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A su "guerra" interna, el régimen debió sumar el
peligro real de
confrontación con Perú. Y debió dar otra guerra
aún más dura,
que siempre perdió: la de la imagen. Con un
servicio diplomático
a cargo de militares y grados de improvisación
inverosímiles, no
podía ser de otra manera: los bochornos
abundaron en este
enfrentamiento con el planeta.
El mismo 11 de septiembre de 1973, el Estado Mayor de la
Defensa fue informado en Santiago de que en Lima se
había reunido el alto mando militar peruano, para
evaluar lo que ocurría en Chile. El 12, un grupo de
altos oficiales expuso ante el Presidente, el general
Juan Velasco Alvarado, la opinión taxativa de un sector
del Ejercito peruano: el golpe en Chile debía ser
aprovechado para una acción relámpago sobre Arica.
El Ejército chileno sabía que la situación era
peligrosa: la centenaria aspiración de recuperar
territorios perdidos en la guerra de 1879 había estado
rondando fuertemente en Lima durante todo el 73.
Así se interpretó
el cierre casi automático de la frontera que declaró el
Presidente Velasco Alvarado, un líder de esa peculiar
izquierda militar peruana que sentía amistad con
Salvador Allende.
Los años han demostrado que en rigor aquel general tuvo
la intención de detener a sus propios camaradas,
empeñados en una acción de consecuencias imprevisibles.
Los informes recibidos en Santiago hablaban de una
posible "guerra rápida de objetivo limitado", es decir,
una conquista de territorio sobre la provincia de
Tarapacá.
El peligro de guerra con Perú había sido la más fuerte
preocupación del alto mando en Santiago en los meses
previos al golpe. A lo largo de todo ese año se había
desarrollado una campaña sistemática de hallazgos de
uniformes del 79 y de rastros del saqueo de Lima: ¿se
estaba preparando a la opinión pública? Los informes
castrenses hablaban de una dimensión física de la
operación (ocupación de territorio) y de otra ideológica
(la acción nacería vinculada al centenario de la
guerra, pero adelantada). Lo concreto es que Perú, con o
sin la voluntad de Velasco Alvarado, inmediatamente
después del golpe, movilizó su dotación de cazas
supersónicos. Poco después del II, cerca del Callao,
realizó ensayos de bombardeos destinados a comparar su
precisión con la de los Hawker Hunter que actuaron sobre
La Moneda.
El estado mayor chileno decidió entonces reforzar el
norte y hacer de Tarapacá el centro de una emergencia
bélica. Se realizaron múltiples juegos de guerra. Se
organizaron distintos regimientos, se armaron los
mandos de operaciones y se inició un '"traslado por
infiltración" hasta Putre, para no alertar al enemigo.
Eran mil 200 hombres. No había otro regimiento de
Caballería tan poderoso. La costa quedaba a cargo de los
tanques. Y del altiplano, la FACh. Putre debía ser el
bastión de defensa y eventual penetración en el
altiplano. El desierto fue minado en amplias franjas,
salvando los caminos; se construyeron fortificaciones
subterráneas y defensas antitanques en la costa. Pesados
tetrápodos de concreto armado fueron fabricados e
instalados a lo largo de la Línea de la Concordia, como
una visible advertencia al vecino del norte.
Un plan de enlace de telecomunicaciones tendría su
comando propio en el "teatro de operaciones". El
"teatro" era frágil para Chile: una sola ruta debía
abastecerlo. De ser aislado por la aviación enemiga, el
resultado sería desastroso. Para suplir esa deficiencia
se instalaron arsenales ocultos.
Trozos de la ruta 5 norte —la Carretera Panamericana—
fueron pintados con signos fosforescentes para que
pudieran funcionar como pistas en caso de ser copados o
dañados los aeródromos usuales.
El núcleo de la táctica sería el uso de líneas de
defensa natural: las sucesivas quebradas que atraviesan
el norte.
Se programaba, para el peor de los casos, una retirada
escalonada hacia el sur, pero con un límite: la quebrada
de Camarones. Allí debía detenerse a los blindados
peruanos.
El ingenio buscó suplir la escasez de recursos.
El Ejercito ordenó la venta de un stock excedente
de cobre que había quedado en Chuquicamata, para comprar
armas. También adquirió todos los yaganes (jeeps
Citroen livianos, armados en Chile) disponibles y los
dotó de ametralladoras .30 y .50. Se recurrió a la
colaboración de civiles. Un equipo de la Escuela de
Ingeniería de la Universidad Católica, integrado por el
después ministro Juan Antonio Guzmán. ideó un proyectil
antiblindado dirigido por radio. Otros sistemas, de
minas y de blindajes, fueron desarrollados con el apoyo
de la industria privada.
HV-1,
todavía vigente
A comienzos de 1974, el gobierno de Santiago intentó un
ejercicio de distensión por la vía de afrontar problemas
comunes con los peruanos. Un informe sobre planes de
agitación continental preparados por la UP fue enviado a
los militares peruanos.
Velasco Alvarado le restó importancia.
Pero paralelamente surgieron denuncias de arsenales que
se estarían armando en Lima y de intentos de
infiltración en las FF. AA. de ese país. La información
chilena era fiable: sus datos procedían de fuentes
directas. Una supuesta predicadora evangélica, con el
amplio acceso que le daba su condición a los círculos
militares, transmitía casi diariamente sus apuntes. La
predicadora se llamaba Ingrid Oldcrock y era oficial de
Carabineros.
En febrero de 1974, el Presidente peruano comentó una
propuesta que pensaba hacer para acordar un
congelamiento de adquisición de armas en América Latina
por diez años. Un claro síntoma del estado de las
relaciones con Chile fue la reacción que este anuncio
produjo en Perú: la irritación cundió entre los círculos
militares y de gobierno. El jefe de la revolución debió
precisar que se trataba sólo de una idea.
Así que, otra vez, durante todo el 74, los militares
chilenos continuaron la preparación de la eventual
guerra.
HV-1 seguía vigente.
Bajo esa clave —Hipótesis Vecinal 1— el Estado Mayor de
la Defensa estudiaba la posibilidad de conflicto con un
solo país. Otras dos hipótesis, HV-2 y HV-3,
consideraban la hostilidad con Bolivia o Argentina, o
las tres naciones simultáneamente.
—Veíamos que la guerra se venía con todo: Perú, Bolivia
y Argentina. Era una guerra planteada como de
objetivo limitado, pero podía tratarse de un
objetívalo: se pretendía el Estrecho, el Cabo de
Hornos y Arica —contó un oficial que participó en las
operaciones de la época
Dado que Perú había sido el primer país sudamericano en
incorporar tanques y otros equipos de la URSS, se
especulaba con que el Kremlin, fracasada la experiencia
chilena, se concentraría en la revolución peruana.
Cierto desconocido profesor de Georgetown, que había
escrito algunas cosas sobre América Latina, fue
contactado por la diplomacia chilena para que difundiera
su visión de una URSS dolida y buscando reemplazo: el
profesor se llamaba James Theberge.
En ese ambiente asumió como embajador en Lima el general
(R) Máximo Enázuriz. Al presentar sus credenciales, un
mitin contra la Junta chilena le enturbió la jornada.
La diplomacia chilena de entonces, absolutamente
confundida con la Defensa Nacional, decidió que lo mejor
sería aislar el conflicto mediante una delicada
operación multilateral, centrada en el general Hugo
Banzer, jefe de Estado boliviano.
La ceremonia que en Brasilia instaló a Ernesto Geisel en
la Presidencia, en lugar de Emilio Garrastazu Médici,
permitió que se reunieran los gobernantes militares de
Chile, Brasil, Paraguay y Ecuador, más el autoritario
dirigente uruguayo Juan María Bordaberry.
Existe una tesis según la cual la presión de estos
regímenes obligó a los militares peruanos a bajar su
perfil en el área del Cono Sur. Cierta o no la
teoría, es un hecho que en ese contexto surgieron las
gestiones que culminaron, más tarde, con la reunión de Pinochet y Banzer en el "abrazo de Charaña".
La operación tuvo éxito a fines del 74: un día de
noviembre, el general Odlanier Mena, a cargo de Arica,
se reunió con el comandante de los blindados peruanos de
Tacna, general Artemio García, para el "abrazo de la
Concordia", una ceremonia en la que se instaló un
monolito y sendos arbolillos a ambos lados de la Línea
de la Concordia.
No se había ganado la paz definitiva: sólo un peligro
estaba conjurado.
Desconcierto en las embajadas
El criterio de la defensa militar dominó las relaciones
exteriores de los primeros momentos en el nuevo régimen.
El 11 en la mañana, cuando los funcionarios de la
embajada de Chile ante los organismos internacionales
con sede en Ginebra recibieron las noticias del golpe
militar, su primera reacción fue tratar de destruir los
equipos de comunicación. En esa sede funciona una
central de télex comunicada permanentemente con la
Cancillería en Santiago. Desde allí, los mensajes son
repartidos al resto de Europa. El sabotaje a los télex
habría provocado un gran lío: pero los funcionarios
encontraron la tenaz oposición del embajador Hernán
Santa Cruz.
La situación en casi todas las representaciones
diplomáticas era de total incertidumbre.
Técnicamente, los embajadores debían renunciar. Casi
todos lo hicieron en su primera comunicación con Chile.
Pero hubo casos diferentes. En Londres, Álvaro Bunster
se negó a entregar la embajada, y tuvo una rara disputa
con el adicto naval, el contralmirante Osear Buzeta, que
terminó cuando Bunster desapareció de la embajada. En
Pekín, el embajador Armando Uribe se tomó la sede,
instalando una bandera. Las autoridades chinas debieron
obligarlo a salir, pero sólo lo consiguieron un mes
después del golpe.
El embajador en Corea del Norte, Fernando Murillo, optó
por abrir un libro de condolencias por la muerte de
Allende. Poco después esa embajada fue cerrada.
En la noche del 12 de septiembre de 1973, en la Escuela
Militar de Santiago, la Cancillería quedó a cargo del
contralmirante Ismael Huerta. Los involucrados no
recuerdan una razón significativa para que a la Armada
le correspondiera esa cartera. Huerta había sido, junto
a Carvajal, el enviado de Merino a las reuniones de
conspiración previas al golpe, en la casa de una prima
de Sergio Arellnno Stark. Los "méritos especiales" del
contralmirante fueron recompensados. Tras asumir como
canciller, el 17 de septiembre fue ascendido a
vicealmirante. Pero el subsecretario que redactó el
decreto incurrió en un imperdonable error: dispuso el
ascenso a partir del 15 de septiembre. Huerta pidió
corrección. Un nuevo decreto estableció que había sido
vicealmirante desde el mismo 11.
El trabajo del nuevo canciller se inició en Defensa.
Allí tomó contacto con uno de sus primeros asesores
civiles: Orlando Sáenz. Este fue llevado al Ministerio
en una patrulla -había toque de queda—, junto a otros
siete dirigentes empresariales. Los hicieron pasar a una
sala donde estaban los cuatro miembros de la Junta y el
vicealmirante Patricio Carvajal. Este explicó que los
nuevos gobernantes deseaban testimoniar la convicción de
que el golpe había sido obra central de las fuerzas
gremiales, pero lamentaban no poder hacer público el
homenaje.
A la salida, Sáenz fue citado a una sala contigua, donde
lo esperaban Huerta y el general Nicanor Díaz Estrada.
Hablaron largamente, toda la mañana: tema central fue el
desastre de la economía y del comercio exterior.
—Debemos empezar a trabajar de inmediato para arreglar
este pastel, que es horrendo —dijo Huerta—. Al menos
usted conoce al cuerpo diplomático.
También se integraron como asesores el diplomático
Enrique Bernstein y el empresario Ricardo Claro. Con ese
equipo, la Cancillería se trasladó al ala sur de La
Moneda, que salvó del bombardeo del II,
El 1o de octubre se declaró en reorganización
el Ministerio: todo el personal quedó interino. El
11 se dictó un decreto que dispuso que la designación de
los embajadores de Chile en el exterior se haría (y se
había hecho) por la Junta desde el 12 de septiembre.
Los
primeros roces
Mientras se abocaba a lo económico, un problema de otro
orden empezaba a acosar al ministro. Cientos de personas
buscaron asilo en embajadas y miles fueron detenidas en
recintos habilitados como cárceles. Embajadores de casi
todos los países requerían a diario información sobre
detenidos y permisos para sacar gente: en los primeros
seis meses se extendieron cerca de siete mil
salvoconductos.
En octubre se acordó con Aenur que la mayoría de los
detenidos en el Estadio Nacional viajarían al
extranjero. Las embajadas más invadidas eran las de
México, Argentina. Panamá, Venezuela, Honduras, Colombia
y Suecia. De una etapa en que se mantuvo relaciones con
casi todo el orbe, incluida el área socialista, se pasó
a una tensa relación de Chile con el mundo.
—El problema no puede mirarse dentro de Chile no más
—decía Pinochet. explicando su visión de la seguridad
interior—. Este es un tablero de ajedrez. Y los
jugadores están fuera. Nosotros estamos dentro y
tratamos de colocarnos fuera del tablero. Pero hay otro
jugador que está mirando desde afuera, y que se quiere
meter adentro, a la lucha que se quiere crear.
Los constantes abusos en derechos humanos acentuaron las
hostilidades hacia el nuevo régimen.
Chile rompió relaciones con Cuba y Norcorea. Mientras la
URSS anunciaba que sólo tenía suspendido sus vínculos,
otros países socialistas optaron por el corte, y China
advirtió que las relaciones se mantenían. Tampoco
rompieron Rumania y Albania.
El panorama externo era desolador. Casi sobre la marcha,
la Cancillería esbozó una reacción: campaña de imagen.
Un grupo de juristas salió a recorrer el mundo por tres
semanas: en Madrid, la capital del franquismo, fueron
expulsados de una universidad. En Bolivia, otro equipo,
esta vez de dirigentes gremiales, fue desairado por los
periodistas, que los dejaron hablando solos. De
Venezuela fueron expulsados.
Otros partieron por su cuenta. A Sergio Onofre Jarpa se
le vio en las graderías de la ONU trenzado a puñetes con
un grupo cubano que insultaba a los militares chilenos.
"Cállese,
voy armado"
La primera pelea cuerpo a cuerpo con el mundo se dio en
la ONU, que iniciaba su Asamblea General en aquel
septiembre.
Para defender a Chile de una acusación cubana ante el
Consejo de Seguridad, se llamó el día 13 al diplomático
Raúl Bazán, asignado en la ONU: ya no se contaba con el
embajador Humberto Díaz Casanueva, amigo de Allende.
Los cargos eran dos: que buques chilenos habían
perseguido al navio cubano Playa Larga, que con
un cargamento de azúcar esperaba sitio el día II; y que
patrullas militares habían disparado a la embajada
cubana en Santiago.
La primera ayuda para enfrentar el caso la ofreció la
delegación de EE.UU. Los dos embajadores en la ONU,
Golbderg y Bennet, invitaron a Bazán a la residencia del
segundo. Querían evitar que Cuba ganara en el Consejo.
Bazán preparó la defensa en Washington. El alegato tuvo
lugar el 18 de septiembre.
Bazán admitió que el Playa Larga fue perseguido y
dijo que ello se debió a que la nave no obedeció las
órdenes. En cuanto a los disparos sobre la embajada,
explicó que fueron una respuesta al tiroteo con que fue
recibida una patrulla enviada por Carvajal a custodiar
la sede. Argumentó que la legación, desguarnecida en la
mañana del II, era posible objetivo de atentados.
También aseguró que se debió responder al fuego hecho
desde la embajada en contra de un piquete que tomó el
control de los colindantes y estratégicos estanques de
agua potable de Antonio Varas, pues se temía fueran
envenenados.
La querella cubana no prosperó y Bazán fue premiado con
el nombramiento de embajador ante la ONU.
Por esos días llegó a Nueva York el canciller chileno,
acompañado de Enrique Bernstein, Fernando Colonia,
Ricardo Claro y Orlando Sáenz. para hablar en el foro.
Ya al ingresar al edificio de la ONU, para saludar al
secretario general. Huerta debió oír gruesos insultos de
un grupo de manifestantes.
En ese clima hostil, habló Huerta. Agresivamente.
Se retiraron de la sala los soviéticos, cubanos y
mexicanos, y los miembros del Pacto de Varsovia.
—Las Fuerzas Armadas y Carabineros han tomado la tarea
de reencauzar al país por la senda del derecho y la
libertad. Una vez logrado nuestro objetivo —prometió—,
no dudaremos un minuto en retirarnos a nuestros
cuarteles y naves.
Huerta logró algunas entrevistas y fue invitado a la
embajada de España y a un banquete con Henry Kissinger
en el Museo Metropolitano.
Pero una sorpresa más aguardaba a la representación
chilena.
Como Huerta viajó a Washington. Bazán debió responder a
la violentísima réplica que hizo Cuba el 9 de octubre.
Dijo que mientras en Chile el golpe costó algunas vidas
por lado y lado, en Cuba la crueldad llegaba al punto de
que Fidel Castro —"caudillo omnipotente"— se deleitaba
invitando a amigos a las ejecuciones en el paredón.
El canciller cubano, Raúl Roa, no pudo resistirlo:
—¡Maricón, hijo de puta! —gritó, acercándose a la
tribuna con cuatro guardaespaldas que blandieron sus
armas.
El embajador uruguayo se cruzó gritando.
—¡Atájenlos!
—¡Cállese, embajador —dijo un guardaespaldas—, y
siéntese, que voy armado!
Bazán, entretanto, intentaba en vano arrancar de cuajo
la lamparilla del estrado, para defenderse.
Sólo la intervención de los guardias de la ONU impidió
que Roa subiera a la tarima.
El embajador chileno y su esposa fueron sacados en auto
desde el subterráneo para evitar la salida principal,
donde más cubanos esperaban.
A fines de septiembre, Bazán sufrió un nuevo gesto
hostil: le cerraron la puerta en una reunión del Grupo
de los No Alineados, al que hasta entonces pertenecía
Chile.
En el plano económico el balance no fue tan negativo:
pese a la imagen, Ricardo Claro y Ojiando Sáenz
consiguieron abrir canales crediticios.
La
diplomacia pretoriana
El terremoto que azotó a la Cancillería con el golpe fue
devastador para el servicio diplomático. La Junta partió
botando a la calle a 200 de los 400 funcionarios de
carrera, en un movimiento que sirvió también para
meter en la Cancillería a decenas de oficiales de las FF.AA
en grados medios. Las fuentes aseguran que la reducción
llegó al 40 por ciento del personal, y al 32 por ciento
de los ministros consejeros. Se trataba, decía el
régimen, de modernizar y agilizar ese Ministerio.
En la definición usada por los expertos, se pasó del
estilo "civil-pragmático" con que se manejaban las
relaciones exteriores en democracia a uno
"pretoriano-ideológico" .
Aunque como embajadores se mantuvo al principio una
mayoría de civiles, el cambio fue drástico (ver
recuadro).
A Rene Rojas Galdames, funcionario de carrera con amplia
experiencia y pasado radical, se le llamó al Vaticano
para que se hiciera cargo de la representación en Buenos
Aires, con la expectativa de que en esa sede solventara
él mismo los gastos de representación. Ese argumento
tuvo peso: la Junta quería colocar a toda costa a un
militar en Buenos Aires.
A la Santa Sede se envió a un hombre inusualmente joven:
Héctor Riesle, de 30.
La improvisación en el fino tejido de las relaciones
exteriores llegó a límites insólitos.
Una vez se ordenó a Huerta llamar a Fernando Duran, que
había dirigido El Mercurio de Valparaíso, para
enviarlo de embajador a Bélgica: Duran se presentó en el
Diego Portales para una audiencia con la Junta. Salió
visiblemente alterado. Lo habían hecho entrar a la
oficina de trabajo de los comandantes en jefe.
Merino lo miró.
—Usted es el señor Duran, el que se va de embajador a
Bélgica, ¿no?
¿Parlez-vous franeáis?
Y, mirando a Pinochet, agregó:
—¡Que Bélgica ni que nada! ¡Este es el hombre! ¡No se va
a Bélgica, se va a Francia!
La Junta acababa de saber que el agrément pedido
para un miembro de la Corte Suprema había sido
rechazado.
En 1974, durante un cóctel en el Cerro Castillo,
Pinochet se acercó a un ex asesor que acababa de dejar
funciones y se disponía a viajar a Caracas, para que
llevara una carta personal al nuevo Presidente Carlos
Andrés Pérez.
El emisario fue recibido por un funcionario de confianza
del gobierno de Caracas, quien le hizo una confidencia:
Pérez acababa de reunirse con su colega colombiano
Misael Pastrana Borrero; hablaron de Chile y se
informaron mutuamente de que rechazarían los agrément
solicitados por la Junta para dos militares.
Pérez quería que esto se le dijera a Pinochet, para
resolver el asunto discretamente.
Pinochet se enfureció: ordenó insistir en la petición.
Colombia igual lo rechazó, pero esta vez con escándalo.
Venezuela dio una fría aceptación: el embajador jamás
pisó el palacio de gobierno después de presentar
credenciales
Agregados culturales
Entre las operaciones de imagen armadas en la
primera etapa, una apuntó a los "expertos en
comunicación".
El 19 de noviembre
de 1973 se dictó un decreto que aumentó a 25 las diez
plazas de adictos culturales.
Fueron citados a la Cancillería Maximiano Errázuriz,
Jorge Navarrete, Lucía Gevert y Hernán Millas.
Los recibió el subsecretario, Enrique Carvallo.
—Queremos ofrecerle el puesto de agregado cultural y de
prensa. Usted podría irse a Canadá —dijo—. Aunque, en
realidad, si estudió en los Padres Franceses, mejor
vayase a Ginebra.
Errázuriz partió a Suiza. Lucía Gevert, redactora de
El Mercurio, fue enviada a Alemania. y Jorge
Navarrete a Londres. El cuarto de los citados esa tarde,
Hernán Millas, rechazó la oferta (Colombia).
En un rápido curso de la Academia Andrés Bello, los
postulantes se instruyeron. El número uno era procurar
que no apareciera nada sobre Chile, más que intentar
publicaciones positivas.
El 23 de diciembre llegó a destino uno de los primeros
enviados.
Maximiano Errázuriz tocó el timbre en el 56 de la rué
de Moillebcau, departamento 41, la oficina del
embajador en Ginebra. Pedro Daza. En la puerta había un
símbolo de recepción: una corona negra con filones
blancos: Au peuple chilien, assessiné par le régime
militaire.
Fue contra ese tipo de casos que la Cancillería
concedió máxima importancia a su Dirección de
Información Exterior, Dinex. La dirigió, desde
diciembre, Carlos Ashton, capitán de navío reintegrado,
ex gerente de radio Agricultura. En Dinex,
instalado frente al Diego Portales, Ashton preparó una
gigantesca ofensiva mundial de información. Se firmaron
centenares de contratos con radios, canales de
televisión, diarios y revistas, para que incluyeran
espacios con informaciones positivas de Chile. Ashton
formó su equipo con un pequeño núcleo: Alberto Guerrero,
Luis Souza, Mario González y Renato Deformes.
EE.UU., trago amargo
En la operación hubo que incluir también a Estados
Unidos: contra todas las esperanzas de los militares
chilenos, Richard Nixon había mostrado demasiada
frialdad pública con el régimen chileno. Pese a que se
había especulado sobre la participación de Estados
Unidos en el golpe militar, era un hecho que ese
gobierno había querido tomar distancia.
Embajadores de Chile a fines de 1973
Argentina: embajador Rene Rojas Galdames.
Brasil: embajador Hernán Cubillos Leiva.
España: embajador Francisco Gorigoitía.
EE.UU.: embajador Walter Heitmann Woerner.
Gran Bretaña: embajador Karen Olsen Nielsen.
India: embajador Augusto Marambio.
Paraguay: embajador Rolando González.
Perú: embajador Máximo Errázuriz.
Siria: embajador Fernando Contreras.
Suiza: embajador Manuel Rioseco.
Turquía: embajador Rudi Geiger.
Uruguay: embajador Raúl Elgueía.
CEE: embajador Carlos Valenzuela.
NU: embajador Raúl Bazán.
Oí (Ginebra): embajador Pedro Daza.
Agencia Arbitral de Chile (Beagle):
embajador José Miguel Barros.
Alemania: ministro consejero Pablo Valdés.
Australia: encargado de negocios, capitán de
navío Jorge Baeza.
Bélgica: encargada de negocios Elsa Wiegold.
Bolivia: ministro consejero Rigoberto Díaz
Gronow.
Colombia: encargado de negocios Horacio Wood.
Costa Rica: embajador José Navarro Tobar.
China Popular: ministro consejero Alberto
Yoachán.
Ecuador: Pablo SchafThauser.
Egipto: ministro consejero Benjamín Montero.
Francia: ministro consejero Jorge Berguño.
Guatemala: encargado de negocios Enrique
Gómez.
Holanda: encargado de negocios Mario Lizana.
Italia: encargado de negocios Carlos
Mardones Restat
México: consejero Luis Castellón.
Suecia: encargado de negocios Víctor Rioseco.
Venezuela: ministro consejero Rigoberto
Torres
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El embajador Nathaniel Davis había recibido la orden
expresa de no saludar a la Junta. El primer contacto
formal había demorado dos semanas, para un
reconocimiento que llegó después que el de otros 22
gobiernos.
Davis había dejado Chile el 1o de noviembre
, no sin representar su preocupación pollos
derechos humanos.
Sólo en febrero del 74 había llegado un nuevo embajador,
David Popper.
En el intertanto, unas dos docenas de norteamericanos
habían sido detenidos. El cadáver de uno, Frank Teruggi,
fue hallado en la morgue, mientras otro, Charles Horman,
desapareció.
En febrero de 1974, el régimen chileno había querido
presentar como un gran éxito una reunión del canciller
Huerta con Henry Kissinger, en el marco de las
conversaciones que en Ciudad de México dieron lugar al
Tratado de Tiatelolco. Pero la cita había servido
apenas para que Huerta presentara el dramatismo de la
urgencia económica. Kissinger había advertido a Huerta
que el Congreso podía ser afectado por las opiniones de
los liberáis y obligar a la Casa Blanca a
suspender la ayuda militar.
El influyente senador Edward Kennedy había presentado
una enmienda en esa dirección sólo días después del
golpe, y estaba insistiendo
En la seguidilla de visitas inspectivas de aquellos días, tres de los asesores de Kennedy se entrevistaron
en abril con el general Bonilla, ministro del Interior.
Al mes siguiente, el senador le escribió a Pinochet: sin
progresos en la situación de los derechos humanos "nos
resultará imposible apoyar en forma efectiva los
acuerdos de cooperación bilateral".
La respuesta fue dura: Pinochet dijo que ahora entendía
a los que hablaban de imperialismo.
La ofensiva siguió cuando la subcomisión de Inteligencia
del Comité de Servicios Militares de la Cámara citó a
declarar al jefe de la CÍA, William Colby. Colby entregó
información sobre las actividades de la CÍA en Chile
desde 1964: ocho millones había destinado para
desestabilizar a Allende. Rechazó haber tenido
participación en el golpe, pero la revelación de que la CÍA había sido autorizada para intervenir en las
elecciones reforzó la opinión de los liberáis.
En Santiago sonaron todas las alarmas.
En junio, cuando Pinochet se disponía a hacer una
completa reestructuración del gabinete, los asesores
propusieron que se nombrara a un civil en la
Cancillería. La Armada sugirió a alguien con
vinculaciones empresariales: Hernán Cubillos. Pero el
jefe de la FACh. Gustavo Leigh, recibió malos informes
de Cuhillos. Cubillos había peleado con El Mercurio,
y su figura estaba vedada para algunos sectores.
Apelando al estatuto de la Junta, que le permitía vetar
a los ministros, Leigh impidió el nombramiento de
Cubillos.
En su lugar fue puesto el vicealmirante Patricio
Carvajal, que dejó Defensa. Huerta quedó destinado en la
ONU.
Una empresa para la imagen
Un segundo esfuerzo de magnitud por arreglar las cosas
con EE.UU. vino por un camino doble: la seguridad
interamericana y los arreglos de las cuentas pendientes.
Para lo primero, fue Pinochet el que tomó la iniciativa.
Durante su primer viaje fuera del país, invitado a la
asunción de Ernesto Geisel en Brasil, se reunió con Hugo
Banzer e inició las conversaciones con Bolivia.
Poco después, de visita ante su colega paraguayo Alfredo
Stroessner, organizó un encuentro en el aeropuerto de
Morón con el general Juan Domingo Perón.
Ambas cosas fueron presentadas como un esfuerzo
americanista en favor de la paz regional, del mismo modo
que el rechazo a Cuba se expresó en la ausencia de
Pinochet ante la cumbre de presidentes y cancilleres de
Ayacucho, en 1974.
La operación complementaria —el arreglo de las cuentas—
dio sus primeros frutos a mediados del 74. cuando se
acordó el pago de 59 mil millones de dólares a la
Anaconda, por los minerales de Chuqui y El Salvador, y
se anunciaron negociaciones similares con la Kennecott,
por El Teniente v La Exótica.
No fue suficiente.
El 8 de agosto cíe 1974, tras soportar la tormenta
política de Watergate, Richard Nixon debió dejar la Casa
Blanca.
A poco de asumir,
su sucesor, Gerald Ford, continuó con el
distanciamiento, declarando que EE.UU. nada tuvo que ver
con el golpe y que sólo dio ayuda a la oposición. En
esos días, en el Comité Church se veía el informe de la
CÍA.
Kennedy volvió a la carga para cortar la ayuda militar
cuando se debatió en el Congreso la ley de asistencia
extranjera para 1975.
Aunque Ford anunció que vetaría cualquier embargo a
Chile y el Senado rechazó la nueva enmienda, en
diciembre ambas cámaras votaron el corte de la ayuda
militar a Chile, a menos que se garantizara una mejor
conducta del régimen.
Fue a la vista de esos resultados que el gobierno de
Santiago decidió iniciar otra operación publicitaria:
contrató al norteamericano Marvin Liebman, dueño de
Liebman Incorporated, como consultor en relaciones
públicas. Liebman aceptó, pero creó un consejo de
pantalla para que sus actos no parecieran provenir del
régimen chileno.
Inscribió en Nueva York el American Chilean Council,
como agente legal del Consejo Chileno-Norteamericano,
que controlaría Nena Ossa, en Santiago. Un
memorando confidencial fue enviado por Liebman en
diciembre del 74 al embajador en Washington, Manuel
Trueco. En marzo del 75, Liebman Inc. recibió un cheque
de 25 mil dólares enviado por Mario Amello, en nombre
del consejo chileno. La operación consistía en
establecer contactos con sectores influyentes, para
conseguir aprobación de leyes favorables a Chile.
Estos y otros esfuerzos, sin embargo, serían vanos.
Se aproximaba el año 75.
Con el venían más y nuevos bochornos para la nueva
diplomacia chilena.
Autor:
Caballo Castro y Abolazas. en "La Historia oculta del
régimen militar" Chile 1973-1988 |