivos de
investigación esos principios quedaron establecidos como:
·
Soporte mítico: comprende las
articulaciones de la materia prima a utilizar para la
constitución de un plato (en nuestro caso, principalmente
las carnes) con clasificaciones y jerarquizaciones
conceptuales preexistentes, aunque no necesariamente
manifiestas, en el público.
·
Soporte estilístico: se refiere a las
conexiones “formales” que permiten vincular materias
primas con menús o dietas para la producción de series de
platos.
Éramos conscientes de que, dado que en
realidad íbamos a trabajar solamente con textos acerca de
objetos y acciones y no con observaciones de acciones
sobre objetos (palabras de individuos que decidían platos
en el hogar y, además, íbamos a tener en cuenta palabras
de especialistas como chefs o nutricionistas), no debíamos
confundir el estilo de vida (acciones y objetos) con el
estilo discursivo (textos) entre los cuales es habitual
encontrar dislocamientos y problemas de “falsa conciencia”
(Fernández:1995).
Una de las preguntas claves a responder en la
investigación era: ¿por qué un país con grandes recursos
pesqueros como la Argentina consume relativamente poca
carne de pescado? Dejo de lado aquí los múltiples niveles
que llevan a la decisión de la compra de un producto
alimentario en lugar de otro y a la decisión acerca de un
menú en general, y un plato en particular, para enfocarme
en la cuestión del pescado como carne en tanto que materia
prima sometida a un entrecruzamiento mítico-estilístico
para situarla entre el conjunto de las otras carnes y,
especialmente, como es obvio en nuestro país, con la
vacuna.
En efecto, el pescado --y en mayor medida todavía los
mariscos-- tienen una escasa participación en nuestros
hábitos alimentarios y una de las causas principales de
esta situación es el fuerte arraigo alimentario-cultural
que tiene la carne vacuna para los argentinos. Ella
constituye un genérico, no sólo de lo que habitualmente
se nombra como carne, sino también de la parte sustancial
de la comida o plato principal. Como materia prima ofrece
infinitas posibilidades: todos los platos que las amas de
casa han aprendido de sus madres y preparan para sus
familias. Se presenta en variedad de cortes que tienen
nombres diferenciados: peceto, bifes, cuadril, paleta,
etc.
Por tradición, en un largo proceso de acumulación de
experiencia, la variedad de cortes se corresponde con la
variedad de los platos que permite preparar: bife,
milanesas, asado, guiso, al horno, para salsas, para
puchero, etc.
Además de esta fuerte inserción en la vida de todos los
días, la carne tiene una significación muy fuerte que
enraíza en la tradición, la cultura y en la propia
identidad nacional. Es el consumo privilegiado de un país
que se autoconsidera ganadero como el nuestro y se trata,
por lo tanto, de una carne privilegiada: mejor y más rica
en comparación con la de otros países; es decir, que
define un rasgo diferencial de lo que pueda considerarse
una identidad nacional.
El asado, a pesar de que se lo consume en mucha menor
medida de la importancia mítica que se le otorga, condensa
muchas de estas significaciones, ya que puede definirse
como comida nacional, al tiempo que realimenta ese ritual
compartido con otros, que implica realimentar, al mismo
tiempo, la identidad en cada uno de los que lo comparten.
Como vemos, en este sentido, la carne vacuna presenta un
grado interesante de articulación de la polaridad
naturaleza-cultura porque implica un proceso de
mediatización, que si bien parte de la naturaleza,
teniendo como referente a la vaca, sería una naturaleza
muy elaborada, muy marcada por el proceso de
culturalización y que se presenta bajo la forma de los
cortes con nombre propio. Eso es lo que la vaca nos da:
la bola de lomo, la tira de asado, el peceto en un sentido
muy próximo a cuando decimos que la vaca nos da la
leche.
Mientras el alto grado de incorporación, tanto práctica
como simbólica, de la carne ha producido un fenómeno de
borramiento o de negación del proceso de
industrialización, cuyo resultado es que la percepción de
la carne en su estado "natural", fresco, sea la que
encontramos en las carnicerías bajo la forma de sus
variedades de cortes, el pescado, en cambio, carece de
esas formas simbólicas de representación que vuelvan
confiable la transformación de ese cadáver --que el
pescado es una vez fuera del mar--, en la materia prima
confiable para la elaboración de las comidas.
Por ello, el pescado es fobígeno, "da impresión",
especialmente el pescado entero y la forma preeminente de
consumo es el filet, y en particular, el de merluza que
es el más difundido. Es claro además, en este caso, su
incorporación sobre el modelo de la milanesa y puede
presuponerse que la vía de ampliación de su consumo sea
posible en gran parte, como se está haciendo, mediante el
trozado con formas que resuenen a las de otras carnes
(hamburguesas, medallones, lomos, etc.) y la incorporación
a platos también previos (frituras, guisos, cocidos,
caldos, etc.)
Este modelo convive con otro muy extenso y tradicional,
aunque con menor peso numérico, que contradice al que
vengo describiendo, que es el de la exposición del cadáver
(la media res asada con su cuero, el pollo, el cerdo, el
chivito y el pescado enteros) ligado al fuego directo del
que deben presuponerse otros soportes míticos y
estilísticos.
Como se ve, desde esta perspectiva, se articulan las
imágenes de los animales y sus contextos de vida (esas
vacas que vemos en el campo sin distinguir en ellas el
lomo que comeremos o esos pescados que nos observan con
sus muertos ojos abiertos en la banquina de algún puerto
pero que no podemos expulsar, por agrado o por asco, de lo
alimentario), con las de las materias primas para los
platos (con o sin indicaciones acerca de su estatuto de
cadáver) y la compleja palabra de los usuarios, influida
por la de la familia y la de los especialistas
mediatizados.
Establecidos --desde lo mecánico-- esos dos modelos, la
incorporación de lo estadístico dará cuenta de su
extensión (qué porcentaje de la población se ubica en uno
de los modelos y, si los alterna, con qué frecuencia
ejercita cada uno). Debemos tener en cuenta que las
conclusiones estadísticas no sólo determinan “pesos” sino
que también construyen modelos del conjunto –o de un
sector amplio—de la sociedad. En esa articulación entre
modelos mecánicos y estadísticos puede entenderse, tanto
la importancia del asado –más cultural que alimentaria--
como la necesidad de espacios específicos para las carnes
(trasplantes a los hipermercados de espacios de
“carnicería” y “pescadería”), que conviven con góndolas de
refrigeradas, para “mediar” entre universos tan diferentes
y conflictivos.
Lo importante aquí es destacar que el conocimiento de esos
estilos de procesamiento social de las carnes, las
industrias, los discursos y los platos (soportados en los
respectivos campos míticos) sirven para “predecir”
resultados de acciones sociales comprendiendo el
funcionamiento íntimo de la acción y del contexto en que
se va a insertar. Se dirá, del mismo modo que lo permite
el conocimiento de costumbres fijadas (patterns) o
de perfiles psicológicos, pero --más allá de que,
recordemos, esas categorías generales son puestas en
crisis o, al menos, usadas con desconfianza-- me parece
que hay una diferencia de estatuto que vamos retomar en
nuestras conclusiones.
3.
Conclusiones: la exposición
del verosímil
Como decía en un principio,
no pienso que lo puntos recorridos hasta aquí sean los
únicos a tener en cuenta pero me parece que son
imprescindibles para reflexionar sobre el conjunto de la
actividad de investigación académica, sus fuerzas y sus
debilidades.
Una primera conclusión es que observando con cierto
detenimiento esas complejas maquinarias sociales, a las
que hemos denominado investigación “académica” y
“aplicada”, las diferencias entre ellas no surgen de
diferencias, por denominarlas así, “profundas”. Quiero
decir con esto que, si los componentes básicos del trabajo
de investigación social son las teorías, las metodologías,
los objetos estudiados y los profesionales que hacen el
trabajo, se trata de un mundo único aunque con matices
internos en ambos campos. Las diferencias parecen
encontrarse en las “costumbres” de trabajo, es decir, en
lo que siguiendo una larga tradición, sólo podemos llamar
“condiciones de producción”, aun en el sentido más chato
del término, que puede describirse como “condiciones de
fabricación”.
Desde allí, se ve claramente la complejidad de nuestro
trabajo como investigadores de la sociedad: obligados a
tener una palabra “fría” sobre la vida social de la que
formamos parte, esa misma condición, ese mismo ejercicio,
nos convierte en engranajes de mecanismos que tienen vida
propia. Se dirá que este modo de funcionamiento social no
es exclusivo de la investigación social, y es verdad; pero
también es verdad que en este campo se nota especialmente
que se nos demandan posiciones de sujeto social claramente
contradictorias: ser, al mismo tiempo, el ingeniero que
diseña la fábrica y el obrero que la mantiene en
funcionamiento. Estamos obligados, por lo tanto, a
observar y a observarnos como a quienes observan. Se
trata, pensada como situación individual, de una
circunstancia constitutivamente esquizoide. La cosa es
distinta cuando se inscribe la situación individual en una
trama más o menos institucional. El procedimiento
utilizado, desde los diálogos platónicos, pasando por las
justas retóricas de la Edad Media, hasta la estructura
actual de Congresos o eventos similares (no pretendo
asimilarlos más que en esto) es la confrontación de
posiciones: cada uno mira lo que hace el otro mientras
muestra lo que hace uno; ¿cuántas veces nos ha pasado que
hemos descubierto el valor de algún aspecto de nuestro
trabajo a partir de críticas inmisericordes?
Es en ese marco, cuya falta nos condena a un autismo
repudiable por sociocultural y no como sintomatología
individual, que pretendo sugerir algunas líneas de acción
--no con el afán de dejar de hacer cosas que ya se hacen
(no me siento autorizado para ello)-- sino para agregar o
ampliar ciertas actividades. Entre ellas: profundizar el
estudio de la agendas de investigación; discutir "nuevos
temas a investigar” y no sólo resultados de investigación;
aumentar en el ámbito académico la presencia de la
evaluación externa, de “propietarios de problemas,
generando proyectos con tiempos y costos ad hoc
además de los que corresponden a los cronogramas
habituales. Todo esto sirve para poner en cuestión los
verosímiles en los que estamos inmersos.
Pero en este plano es donde la Semiótica
–al menos aquella en la que me considero incluido-- tiene
valor, más allá de la disciplina profesional que se
practique. Cuando observo una costumbre o un perfil
psicológico (en general prefiero hablar de perfiles
neuróticos pero sería necesario introducir aquí otras
discusiones) puedo decir, por procesos identificatorios,
“soy así” o “soy de otra manera” pero ninguna de esas
afirmaciones pone en cuestión ese marco de referencia al
que hemos denominado “verosímil”. Si puedo decir, en
cambio, “ése es un modo de funcionamiento social en el que
estoy, o no, incluido” es porque reconstruí el modo de
funcionamiento social de una manera equivalente a lo que
describimos como “semiosis social” (como se notará la
denominación es secundaria) y ese “yo” incluido en el
grupo observado es sólo parcialmente el que habla quien es
en realidad (también parcialmente) un “otro” sostenido, no
por su biografía (ni siquiera por su inteligencia), sino
por una trama de saberes que, como quiere Fabbri (1999),
articule el trabajo empírico de observación, la
metodología, la teoría y la epistemología.
Lamento no haber podido desarrollar más aquí la
diferenciación entre “estilo de vida” y “estilo
discursivo” pero a pesar de ello quiero señalar que los
estilos, cuando están bien aislados y descriptos, actúan
como matrices inadvertidas de la repetición necesaria para
la constitución de la vida social. En este sentido, y como
vimos, este enfoque permite incorporar criterios de
explicación y predicción que nos guíen entre la bruma de
la crisis de los paradigmas sin desplomarnos en el retorno
a la “observación inocente” o, lo que es peor, a no poder
situar nuestra posición en esas matrices de repetición
dejando que, no conscientemente, nos devore el verosímil.
|
Nota
1. Un desarrollo mayor sobre este punto en Fernández
(1999).
2. Otro aspecto de funcionamiento del verosímil: los
investigadores “saben”, aunque no lo digan, que no
pueden solicitar “cualquier” monto.
3. A pesar del riesgo de citar con estos términos a
la inevitable vida amorosa que se desarrolla en todo
campo de desempeño social, prefiero esta remisión a
la filiación --pertinente, como se verá, con
respecto a las características que describo a
continuación—en cambio de otras, como por ejemplo
los pares endógeno – exógeno o centrífugo –
centrípeto que, por su proveniencia de las ciencias
naturales confundan con un exceso de positivismo que
el conjunto de este trabajo no puede soportar.
4. Otras preguntas interesantes para hacerse con
respecto al funcionamiento de los verosímiles: ¿Por
qué el CeAgro funciona en Ciencias Agrarias y no en
Ciencias Sociales? ¿Por qué, al ser invitado a dar
una conferencia aquí descubro que entre 40
asistentes, la mitad son alumnos de Ciencias
Agrarias pero la otra mitad son de Ciencias
Sociales? ¿Por qué los estudios de cambios en las
tendencias alimentarias no se producen desde
aquellos que se dedican a enfermedades vinculadas
con la alimentación, como la bulimia y la anorexia?
5. Por supuesto que, por un lado, todo trabajo puede
estar “bien” o “mal” hecho, por gente responsable o
irresponsable, etc. Además, existen condiciones muy
particulares del trabajo efectivo de investigación
que hacen que un acortamiento del tiempo implique un
aumento relativo de los costos y ese cálculo, de
eficiencia, no de eficacia, puede también estar
“bien” o “mal” hecho.
6. Es interesante el paralelismo que se observa
entre la noción de segmento y la de minoría, más
utilizada en el campo académico para reemplazar al
de clase social. Mientras ésta última es una noción
de estructura socioeconómica, segmento y minoría
remiten a actitudes, costumbres, ideologías, que
atraviesan otros modos de agrupamiento. Es curioso
que una minoría sea, por ejemplo, la de las mujeres
(Deleuze: 1996).
7. Lévy-Strauss, C. "La noción de estructura en
etnología". En: Antropología estructural, Buenos
Aires, Eudeba, 1977
8. Utilizo la noción de fragmento ene el sentido en
que lo hace Calabrese (Calabrese, O. “Detalle y
fragmento”, en: La era neobarroca, Madrid, Cátedra,
1987) diferenciándolo del detalle. En realidad se
trata de un fenómeno complejo: como investigadores,
muchas veces observamos fragmentos (no sabemos cómo
se integra al conjunto lo observable) pero los
tomamos como detalles (presuponiendo algún modo de
articulación con la totalidad del fenómeno social en
que lo insertamos). Desde cierto punto de vista,
esto resume toda la discusión de este punto.
9. En realidad hay tres modelos mecánicos del
intercambio comunicacional: el del consenso, a lo
Habermas, el del par dominante/dominado, de larga
tradición de origen, entre otros marxista, a lo
Bourdieu y el que habría que denominar fracturado, a
lo Barthes, el de la “secesión de los lenguajes” o a
lo Verón, el de la fractura entre producción y
reconocimiento. Podría pensarse que los tres modelos
son utilizables según los objetivos de investigación
o las características del objeto a estudiar. Lo que
no puede presuponerse es aceptar la vigencia de
alguno de ellos sin que aparezcan consecuencias en
el conjunto del trabajo.
10. En la constitución sociodiscursiva del
repertorio o sistema de comidas que hacen posible la
existencia social de "un plato" intervienen
fundamentalmente dos vertientes: uno de amplia
generalidad, que ordena la circulación alimentaria y
otro, más circunscripto, que influye más
focalizadamente sobre cada plato. En el primer caso
intervienen la tradición de la familia de origen,
fundamentalmente la madre o algún subrogado por un
lado, y los discursos de autoridad por el otro.
Entre estos: los médicos en general, y los pediatras
en particular, que promueven tendencias alimentarias
que operan como modelos del bien comer. En la otra
vertiente, encontramos la "palabra" de los "sabios"
(gourmets, chefs, ecónomas), que circula a través de
los medios de comunicación y la de las otras mujeres
(amigas, conocidas, etc.), que se difunde oralmente.
11. Otra línea de barreras al consumo de pescado,
que no desarrollamos aquí, y parcialmente vinculada
con ésta, es la de la desconfianza que genera el
proceso de industrialización y enfriamiento del
pescado (“el único pescado fresco es el
recientemente extraído del agua”) frente a la larga
tradición local de la industria frigorífica
vinculada a la carne vacuna.
12. Encontramos aquí la oposición entre zoofagia (el
consumo de partes enteras e identificables de
animales) y sarcofagia (el consumo de carne de modo
que recuerde la forma del animal vivo), propuesta
por Vialles, N. (Fishler: 1990; p. 127). Por
supuesto, el éxito de nuestra investigación residía
en describir las particularidades del consumo
argentino pero no es lo que pretendo profundizar
aquí. |
Bibliografía citada
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(1970) "Retórica de la imagen". En: La semiología.
Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo.
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1987) “Detalle y fragmento”. En: La era neobarroca,
Madrid, Cátedra.
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(1996) “Control
y devenir”. En: Conversaciones. Valencia, Pre-Textos.
Fabbri, P.
(1999) “La caja
de los eslabones que faltan”. En: El giro semiótico.
Barcelona, Gedisa.
Fernández, J. L.
(1995)
"Estilo discursivo y planeamiento comunicacional", en
Oficios Terrestres Nº 1. La Plata, Fac. de Periodismo
y Comunicación Social, UNLP.
Fernández, J. L.
(1999) “Investigación académica / investigación aplicada:
parecidos y diferencias entre dos verosímiles”; presentado
en las II Jornadas Académicas de Ciencias de la
Comunicación: El estado del campo en las Ciencias de la
Comunicación; Facultad de Ciencias Sociales, UBA.
Fischler, C.
(1995) El (h)omnívoro.
Barcelona, Anagrama.
Floch, J-M.
(1993).
Semiótica, marketing y comunicación.
Barcelona,
Paidós.
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(2000) “Indexicality and the Verification Function of
Irreplaceable Possessions: A Semiotica Analysis”.
Journal of Consumer Research,
Vol. 27.
Lazarsfeld, P.
(1977)"De los conceptos a los índices empíricos". En:
Boudon, R y Lazarsfeld, P. Metodología de las
ciencias sociales Vol. I. Barcelona, Laia, 1977.
Lévi-Strauss, C.
(1977)
"La noción de estructura en etnología". En:
Antropología Estructural. Buenos Aires, EUDEBA.
Lévy-Strauss,
C.
(1970)
"Una sociedad indígena y su estilo". En: Tristes
trópicos. Buenos Aires, Eudeba.
Steimberg, O.
y
Traversa, O. (1980). "El momento del Plan en los
Medios: un tema técnico". En: Lenguajes 4. Buenos
Aires, Tierra Baldía.
Verón, E.
(1987) La
semiosis social. Buenos Aires, Gedisa.
Verón, E.
(1999)
“Museos”. En: Efectos de agenda. Barcelona, Gedisa.
Autor: Lic.
José Luis
Fernández. Docente Carrera Ciencias de la
Comunicación. Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad de Buenos Aires (U.B.A.)
Publicado en:
Oficios Terrestres Nº1.
La Plata, Fac. de Periodismo y Comunicación Social, UNLP,
1995.
Este trabajo tiene origen en una conferencia del ciclo
“Comunicación y alimentación: problemas de diseño e
investigación”, dictadas en el CeAgro, Facultad de
Ciencias Agrarias, UNLZ en noviembre de 1998. Se ha
mantenido el mismo contenido pero se corrigieron los
excesos de la oralidad, y se le agregaron títulos, notas
al pie y bibliografía.
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