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Fonética y oralidad

Jueves, 23 de junio de 2011 Sin comentarios

En toda comunicación necesitamos dos elementos: uno es el emisor, que es el encargado de enviar un mensaje,  y el otro es el receptor, quien lo recibe. Sin embargo, no pueden existir ambos sin haber un motivo que origine un mensaje. A su vez, la comunicación puede basarse por forma escrita, como así también de forma oral.
La fonética es la rama de la lingüística que estudia la producción y la percepción de los sonidos de una lengua. A su vez, se subdivide en: la fonética experimental, la fonética articulatoria, y la fonemática o fonética acústica.
La fonética experimental es la que estudia los sonidos orales, reuniendo los datos sobre la emisión y la producción de las ondas sonoras que configuran el sonido articulado. Utiliza instrumentos como los rayos X y el quimógrafo, que traza las curvas de intensidad. La segunda rama es la fonética articulatoria, que es la que describe qué órganos orales intervienen en su producción, en qué posición se encuentran y cómo esas posiciones varían los distintos caminos que puede seguir el aire cuando sale por la boca, nariz, o garganta, para que se produzcan sonidos diferentes. No se ocupa de todas las actividades que intervienen en la producción de un sonido, sino que selecciona sólo las que tienen que ver con el lugar y la forma de articulación.
Toda palabra que pronunciamos es producto de una serie de movimientos en los que intervienen varios órganos, que actúan  gracias al cerebro y que constituyen el aparato fonador. Estos órganos son: órganos de respiración, órganos de fonación y órganos de articulación. El primero está formado por los pulmones, los bronquios y la tráquea. Los pulmones poseen dos movimientos: La inspiración, y la espiración. La fonación se da en este segundo movimiento, que es más largo que el primero. A su vez, los órganos de fonación son las cuerdas vocales, elemento clave del aparato fonador. Éstas son dos pequeños músculos elásticos. Si se abren y se recogen a los lados, el aire pasa libremente y respiramos. Si, por el contrario, se juntan, el aire choca contra ellas, produciendo el sonido que denominamos voz. Por último, están los órganos de articulación: Una vez que el aire llegó a la laringe podemos hablar de sonidos, que son distintos según las posiciones de estos órganos al hablar. La cavidad nasal es un órgano de articulación, y actúa como una verdadera caja de resonancia.
En este sentido, no todas las personas pronuncian sonidos de la misma manera. En ello influyen factores de todo tipo: el estado emocional, la relación que mantengamos con el receptor, la edad, el sexo, etcétera.
Por otro lado, la encargada de estudiar el significante de la lengua es la fonología, que se  interesa en los sonidos ideales que están en la mente de todas las personas. Estudia los elementos fónicos que constituyen el significante de los signos lingüísticos y que sirven para crear mensajes diferentes. Por ejemplo, en castellano la r presenta variantes. Así, por ejemplo, no es lo mismo decir pero que perro. Se trata de fonemas diferentes y a ellos será a los que dedique su estudio la Fonología. Además, difiere de la fonética, que estudia las características de los elementos fónicos independientemente de su función en la comunicación.
Por otra parte, existen los fonemas y los alófonos. Los primeros son las unidades mínimas en el plano de la lengua y del código, y son distintivos. Cada lengua tiene un número limitado de fonemas, que son comunes a todos los hablantes en un momento dado, y que, según la selección y combinación que se haga con ellos, constituyen los diferentes significantes que tienen los signos lingüísticos. Los alófonos, en cambio, son las realizaciones concretas, fonéticas, de los fonemas, de acuerdo con los elementos fónicos que entren en contacto. Son sonidos del habla, y variantes fonéticas de un sonido real. Por ejemplo, en castellano la e inicial de la palabra “ejes” es más abierta que la segunda; sin embargo, si pronunciamos la e más o menos abierta no cambiamos nunca el significado de las palabras. Estas dos realizaciones concretas son variantes fonéticas alófonos que posee un fonema.

 

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Campaña para que los hispanos de California beban más leche

Miércoles, 24 de febrero de 2010 Sin comentarios

SAN CLEMENTE, California. Habiendo más de 13.5 millones de hispanos en California que consumen diferentes tipos de medios, desde radio y televisión, hasta publicaciones impresas y sitios Web, es simplemente lógico que los publicistas amplíen su alcance en los medios para asegurar que su mensaje llegue al grupo que crece más rápidamente en el Estado Dorado. Este año, la Junta de Procesadores de Leche de California (CMPB), creadores de GOT MILK? y TOMA LECHE, lanzará una campaña publicitaria integrada que involucrará múltiples puntos de contacto en los medios como parte de su campaña ‘Mucho Más Que Leche.’
“Antes, principalmente concentrábamos nuestras iniciativas publicitarias para la comunidad hispana en la televisión porque encontramos que era la
manera más efectiva de llegar a una audiencia masiva de latinos,” dice Steve James, director ejecutivo de CMPB. “Sin embargo, actualmente los hispanos consumen todos tipos de medios, no sólo la TV. Por lo tanto, CMPB quiere asegurarse que la leche continúe siendo la primera opción de los consumidores latinos en todos los medios.”
El estudio más reciente de la CMPB muestra que el 94 por ciento de los hogares hispanos de California tiene leche en casa, sobrepasando en gran medida la ya elevada penetración del mercado general en el Estado Dorado. El estudio también ha señalado que a esta población le gusta la publicidad que educa y entretiene. Esa es la razón por la que el asociado de la CMPB en publicidad con sede en Long Beach, Grupo Gallegos, ha producido la campaña
‘Mucho Más Que Leche,, resaltando los diferentes beneficios nutritivos de la leche al promover que ayuda a que tengamos dientes, músculos y cabellos saludables.
Para la campaña de 2010, la CMPB presentará al público tres spots completamente nuevos y en idioma español de 30 segundos para la televisión, titulados ‘Dentista’, ‘Pelo’ y ‘Bebida Deportiva.’ Los comerciales son muy ingeniosos y muestran que la leche es mucho más que sólo una bebida. Ayuda a prevenir las caries, produce un cabello fuerte, brilloso y saludable, y reconstruye los músculos. En pocas palabras, los latinos no tienen que comprar productos costosos para conseguir estos beneficios de belleza. Todo lo que tienen que hacer es abrir el refrigerador.
El primer spot, ‘Dentista’, que se lanza hoy en la TV de California en idioma español, comienza con una niña sentada en el consultorio mientras la examina su dentista. Después se escucha una voz que dice: “Dientes hermosos. Dientes fuertes. Dientes saludables todo el año. Le presentamos un producto que lo tiene todo, y que lucha por usted.” Si bien la audiencia puede pensar que se trata de un comercial de una nueva pasta dental, rápidamente pasamos a un cartón de leche en el refrigerador. La voz continúa diciendo, “Le presentamos a la leche. Su calcio ayuda a producir dientes fuertes y a prevenir las caries.” El comercial finaliza con el consabido eslogan, “TOMA LECHE.”
El 22 de marzo, la CMPB presentará “Pelo”, con el que las audiencias verán a una mujer hermosa con su cabello largo y saludable que camina en un bosque.
El viento hará que su cabello brilloso y hermoso se mueva de una manera casi mágica y los televidentes automáticamente creerán que están viendo un comercial de champú. Nuevamente, una voz anunciará que se trata de un producto destinado a crear un cabello hermoso y saludable, y en lugar de mostrar una nueva marca de champú, pasamos a nuestro cartón de leche. Al spot se le añade una voz que dice, “las proteínas de la leche ayudan a que tu cabello luzca más saludable y más fuerte,” y después el slogan familiar, “TOMA LECHE.”
Finalmente, el 17 de mayo, la CMPB resaltará los beneficios que tiene la leche con chocolate para la recuperación muscular en un comercial titulado, ‘Bebida Deportiva.’ El spot es un bello montaje de diversas escenas deportivas en las que los deportistas realizan sus prácticas, pasando del boxeo al baloncesto, y del voleibol a la gimnasia. Lo que pareciera ser un clásico comercial de bebidas deportivas sorprende a las audiencias cuando se dan cuenta que la bebida que mantiene a los deportistas activos y fuertes es la leche con chocolate. Un estudio de la publicación International Journal of Sports Nutrition and Exercise Metabolism señala que cuando se consume leche con chocolate 30 minutos después de una práctica, los músculos de los deportistas se recuperan mejor y más rápidamente que si se lo compara con otras bebidas deportivas comerciales.
“Muchos consumidores hispanos saben que el calcio de la leche produce huesos fuertes,” expresa James. “Pero esos mismos latinos pueden no conocer los otros beneficios. Estos nuevos comerciales en español están producidos en forma ingeniosa para que no sólo sorprendan, sino que también eduquen a los consumidores y les de otra razón para que beban leche.”
Apoyando a la campaña televisiva, a partir del 18 de febrero, en California habrá spots de radio en español. A partir de junio de 2010, la campaña también presentará un nuevo sitio Web, al igual que envolturas de la revista People en Español, que se distribuirá en consultorios de médicos de familias resaltando los beneficios para la salud y la belleza que ofrece la leche.
“Tenemos que estar en todas partes,” afirma James. “Los consumidores hispanos han sido fervientes bebedores de leche por años y tenemos la esperanza de que al proporcionarles información sobre sus diversos beneficios, la leche continuará siendo le bebida elegida para la familia.”
Para ver los nuevos comerciales de TOMA LECHE y conocer más sobre la campaña “Mucho Más Que Leche,” visita www.tomaleche.com

El Dalai Lama se suma a Twitter y atrae 55.000 seguidores en dos días

Martes, 23 de febrero de 2010 Sin comentarios

El Dalai Lama llega al estrado para recibir la Medalla del Servicio a la Democracia por el Comprosimo Nacional de la Democracia en el Congreso de Estados Unidos, el 19 de febrero de 2010.

WASHINGTON. El líder espiritual tibetano, el Dalai Lama, se unió al sitio de microblogs en internet Twitter, atrayendo a más de 55.000 seguidores en dos días.

La cuenta del Dalai Lama en Twitter -@DalaiLama- fue lanzada el lunes, un día después de reunirse en Los Ángeles con Evan Williams, uno de los fundadores de Twitter.

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“Me reuní con el Dalai Lama hoy en Los Ángeles. Le ofrecí usar Twitter. Se rió”, dijo Williams en el sitio tras el encuentro. Al día siguiente, sin embargo, el líder espiritual tibetano tenía una cuenta en el sitio.

La creación de una cuenta Twitter para el Dalai Lama ocurre un año después de que el sitio suspendiera una cuenta establecida por un impostor que atrajo a decenas de miles de seguidores.

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Investigar para transformar: la educación de las tele-audiencias

Lunes, 4 de mayo de 2009 Sin comentarios

La perspectiva de indagación-intervención que se desarrolla a continuación tiene como objetivo hacer evidentes, «tele-evidenciar» los procesos de ver televisión o «tele-videncia», como condición y a la vez estrategia pedagógica para mejorar en beneficio de las mismas tele-audiencias, su interacción múltiple con la televi­sión. Dos convicciones político-metodológicas sustentan y dan sentido a esta perspectiva. La primera es la convicción de que las tele-audiencias, esto es, las socie­dades contemporáneas segmentadas a partir de su vinculación con la televisión, deben de participar cada vez más crítica e informadamente como interlocutoras de este medio y no sólo como meras espectadoras (Orozco, 1996). La segunda es la convicción de que la investigación de sus interacciones televisivas debe proveer un conocimiento útil no sólo para lograr una más profunda y adecuada comprensión de su «tele-vi­dencia», sino sobre todo para mejorar su interlocución con la televisión, a través de sustentar estrategias educativas tendientes a intervenir.
La apuesta en esta perspectiva, es entonces, que una investigación que conlleve las convicciones anteriores parte de la misma tele-audiencia y de reconocerla no sólo como conjunto de sujetos activos frente a la televisión, sino principalmente como agentes sociales y comunicati­vos, miembros y a la vez productores de una cultura, en su múltiple interacción con la televisión. Por eso, la exploración de sus procesos de ver televisión, de tele-videncia, constituyen una prioridad metodológica, ya que es justamente en ellos y desde ellos, que parece posible aprehender su agencia real y entender sus prácticas comunicativas.
El énfasis anterior no significa soslayar al medio, en este caso la televisión, como un componente importante de la interacción con la tele-audiencia. Por el contrario, en esta perspectiva la televisión constituye un referente fundamental en la comprensión del proceso mismo de ver televisión y en la propia constitución de las tele-audiencias. Compo­nente que es necesario entender, descubrir y asumir como mediación, para poder aspirar a entender el proceso de comunicación en su conjunto.
Si bien la*televisión no es el medio todopoderoso que se creyó que era por mucho tiempo, y por lo cual se le ha temido tanto, tampoco es un medio inocuo ni neutral. No es neutral porque la televisión es, a la vez que medio, una institución, y como tal está necesariamente deter­minada de maneras específicas en las distintas sociedades. No es casual que la televisión actualmente en la mayoría de los países esté en manos del gran capital y exista así gracias a sus alianzas con el poder político, conformando el bloque del poder. No es inocua, porque como medio, la televisión tiene un potencial intrínseco que ejerce por lo menos una video-mediación en su audiencia al estimular su percepción, sus emociones y sus hábitos cognoscitivos y lingüísticos de cierta manera y no de otra.
En esta perspectiva, la televisión tiene un papel, que sin ser determinante, sí es importante. Sin embargo, la estrategia metodológica no comienza con desvelar ese papel de la televisión, sino con conocer a la tele-audiencia y explorar sus interacciones, para de ahí inferir, y no deducir, el papel real y diferenciado que la televisión está, de hecho, teniendo en la sociedad.

La búsqueda por comprender

En esta perspectiva, el esfuerzo investigativo se centra en enten­der. Lograr un entendimiento de algo, en este caso de la tele-audiencia y su tele-videncia, se concibe distinto a otros esfuerzos investigativos, también legítimos pero diferentes, que buscan o predecir, o explicar o interpretar.
La actividad científica históricamente ha privilegiado distintos es­fuerzos de investigación. Quizá el más duradero ha sido el de predicción, por el cual a partir de ciertas hipótesis que traducen el descubrimiento de regularidades, un investigador es capaz de proponer la ocurrencia de un determinado evento, siempre y cuando se reúnan las condiciones requeridas. La predicción es la prioridad dentro del paradigma positivista (Garfinkel, 1981).
El esfuerzo de explicación, sustentado dentro del paradigma rea­lista de la ciencia, busca encontrar aquellos elementos que permitan contestar a por qué determinados hechos ocurren. Aquí, no sólo las regularidades, sino el contexto de donde ocurre un evento es tomado en cuenta, ya que se considera que incide en la explicación de aconte­cimientos específicos (Orozco, 1996a).
Por largo tiempo se ha entablado un debate sobre si la predicción exitosa conlleva o no la explicación del evento ocurrido. La posición más aceptada al respecto entre los dentistas sociales es que en todo caso lo que se tiene con una predicción exitosa es una «sustanciación» de por qué la ocurrencia de un evento tuvo lugar. Sustanciación que es a posteriori a la misma ocurrencia, pero que no necesariamente conlleva una explicación en el sentido estricto del término (Scheffler, 1983).
Así, es posible entender por qué en la investigación de los efectos de la televisión en las audiencias, lo que predomina son sustanciaciones, pero no explicaciones de por qué determinados efectos tienen lugar en audiencias específicas.
El esfuerzo interpretativo o hermenéutico, a diferencia de los dos anteriores, abandona las pretensiones de objetividad que conllevan la predicción y la explicación, y centra su atención en el papel subjetivo o en todo caso en la intersubjetividad de los investigadores que estudian un evento . En este esfuerzo, lo importante es la explicitación de los caminos a través de los cuales se interpreta y se arriba a conclusiones concretas en la comprensión de un hecho (Henriques et al., 1984).
El esfuerzo de entender, —como aquí se asume— aunque incluye una cierta interpretación de los acontecimientos por parte del investiga­dor o por parte de los sujetos de la investigación, o por ambos, difiere del esfuerzo meramente interpretativo en tanto que busca asociar distintos componentes, tanto del evento en cuestión, como del contexto en el que se realiza, a veces introduciendo o relacionando elementos que no aparecen naturalmente interconectados o no están necesaria­mente vinculados al evento en sí. En cierta manera, el investigador busca intervenir en el objeto para ver su comportamiento, y éste se convierte en objeto de entendimiento también o en medio para entender de otra manera lo que se quiere, o entender otros aspectos del objeto inicial.
En el esfuerzo de entendimiento, entonces, se asume que la realidad no existe per se, independiente del sujeto cognoscente, sino que existe sólo en la apreciación que éste haga de ella y de la manera en que la haga.
Por ejemplo, en la investigación del proceso de tele-videncia de tele-audiencias infantiles, se ha asociado la familia, la escuela y el grupo de pares con la intención de hacer evidente la manera en que estas «comunidades» inciden en la interacción infantil con la televisión.
Entendida así la asociación/demarcación inicial del objeto de aná­lisis, conlleva necesariamente la decisión razonada del investigador para dar por terminada su exploración o continuar y enriquecer su entendimiento del objeto estudiado. La fórmula, sin embargo, no es matemática, ya que no necesariamente incluyendo más componentes se profundiza el entendimiento. En la decisión intervienen otros criterios menos cuantitativos que tienen que ver con el sentido pragmático
y la posición política y ética del investigador.

La motivación por transformar

Si de lo que se trata es intervenir un proceso de tele-videncia para que el papel de la televisión sea un recurso para el desarrollo de la tele-audiencia en cuestión, es necesario considerar diversos «escena­rios» y «comunidades» dentro de las cuales se desenvuelve, y explorar ahí también su tele-videncia, para descubrir el tipo de interacciones que se realizan, los apoyos y límites que tienen lugar con respecto al proceso de tele-videncia, y en general, a los procesos de socialización que ahí se despliegan. Pero como es obvio, esto conlleva decisiones no sólo pragmáticas, sino éticas y políticas (Groux, 1994).
Éticas en tanto que no se trata únicamente de investigar la tele-vi­dencia per se, o porque la televisión sea el medio preferido del investi­gador (aunque lo sea) o porque el investigador considere que es un medio importante en la vida cotidiana, o simplemente porque investigar las audiencias televisivas sea considerado una moda intelectual. Son decisiones éticas, sobre todo, porque investigar y entender la televiden­cia es visto por el investigador como un medio necesario para un fin mayor, que es la transformación de la tele-audiencia y, eventualmente, del sistema comunicativo, y representa una honesta búsqueda por contribuir a la consecución de la democracia (Giroux y McLaren, 1994).
Es una decisión política, porque explorar la tele-videncia de esta manera y a partir de la audiencia, es asumir un trabajo con sectores concretos de la sociedad y para beneficio de ellos y no de otros. Sería distinto hacer investigación para una empresa, o para un consorcio televisivo por fines lucrativos. Esto no significa satanizar otros tipos de investigación desde una posición moralista radical, sino simplemente explicitar y advertir que cada tipo de investigación conlleva decisiones éticas y políticas concretas, y que la investigación, finalmente, al igual que la televisión, no es ni ingenua ni inocua (Lull, 1997).
El énfasis en investigar las teleaudiencias siempre en relación a sus comunidades y contextos no descarta el estudio de otros elementos intervinientes. Es producto de una decisión múltiplemente orientada y de una evaluación sobre las posibilidades mejores para lograr el objetivo buscado de transformación.
La «asociación» de otros componentes en la investigación se sustenta en el criterio del potencial que presenten para la comprensión y la intervención pedagógica en orden a trasformar la tele-videncia.

El enfoque cualitativo

Desde mitad de los años ochenta, la corriente de investigación de los (todavía llamados) procesos de recepción televisiva, conocida en la literatura internacional como «análisis crítico de la audiencia» (Jensen, 1987), ha privilegiado el enfoque cualitativo como el más idóneo. Esto no ha significado, sin embargo, la exclusión del enfoque cuantitativo. De hecho la tendencia contemporánea es por una combinación de ambos enfoques para lograr distintos tipos de conocimiento sobre el mismo objeto.
El enfoque cualitativo se ha asumido en la mayoría de estudios de audiencia como un conjunto heterogéneo de herramientas metodológi­cas —la mayoría de ellas desarrolladas dentro de otros campos de estudio, como la antropología y la sociología de la cultura— que el investigador combina para explorar distintos componentes de su objeto de análisis.
Lo que caracteriza a este enfoque es la búsqueda de un conocimiento descriptivo, lo más completo posible, que sirva de base al investigador para lograr sucesivas comprensiones, cada vez más afinadas, sobre su objeto de investigación, y para la formulación subsecuente de una cada vez más completa teorización.
A diferencia del enfoque cuantitativo, centrado en obtener un conocimiento principalmente estadístico —que una vez obtenido se desliga de los sujetos informantes para permitir realizar generalizaciones— el cualitativo se enfoca en incluir como fuente de conocimiento todos aquellos matices e interpretaciones provistas por los mismos sujetos de investigación que permitan redondear y enriquecer la comprensión del objeto investigado. No obstante, el abandono de la pretensión de generalizar en el enfoque cualitativo, el conocimiento obtenido no está circunscrito a los participantes en la investigación. Si bien no tiene una representatividad estadística, este conocimiento permite entender el objeto investigado, más allá de su manifestación dentro del grupo de sujetos de investigación, que siempre es más o menos reducido.
Por ejemplo, es posible caracterizar el proceso de tele-videncia y distintas tele-audiencias, de tal manera que pueda hablarse de «la» tele-videncia y «las» tele-audiencias en sí mismas y no sólo de una tele-audiencia específica y su tele-videncia particular. Lo importante, entonces, no es saber cuántos sujetos realizan tele-videncias similares, sino saber cómo es posible que se realice una tele-videncia, al igual que lo importante no es sólo saber cómo está conformada una tele-audien­cia, por ejemplo, de maestros de escuela básica, sino saber que hay una tele-audiencia tal, distinguible de otras.
Ahora bien, la no circunscripción del conocimiento a los pequeños grupos de donde se extrae, no significa que ese conocimiento sea automáticamente generalizable a otros grupos, en este caso, a otras tele-audiencias. Lo que significa es que ese conocimiento puede ser usado en otros contextos sólo como estimulante para ser enriquecido con nuevas aportaciones de distintos grupos, dentro de un proceso similar de investigación al del primer grupo de donde surgió.
El criterio que en esta perspectiva se ha denominado de «suficien­cia comparativa» es el criterio por el cual un investigador define cuántos sujetos de investigación y cuántos componentes del objeto explorado debe observar y examinar. La experiencia con el enfoque cualitativo muestra que lo importante no es la cantidad en sí, sino el número en función de lo que aporta, ya que llegando a un cierto número que puede ser alrededor de 25 sujetos, las diferencias en cuanto a originalidad en sus aportaciones al entendimiento de lo investigado disminuyen, mien­tras que las redundancias aumentan. De esta manera, lo importante es incluir en el grupo de participantes individuos tan diversos entre sí con respecto al objeto investigado, que puedan ofrecer tantos matices y diferencias como sea posible, hasta conseguir una «sustanciosa» des­cripción (Orozco, 1996b).
Lo anterior supone que la racionalidad metodológica es compara­tiva. A partir de comparaciones se analiza lo distintivo de cada compo­nente y luego, conjuntando los aspectos distintivos, se logra una visión más amplia del objeto analizado.
En concordancia con el esfuerzo por entender, no sólo es impor­tante la conjunción de componentes distintivos, sino la vinculación de ellos con otros elementos para obtener también distintas aproximacio­nes o visiones diferentes de lo investigado. Por esto es que en esta perspectiva se usan varias herramientas metodológicas a la vez. Por ejemplo, entrevista en profundidad, observación participante, discusión grupal entre los sujetos investigados, etc. Con cada una de estas herramientas se busca obtener visiones parciales o ángulos diferentes del mismo objeto.

La construcción de la teoría

En esta perspectiva, la formulación de teoría es una meta prioritaria. Esto se logra, sobre todo, a través de un esfuerzo de fundamentarlos hallazgos, producto del análisis. (En la literatura internacional la «teoría fundada» se conoce como grounded theory). (Orozco y Viveros, 1996). Para fundamentar la teoría, el investigador parte de las mismas expresiones de los sujetos involucrados en la investigación. Esto, sin embargo, no significa que el investigador comience el proceso sin ninguna premisa que oriente su actividad. Lo que significa es que el investigador comienza con un mínimo conocimiento o un conocimiento preliminar sobre su objeto, que es lo que le permite seleccionar a los mismos sujetos y los primeros componentes del mismo, así como decidir los primeros pasos. Sobre todo, el investigador comienza con una serie de preguntas informadas.
Lo anterior es importante resaltarlo, porque, por un lado, la diferen­cia entre un investigador y un mero recolector de informaciones, es justamente que el investigador tiene por lo menos una noción de a dónde quiere ir. Noción que no es definitiva, y puede modificarse, y de hecho, casi siempre se modifica para otorgar una verdadera flexibilidad al proceso reflexivo. Por otro lado, porque precisamente en este punto se diferencia un proceso de investigación cualitativo, de un estudio simple­mente empirista.
Iniciado el proceso de investigación, el investigador, entonces, vuelve a su conocimiento inicial, lo afina, lo modifica, lo enriquece, para, una vez más, volver sobre su objeto de análisis. Todo esto como parte de un proceso más o menos de aproximaciones sucesivas. Este proceso es uno de reflexividad, a través del cual el investigador va «haciendo sentido» de sus hallazgos y profundizando en su entendimiento. Sus reflexiones le van indicando qué otros componentes vincular, que más información obtener, pero sobre todo, le permiten ir formulando sus propias categorías de análisis.
Por ejemplo, la categoría de las «estrategias» televisivas de las tele-audiencia resultó de un proceso analítico reflexivo a partir de múltiples entrevistas con los participantes en varios estudios. De la misma manera resultaron los conceptos de «nivel pragmático» y «nivel normativo» de las prácticas televisivas, e inclusive, el mismo concepto de «tele-videncia». No obstante, ninguno de estos conceptos fueron expresados directamente por los investigados, sino que fue el esfuerzo analítico del investigador el que le permitió arribar a ellos.
La proposición de conceptos, que son a la vez categorías de aná­lisis para investigaciones posteriores, es la manera concreta como se va conformando un cuerpo teórico, y como ha sido el caso, con la cons­trucción de esta perspectiva de investigación de la tele-videncia. Así, una vez definida una categoría se sustancia o fundamenta con la in­formación procedente de los mismos participantes de donde se origina.

La tele-videncia

Como se propone aquí, la tele-videncia es un proceso complejo que conlleva múltiples interacciones de la tele-audiencia con la televisión a distintos niveles y que es objeto también de múltiples mediaciones. Es un proceso largo que no está circunscrito al momento preciso de contacto directo con el referente televisivo.
Una de las características más distintivas de la tele-videncia es precisamente su múltiple dimensión, en tanto que abarca, por una parte, un intercambio simbólico, un intercambio perceptivo, un intercambio afectivo y finalmente, un intercambio «agenciativo» que involucra las diferentes actividades o «agencias» de la audiencia.
Por otra parte la televidencia conlleva una triple dimensión tempo­ral: antes, durante y después del intercambio directo con el referente televisivo, y a la vez engloba una dimensión normativa y otra pragmática. El intercambio simbólico tiene que ver con el contenido que entra en juego y es objeto de «negociación» entre la oferta programática de la televisión y la tele-audiencia. El producto de este intercambio son significados.
El intercambio perceptivo hace referencia a los esquemas, destre­zas y patrones cognoscitivos, implicados tanto en un referente televisi­vo, como en las mentes de los miembros de la tele-audiencia. Estos elementos condicionan la misma percepción del contenido y la produc­ción posterior de significados.
El intercambio afectivo se relaciona con las emociones que la televisión «mueve» entre su tele-audiencia y sus expectativas de satis­facción. Es por tanto un intercambio emocional con distintos aspectos de los referentes de la televisión: géneros programáticos, personajes, situaciones… Tiene mucho que ver con «sensaciones» que desarrolla la tele-audiencia en su interacción con la televisión.
El intercambio agenciativo se refiere a ese conjunto de actividades, tácticas y estrategias, hábitos y sobre todo usos, que despliega la audiencia en su tele-videncia general o circunscrita a géneros televisi­vos particulares. Por ejemplo, la estrategia de escuchar, en vez de ver y escuchar las noticias de la televisión.
Este múltiple intercambio puede ser simultáneo y no siempre ser consciente, o un tipo de intercambio puede predominar en alguna tele-videncia. Por ejemplo, este sería el caso de las telenovelas, donde el juego de emociones es lo sobresaliente.
Las dimensiones normativa y pragmática de la tele-videncia impli­can que, por una parte, la tele-audiencia ha desarrollado ideas acerca de lo que debiera ser o le gustaría que fuera su interacción televisiva, pero por otra, se encuentra en situaciones tan específicas siempre, que estas mismas situaciones también definen lo que realmente sucede en su interacción. Las audiencias, entonces, negocian también consigo mismas las maneras concretas de interacción con la televisión, según las circunstancias específicas en las que se encuentren. La tensión permanente que existe entre la norma y la situación, es lo que explica por qué los resultados de las tele-videncias conllevan un alto grado de impredictabilidad, al mismo tiempo que permiten entender esa cierta «autonomía relativa» que parecen gozar las tele-audiencias frente a la televisión.

La intervención de la tele-videncia

Considerando lo anterior, la intervención posible de la tele-videncia tiene que ser lo más integral posible, para realmente aspirar a tener éxito en su transformación. Esto supone que todas las dimensiones, y espe­cialmente los cuatro tipos de intercambio, deben tomarse en cuenta en el diseño de cualquier estrategia pedagógica. La dimensión quizá más difícil es la afectiva, que requeriría un trabajo psicológico especializado. Pero los otros tres intercambios —agenciativo, simbólico y perceptivo— se presentan como posibles ámbitos de intervención pedagógica.
El hecho de que la tele-videncia trascienda el mero contacto directo entre televisión y audiencia, posibilita que la intervención pueda hacerse desde distintos «escenarios» y en diferentes momentos.
Por ejemplo, en el caso de la audiencia infantil, un escenario posible de intervención y educación es ciertamente la familia, aunque no sola­mente durante el momento en que sus miembros ven televisión, ni necesariamente en el propio hogar. Otro escenario posible es la escuela, donde los niños negocian con sus compañeros sus significados provisionales con respecto a lo visto en la televisión el día anterior y donde la televisión continúa siendo referente importante de sus juegos o simplemente tema de intercambio en su conversación.
Lo anterior significa, en primer lugar, que no es por mero volunta­rismo que se diseñen cursos y talleres en distintos escenarios extra familiares y escolares, cuyo objetivo sea la educación de la tele-audien­cia. Segundo, que tiene un sentido de urgencia intervenir la tele-videncia desde cualquiera de esos escenarios y en el caso de los niños, desde su propia escuela, porque mucho de su intercambio televisivo ahí se realiza y ahí confronta su aprendizaje en el aula. Y tercero, porque si la escuela no ejerce una intervención pedagógica, pierde mucho de su sentido y misión educativa, ya que muchas veces lo que los niños aprenden de la televisión resulta más relevante para su vida que lo que aprenden en las aulas.

Las «competencias» comunicativas para la tele-videncia

No obstante el descubrimiento y la aceptación ya generalizada entre los investigadores críticos, de que las tele-audiencias no son pasivas por definición, sino activas y de que poseen una capacidad considerable para usar creativamente la televisión, negociar, resistir y aun contraponer significados o «resemantizarlos» a partir de los refe­rentes televisivos, en esta perspectiva se asume que estas cualidades o competencias comunicativas son siempre limitadas y están siempre condicionadas. Por eso tiene sentido instrumentar estrategias de inter­vención pedagógica para desarrollarlas y potenciarlas lo más posible.
La capacidad de resemantización de las tele-audiencia, así como su capacidad crítica y creativa para realizar tele-videncias más autó­nomas e inteligentes están limitadas desde el hecho de que aun en el mejor de los casos —cuando estén altamente desarrolladas— siempre se realizan en condiciones dadas. Condiciones estructurales que no son producto de la agencia de las mismas tele-audiencias. Esto significa que aún la creatividad se ejerce dentro de ciertos parámetros y con refer­encia a la misma televisión, por una parte y, por otra, con referencia a la propia formación y cultura de pertenencia de las tele-audiencias (Hall, 1980).
La idea generalizada, que inclusive a veces se toma por dada, aun como premisa en investigaciones recientes, de que por naturaleza las tele-audiencias son activas, merece asumirse con cuidado, porque lo que interesa desde un punto de vista crítico, pedagógico y político, no es reconocer y estimular la actividad per se de las tele-audiencias, sino sus posibilidades de transformación de sus tele-videncias en una direc­ción emancipatoria. Esto tiene que ver, más que con la mera actividad, con un cierto tipo de actividad, que es aquella que al tener lugar, «empodera» a la audiencia para modificar su propio proceso de interac­ción televisiva (Fiske, 1993).
Lo anterior significa, que no sirve de mucho o por lo menos es un logro parcial, estimular la reflexión de la audiencia, si en esa reflexión no se establecen las bases para una transformación real de su vinculación con la televisión, de sus rutinas y hábitos televisivos y comunicati­vos, de sus modos de pasar el tiempo libre y realizar sus consumos culturales.
Además de condicionamientos sustantivos, las tele-audiencias pro­fesan una serie de ideas, derivadas de su propia cultura, tanto sobre la televisión, como sobre el proceso de verla, como sobre sí mismas en tanto tele-audiencias. Ideas que en parte son producto de la misma influencia de la televisión, en tanto la única institución que ha incidido sistemáticamente y a su manera, en la conformación de sus tele-audien­cias, en un contexto de omisión o autoexclusión de otras instituciones socializantes como la familia y la escuela en la educación de sus miembros como televidentes.
Por ejemplo, una idea generalizada entre tele-audiencias latinoa­mericanas, es: «la relación con la televisión no es algo sobre lo cual deba reflexionarse mucho»; lo cual las predispone a enchufarse des­preocupadamente a la televisión, como se estila frente a cualquier espectáculo en donde no se le pide nada, más allá de «disfrutar la función». Otra idea común es: «los televidentes no somos responsables de modificar la televisión»; lo cual ha acostumbrado a las tele-audiencias a eximirse de cualquier intento por modificarla y atribuir esa responsa­bilidad a otros en abstracto, o en todo caso al gobierno, a la escuela o alguna organización o movimiento popular. Es muy común también, que ante el avasallamiento televisivo que constatan cotidianamente entre los niños, los padres de familia y los maestros, en tanto agentes sociales directamente involucrados con la educación infantil, mutuamente se adjudiquen la responsabilidad unos a otros, evadiendo así convertirse en auténticos protagonistas de la educación infantil (Orozco, 1997).
Todo lo anterior, obviamente, constituye un clima cultural poco favorable para la intervención, entendida como fomento de las compe­tencias comunicativas de las tele-audiencias, pero sobre todo para la asunción de responsabilidades específicas frente a la televisión.
El primer desafío que enfrenta cualquier educador es, entonces, convencer de la importancia de tomar «en serio» a la televisión, sin que eso signifique hacerla seria, y luego, convencer de que hacerlo es posible.
El otro desafío, y a la vez posibilidad de enfrentar el anterior, es —como lo he remarcado aquí— realizar una investigación con una perspectiva como la propuesta en estas páginas, que permita hacer evidentes para todos los implicados en el proceso de transformación, educadores y educandos, los procesos de tele-videncia. Inde­pendientemente de las técnicas de intervención pedagógica que se utilicen (cursos formales, talleres, grupos de reflexión…) la racionalidad sustantiva de «tele-evidenciar» parece ser la condición sine qua non para transformar la vinculación de las tele-audiencias con la televisión.

Referencias bibliográficas

Fiske, John. Power Plays, Power Works. Verso, Londres-N. York, 1993.
Garfinkel, Alan. Forms of Explanation. Rethinking the Questions in Social Theory. Yale Univ. Press. N. Haven, 1981.
Giroux, Henry. Disturbing Pleasures. Learning Popular Culture. Routledge. N. York, 1994.
Giroux, H. y P. Mclaren. Between Borders. Pedagogy and the Politics of Cultural Studies. Routledge, N. York-Londres, 1994.
Hall, Stuart. «Cultural Studies: two Paradigms». Media, Culture and Society. No. 2. Londres, 1980.
Henriques, J., W. Hollway, C. Urwin, C. Venn y V. Wallkerdine. Changing the Subject: Psychology, Social Regulation and Subjectivity. Methuen, N. York, 1984.
Jensen, Klaus. «Qualitative Audience Research: Toward an integrative approach to reception». Critica! Studies in Mass Communication. Vol. 4. No.1, 1987.
Lull, James. «The Political Correctness of Cultural Studies». Ponencia presentada en la Conferencia de IAMCR, Sydney, Australia, Agosto, 1996 (manuscrito).
Orozco, Guillermo. «¿Espectadores o interlocutores? Desafío de los medios en el fin de milenio». Conferencia inaugural de la Cátedra UNESCO de Comunicación Social. Univ. Pontificia Javeriana, Bogotá, Colombia, 1996 (manuscrito).
Orozco, Guillermo. La investigación de la comunicación desde la perspectiva cualitativa.
Univ. Nac. de La Plata, Argentina, 1996a. Orozco, Guillermo. Televisión y audiencias, un enfoque cualitativo. Ediciones de la Torre,
Madrid/Universidad Iberoamericana, México, España, 1996b. Orozco, Guillermo. «La recepción televisiva desde la familia y la escuela». Antología didáctica de los medios de comunicación. SEP. México, 1997. Orozco, G. y F. Viveros. «La oferta de televisión y su percepción por jóvenes de la ciudad de México». Anuario de Investigación de la Comunicación. CONEICC. México, 1996.
Scheffler, Israel. Conditions of Knowledge. An Introduction to Epistemology and Education. Chicago Univ. Press. Estados Unidos, 1983.

Autor: Guillermo Orozco Gómez es profesor/Investigador titular del Departamento de Estudios de la Comunicación Social, Universidad de Guadalajara, México. Autor, entre otros trabajos, de Al rescate de los medios (1995). Fuente: Voces y culturas – Revista de Comunicación – Estrategias y conflictos culturales – Nº11/12 – 1997 – Pág. 149 a 162

Las fotos de la revista Life vuelven a la vida en internet

Miércoles, 1 de abril de 2009 Sin comentarios

WASHINGTON (AFP) – La legendaria revista estadounidense Life volvió a la vida el martes, mediante un sitio en internet que brinda acceso a sus fotografías, algunas de las cuales se convirtieron en íconos del siglo XX.

Life.com es un emprendimiento compartido entre Time Inc., que posee los archivos de la revista Life, y la agencia fotográfica Getty Images. El sitio ofrece fotos de Life junto a fotos nuevas de Getty.

Distintas galerías proponen imágenes clásicas de Life -clasificadas por temas como la Segunda Guerra Mundial o el programa espacial estadounidense- o temas más contemporáneos, como una galería sobre la actriz británica Natasha Richardson, recientemente fallecida tras un accidente de ski.

Varias fotos del sitio están a la venta.

El gigante de internet Google y Time también anunciaron su intención de poner toda la colección de fotos de Life en internet, en el sitio images.google.com/hosted/life. La colección cuenta con imágenes de grandes del fotoperiodismo, como Alfred Eisenstaedt, Margaret Bourke-White, Gordon Parks o W. Eugene Smith.

Time Inc., que pertenece al imperio de medios Time Warner, es el principal editor de revistas en Estados Unidos, con más de 120 títulos.

Getty Images, fundada en 1995, fue comprada el año pasado por el fondo de inversión Hellman & Friedman por 2.400 millones de dólares. Getty está asociada con la Agencia France Presse para distribuir sus fotos en Estados Unidos.

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El impacto del terrorismo sobre la opinión pública y política

Martes, 10 de marzo de 2009 Sin comentarios

Tema: Análisis comparado del impacto que los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos y del 11 de marzo en España tuvieron sobre la opinión pública y la política en esas dos naciones.

Resumen: A partir de una distinción entre seguridad efectiva y sensación colectiva de seguridad, el ARI reflexiona sobre si las crisis ocasionadas por ataques terroristas como los ocurridos en Nueva York y Madrid favorecen generalmente a líderes políticos que optan por una línea dura contra el terrorismo y que son percibidos como gobernantes fuertes que prometen combatir dicho fenómeno en todos sus frentes. Mientras que lo ocurrido en Estados Unidos con la reelección de George W. Bush como presidente a finales de 2004 corroboraría esa tesis, el autor entiende que los resultados de las elecciones generales españolas celebradas en marzo de ese mismo año, pese a que supusieron la derrota del Partido Popular hasta entonces en el poder, no deben ser entendidas como una excepción a la regla. Para interpretar lo ocurrido es preciso prestar atención al contexto en que se producen los atentados que generan crisis, el modo en que se manejan esas situaciones de crisis y la cultura política predominante en el país afectado.

Análisis: Con este tema se pisa terreno nuevo. Todavía faltan investigaciones comparadas y una teoría sobre la relación entre una serie de atentados y el comportamiento político de la ciudadanía. Es evidente que se trata de una relación complicada y no necesariamente lineal, ya que entre las dos variables principales, los ataques violentos y el comportamiento político, hay otras que influyen sobre el resultado, como el estado psíquico de los ciudadanos y la opinión pública.

Parece razonable tomar como punto de partida la tesis de Walter Laqueur, uno de los especialistas más reconocidos entre los que han trabajado sobre el terrorismo. Laqueur afirma que una crisis provocada por ataques terroristas favorece por lo general a los “duros” entre los líderes políticos: a un Bush, un Putín o un Sharon. ¿Es cierto lo que dice o es una tesis demasiado simple? Y si tiene razón, ¿cuáles son las causas por las que la gente brinda su apoyo a los que prometen reprimir el terrorismo por la fuerza? –un método hasta cierto punto eficaz pero que también tiene sus límites–.

En este breve análisis voy a concentrarme en sólo dos ejemplos: el de los Estados Unidos y el de España. Ocasionalmente echaré un vistazo hacia Rusia e Israel.

Estados Unidos: El alto rendimiento político de una actitud firme e intransigente
George W. Bush parece ser un buen ejemplo de que una actitud dura y consecuente contra el terrorismo puede garantizar el éxito en las urnas. Desde los ataques del 11 de septiembre llevó una lucha incesable en un tono mesiánico contra el terrorismo en todos los frentes, el externo y el interno, que le aseguró un segundo triunfo electoral a fines del año 2004. Sólo quiero recordar algunas de las medidas tomadas por él.

Inmediatamente después del ataque devastador contra las torres gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington entró, sin preaviso, en una guerra contra los Talibán en Afganistán, acusándolos de albergar y proteger a al-Qaeda; atacó directamente a esta organización terrorista, destruyó sus campamentos y obligó a Bin Laden y sus seguidores a huir hacia Pakistán. Fue la primera vez en la historia reciente que un ataque terrorista tuvo como respuesta y consecuencia el inicio de una guerra. Dos años más tarde siguió una segunda guerra contra Irak, según Bush un Estado “demonio” (rogue state) que tenía estrechas relaciones con al-Qaeda y se preparaba para construir armas de destrucción masiva.

En los mismos Estados Unidos, Bush tomó una serie de medidas cuyo denominador común era prevenir cualquier ataque terrorista con un aumento del control estatal en todos los ámbitos. Ejerció una creciente presión sobre el sector de medios de comunicación de masas; sometió las fronteras y a todos los viajeros que venían y vienen desde fuera a un control estricto y severo; amplificó las leyes o permitió su extensa aplicación para facilitar la captura de sospechosos, restringió las libertades individuales, cancelando para un gran sector de la población prácticamente los clásicos derechos anglosajones del habeas corpus; reorganizó los servicios secretos y creó nuevos servicios y delegados para la seguridad interna, “home defense”; finalmente permitió que surgieran verdaderos espacios extrajudiciales como el de Guantánamo. Transformó en breve el país en una verdadera fortaleza contra el terrorismo. Cualquiera que haya estado en los Estados Unidos en los últimos años se habrá dado cuenta de esta transformación.

Una transformación que sin duda tuvo su precio y cuyo éxito (en los términos de Bush) todavía no está de ningún modo asegurado. Entre los costes evidentes cabe mencionar el enorme déficit fiscal que produjo el Gobierno de Bush, sobre todo por los grandes gastos militares y demás asuntos de la seguridad. Tampoco hay que olvidarse de que entretanto miles de jóvenes norteamericanos han muerto en Irak como víctimas de ataques terroristas. La paulatina transformación del Estado liberal de derecho que eran los Estados Unidos antes en una enorme máquina de seguridad se cuenta también entre los costes de la política de este presidente. Finalmente, su política y su tono maniqueo le costaron muchas simpatías entre sus aliados en Occidente. Si estos hubieran podido participar en las últimas elecciones, la mayoría en 18 de 21 Estados hubiera dado su voto a Kerry y no a Bush.

Hasta la fecha no se puede decir que esta campaña contra el terrorismo islamista internacional haya sido particularmente exitosa. Sin duda, el destruir la infraestructura logística de al-Qaeda, quitarle la cabeza a la organización e impedirle entrenar a más terroristas en Afganistán fue un logro importante. Pero el país invadido y liberado del dominio de los Talibán, Afganistán, sigue estando lejos de ser un Estado que funcione con normalidad. Bin Laden, el enemigo número uno de Bush, está todavía en libertad, a pesar de las gigantescas sumas que le esperan a aquél que le traicione. La campaña de Irak, lejos de contribuir a frenar el terrorismo, ha sido una fuente de emergencia de nuevos grupos terroristas y, a pesar de unas elecciones relativamente exitosas en este país, nadie sabe cómo va a terminar esta acción de derrocamiento del dictador Sadam Husein. El número de ataques terroristas a nivel internacional no se ha reducido sustancialmente en los últimos tres o cuatro años, al contrario. Cuando el viejo y nuevo presidente de los Estados Unidos pretende que el mundo actualmente es más seguro de lo que lo era antes, cabe preguntarse si él mismo cree lo que dice.

Con todo esto, mi intención no es tanto la de criticar al Gobierno de Bush como la de demostrar que tiene algo de sorprendente para un observador externo el alto grado de apoyo del que goza este presidente entre la población norteamericana, o al menos gozaba hasta hace poco. Inmediatamente después de los ataques del 11 de septiembre este apoyo era abrumador: el 94% de los norteamericanos se pronunció a favor de su presidente y su manera de gestionar la crisis. Después bajó este porcentaje pero, dependiendo de los momentos y las circunstancias concretas, siempre entre el 55% y el 80% de los encuestados aprobaron la orientación que el jefe del Gobierno norteamericano daba a la política de seguridad del país. Después de su reelección, en noviembre de 2004, el 32% de los que habían votado a Bush declararon que lo habían hecho por su política antiterrorista (en el caso de Kerry era sólo el 5%), el 85% estaba convencido de que gracias a su política el país estaba mejor protegido contra el terrorismo que antes, y el 79% de que la guerra en Irak había hecho más seguro su propio país.

Un pequeño episodio ilustra bien este panorama: algunos días antes de las elecciones, Bin Laden hizo su aparición en la emisora al-Yazira –después de tres años de silencio– para dirigirse en un mensaje al pueblo americano. Atacó la alianza entre los Estados Unidos e Israel, acusó al presidente Bush y su Gobierno de ser mentirosos y corruptos y amenazó con cometer otros atentados como el del 11 de septiembre si la política norteamericana no cambiaba de rumbo. Evidentemente su intención era desacreditar a Bush y crear desconfianza hacia él para impedir su reelección. Aunque no se puede asegurar que un “mensaje” emitido tan poco tiempo antes de las elecciones haya tenido influencia alguna, todos los comentaristas estaban de acuerdo en que había sido más bien contraproducente, ayudando a Bush y no a Kerry.

Si echamos una mirada a dos casos paralelos, el de Putin y el de Sharon, la situación se presenta de una manera muy similar. La política de Putin en Chechenia fue siempre muy represiva. Las tropas rusas cometieron verdaderas atrocidades en esta pequeña región, sin que esto haya disminuido de ningún modo la popularidad de Putin; al contrario, su reelección en 2004 se debió entre otras razones a esta política de mano dura. Cuando después del atentado de Beslan introdujo una serie de reformas autoritarias que permitían la censura de la prensa y aumentaban el control burocrático de la población, tampoco nadie protestó. Si en el caso de Rusia tal vez se pueda decir que por una tradición autocrática hay poca resistencia contra medidas antidemocráticas, en Israel seguramente no es así. Tomemos como ejemplo a Sharon, quien, cuando subió al monte del templo en Jerusalén en otoño de 2000, contribuyó decisivamente a la segunda Intifada, una sublevación de los palestinos contra la ocupación de gran parte de su territorio por los israelíes. La denominada Intifada de Al-Aqsa tuvo un alto coste en vidas humanas para ambos lados; sobre todo, del lado palestino, trajo un aumento considerable en ataques suicidas. Estos atentados son altamente “efectivos”. Mientras hasta entonces por cada israelí habían muerto unos cinco o seis palestinos, a causa de los atentados suicidas el número de víctimas de ambos lados casi se igualó (1:1,7). Sin embargo, ni el mayor número de muertos ni el endurecimiento general de la situación se le reprochó a Sharon, cuyo liderazgo político quedó incontestado hasta que recientemente sufrió un infarto.

Si nos preguntamos por qué en tales situaciones de crisis y conflicto la población apoya más bien a la derecha que a la izquierda –es decir a los políticos duros, decididos e intransigentes–, hay que mencionar varios motivos. Lo que parece ser una distinción clave en este tipo de situación es entre la seguridad efectiva y la sensación colectiva de seguridad. No quiero decir que las medidas tomadas por Bush y sus colegas en otros países no hayan contribuido a contrarrestar la amenaza terrorista. La reorganización de los servicios secretos, el aumento considerable de su personal y de sus recursos, la mejor cooperación internacional y todas las facilidades que se introdujeron en las leyes para detener a sospechosos y prevenir atentados han tenido sin duda algún efecto. Sin embargo, lo que cuenta tanto o más que la seguridad efectiva es la sensación de seguridad que una política de mano dura transmite a la ciudadanía. Se trata de una distinción bien conocida en los estudios sobre la policía. La seguridad efectiva y su aumento dependen de medidas a veces poco espectaculares: de un mejor trabajo de los servicios de inteligencia, de un mejor flujo de informaciones, de reformas estructurales y de nuevas formas de adiestramiento del personal. Estas reformas tienen en común que requieren tiempo y no producen resultados inmediatos. Por tanto, se les acompaña con acciones visibles que muestran que el Gobierno está altamente preocupado por la situación y que hace todo lo posible para proteger a los ciudadanos. El aumento en los controles y en la presencia de los servicios de seguridad en el espacio público tienen este efecto tranquilizador: controles en instituciones públicas, en los aeropuertos y fronteras y, sobre todo, un mayor control de los extranjeros, porque en tal situación de desorientación e inseguridad hay un deseo generalizado de discernir potenciales culpables y nadie se presta mejor para este papel que los que vienen desde fuera.

Es evidente que los Gobiernos fuertes, con tendencias autoritarias, tienen una mayor inclinación y también mayores posibilidades de aumentar el grado de control en todos los ámbitos que los Gobiernos blandos. También tienen menos escrúpulos en explicar a los ciudadanos que van a combatir la violencia y el terrorismo en otro territorio para que su propia población pueda sentirse más segura. Así, por ejemplo, Bush insistió en que los Estados Unidos estarían más seguros si se combatía al “terrorismo” en el exterior, por ejemplo en Irak. Al mismo tiempo, su política de seguridad tiene una tendencia hacia la discriminación de los extranjeros apenas frenada por los tribunales. Tendencias similares son visibles en casi toda Europa, donde se han endurecido las leyes de inmigración para los grupos de población musulmana –en algunos países, varios millones de personas–, que se ven expuestos a la sospecha generalizada de que son radicales.

Pero los ataques terroristas y las situaciones de crisis no despiertan sólo sentimientos de inseguridad con sus reacciones correspondientes, sino también toda clase de sensaciones y deseos emocionales: sed de venganza o al menos de un castigo severo; necesidad de reafirmación de la propia fuerza y autonomía de la comunidad y también del restablecimiento de su dignidad tras haber sido chantajeados y extorsionados por terroristas; y deseo de un liderazgo firme, intrépido e imperturbable como contrapeso a la situación de pavor e inseguridad creada por los actos violentos. Todas estas necesidades emocionales, latentes o abiertas, las satisface más un Gobierno que no cede a los terroristas –sino que los combate en todos los niveles y frentes, independientemente del éxito de tal opción– que un Gobierno de compromiso que pondera las ventajas y desventajas de cada paso que da.

Quiero añadir una nota sobre el factor personal en esta situación, que también es de gran relevancia: ¿está el presidente a la altura de la situación y entiende e interpreta bien las aspiraciones de la mayoría? En estos momentos, sobre todo en casos de violencia con consecuencias catastróficas, se abre una de las raras posibilidades de una estrecha unión entre el líder político de un país y la ciudadanía. Se nota si tiene su confianza y puede conservarla. Para conservarla, no siempre es suficiente seguir una línea dura e insistir en el castigo de los responsables. Putin, un reconocido “duro”, perdió popularidad después del terrible secuestro de Beslan, donde murieron cientos de niños, porque calló y no expresó ninguna lástima por lo ocurrido. Tampoco José María Aznar, el presidente del Gobierno español, fue a ver a los familiares de las víctimas después de los horribles sucesos del 11 de marzo de 2004 para expresarles su compasión. Con esto llegamos a nuestro segundo caso.

España, ¿una excepción a la regla?
Diversos experimentos psicológicos han confirmado la tesis de que a través de amenazas y de la evocación de peligros es posible crear una fuerte demanda de más seguridad. En términos políticos: el que habla mucho de los peligros mortales inminentes puede –de este modo– producir un ámbito de miedo e inseguridad generalizado que le dan una mayor posibilidad de presentarse como el gran salvador y protector, que por la fuerza va a reestablecer la seguridad. Este tipo de reproche se le ha hecho varias veces a Bush, pero ¿cómo encaja este esquema con la figura y el destino reciente de Aznar en España? ¿No es cierto que Aznar y su partido, el PP, también se habían perfilado como enemigos implacables del terrorismo en todos los ámbitos? En este caso, sin embargo, la regla no se cumplió. Después del horrible atentado del 11 de marzo de 2004, la mayoría de los votantes le dio la espalda a Aznar, volcándose hacia el partido opositor, el PSOE. ¿No es esta la prueba de que una política dura estrictamente antiterrorista tiene sus límites?

Ya existe una amplia bibliografía sobre el impacto que tuvieron los atentados del 11 de marzo sobre las elecciones que se realizaron tres días después. Se ha desarrollado un cuadro complejo de los factores que posiblemente explican el sorprendente triunfo electoral del PSOE. No pretendo aquí analizar todos estos factores, sino que me limito a discutir sólo aquellos que tienen relevancia para mi tesis.

No cabe duda de que España es un caso complicado. Esto es así esencialmente por dos razones. La primera es que este país hasta hace poco se enfrentaba a dos tipos de terrorismo que no tenían ningún vínculo entre sí. Estaba el terrorismo etno-nacionalista de la ETA que ha durado (si es que de veras ha terminado finalmente) más de 35 años y ha costado la vida a más de 800 personas. Y, en segundo lugar, los atentados brutales del 11 de marzo hicieron aparecer por primera vez el terrorismo islamista. Esta dualidad no significa únicamente que la sociedad española tenía ya antes del 11 de marzo una larga experiencia en actos de extorsión, en secuestros y asesinatos, sino que también, inmediatamente después del 11 de marzo, había una gran inseguridad sobre quiénes eran los responsables de los ataques, ya que nadie declaró ser su autor. Esta inseguridad, por su lado, abrió espacio para toda clase de especulaciones y maniobras políticas.

Otra circunstancia que complica el cuadro es que, en este caso y en contraste a los casos de Bush o de Putin, no se trataba de la reelección del presidente de Gobierno, sino de la continuidad en el poder de su partido, el PP. Aznar, después de haber cumplido dos mandatos, no aspiró a una tercera presidencia, sino que preparó el terreno para su sucesor, Mariano Rajoy. Así, se dio la paradoja de que él, que gestionó la crisis entre el 11 y el día del voto, el 14 de marzo, no tuvo que sufrir las consecuencias de su gestión, mientras que Rajoy, el verdadero perdedor de las elecciones, tuvo poca influencia sobre los sucesos políticos anteriores.

Volviendo a la cuestión central de hasta qué punto las elecciones fueron dictadas y dominadas por el miedo y el distanciamiento de una política antiterrorista consecuente, a nuestro modo de ver tal afirmación equivaldría a una simplificación extrema de un panorama complejo de causas y motivos. Ya desde un principio es dudoso si se puede atribuir a un pueblo el tener mucho o poco coraje y voluntad de resistir a amenazas y presiones por parte de terroristas o más bien una disposición a someterse. En el caso español, el largo conflicto con ETA brinda una serie de pruebas de que la opinión pública de este país no se calló y no aceptó el terrorismo, sino que continuamente se resistió y protestó. Uno de los ejemplos más elocuentes fue el secuestro y asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco en 1997 por ETA para forzar al Gobierno español a trasladar a los terroristas encarcelados a prisiones vascongadas. Las masivas demostraciones desencadenadas por este acto inhumano no se dirigieron contra el Gobierno por no haber cedido a las exigencias terroristas, sino contra la banda misma de asesinos, o sea ETA.

En general, en su ofensiva contra el terrorismo de ETA Aznar pudo contar con un respaldo sólido en la población. ¿Por qué entonces el electorado no apreció de una manera similar sus esfuerzos de contrarrestar al terrorismo internacional y le abandonó en las urnas?

Siguiendo los análisis que se han hecho de la derrota del PP en las elecciones del 14 de marzo, ésta se debe esencialmente a tres factores. Primero, no parece ser tan sorprendente como se hubiera podido creer en un primer momento. Como demuestran las estadísticas electorales y las encuestas, ya desde 2000, cuando Aznar había obtenido un triunfo abrumador, el PP había perdido continuamente la simpatía y el apoyo del electorado. Si bien pudo recuperar una parte del terreno perdido al finalizar oficialmente la guerra de Irak, ya antes del 11 de marzo el PSOE había vuelto a ser un serio rival en la lucha por la conquista del poder. Según las mismas encuestas, la mayoría de los votantes estaba convencido de que el PP iba a ganar aunque preferían que ganase el PSOE. Lo que dio el último y decisivo empuje a favor del PSOE fue el doble hecho de que 1,4 millones de personas, en su mayoría jóvenes, movilizados por la tragedia del 11 de marzo, fueron a votar en lugar de abstenerse y de que otras 700.000 cambiaron su orientación y opción política votando al PSOE.

Esto nos lleva al segundo factor, el impacto que ha tenido la participación de España en la guerra de Irak y la conmoción por los ataques mortales del 11 de marzo. Ambos sucesos son difícilmente separables uno de otro, ya que parecía evidente que si Aznar no se hubiera alineado con la campaña militar de Bush y Blair, los atentados de Madrid probablemente no hubieran tenido lugar. No hay que olvidarse en este contexto que los españoles en su mayoría –y también sus representantes en el parlamento– se habían opuesto a esta aventura militar. No estaban convencidos de ningún vínculo entre Sadam Husein y al-Qaeda y tampoco creían que España iba a estar más segura combatiendo el terrorismo internacional en un tercer país. Por tanto, el no votar al PP el 14 de marzo por la participación española en la ocupación de Irak podía tener varios sentidos: podía ser un castigo por las decisiones solitarias y autoritarias del presidente del Gobierno, una protesta en contra de la obediencia demostrada hacia la única superpotencia que queda, los Estados Unidos, una sanción por correr riesgos innecesarios, etc. Es decir, un sentimiento de miedo y el afán de evitar semejante peligro en el futuro era sólo uno de los posibles componentes de este complejo motivacional. Lo mismo vale para la conmoción causada por los propios ataques. Aparte del pavor, habrían estimulado también otras reacciones emocionales como tristeza y depresión o rabia.

Mucho de lo expuesto hasta ahora gira alrededor del presidente del Gobierno, José María Aznar, su estilo de gobierno y su manera de reaccionar. Parece que la gestión de la crisis por parte del Gobierno constituye un tercer factor que explica la derrota electoral del PP. Creo que para evaluar correctamente este factor no es decisivo si el Gobierno manipuló conscientemente informaciones o si simplemente fue demasiado inflexible como para cambiar su esquema original de explicación, centrado en la ETA. Tampoco tiene mayor importancia si la unidad de todos los españoles, conjurada inmediatamente después de los ataques, se rompió por iniciativa del Gobierno o de la oposición. Lo cierto es que el presidente del Gobierno y su equipo no encontraron ni el tono ni el estilo apropiados para confrontar los terribles sucesos de tal manera que todos los españoles se sintieran representados; no supieron articular los sentimientos y anhelos de la comunidad y del pueblo entero. O, expresado en el lenguaje de un politólogo: no encontraron el “encuadre” apropiado que le hubiera permitido a Aznar salir reforzado en vez de debilitado de la crisis.

En resumen, la conmoción por los atentados activó el rechazo a la posición del Gobierno español en la guerra de Irak y este rechazo, a su vez, activó el deseo latente de cambio de un segmento determinante del electorado. La mala o insuficiente gestión de la crisis por parte del Gobierno actuó de refuerzo del proceso descrito.

Conclusión: En España, ¿contradice el triunfo electoral del PSOE –tras los ataques del 11 de marzo– la regla de que los actos o campañas terroristas tienden a favorecer políticamente a los duros, los “halcones”? Seguramente se trata de uno de los países occidentales que más experiencia tienen con el terrorismo y con grupos terroristas. Por eso, se tiene en la opinión pública una percepción bastante diferenciada de los posibles logros, pero también de los límites, de una política de mano dura. En última consecuencia, no creo que España escape a la regla enunciada; sin embargo, nos obliga a matizarla en varios puntos.

Primero, hay que tener en cuenta el contexto en el que se sitúa el atentado o la serie de atentados. ¿Ocurre en un momento en el que el crédito de un Gobierno se está ya gastando y el partido opositor gana más apoyo? ¿O le toca a un Gobierno en el momento de su mayor prestigio? Eso sólo puede saberse a través de un análisis longitudinal. Por lo general, es de suponer que sólo en una situación políticamente abierta los sucesos violentos pueden tener un impacto decisivo. No tienen suficiente fuerza para invertir una tendencia fuerte y estable.

Otro factor importante es la gestión de la crisis. Ya hemos mencionado repetidas veces el peso del factor personal en estas situaciones. Es una de las raras ocasiones en las que un político puede crecer y alcanzar la altura de hombre de Estado o caer en el descrédito. ¿Entiende este reto, está a la altura de la situación excepcional o se pierde en cálculos particularistas y partidistas?

Esto depende también de la cultura política de un país, una tercera variable relevante. Por ejemplo, es importante si existe una tradición de negociación en casos de conflicto o si estos se solucionan por la fuerza; si el nacionalismo de un país tiene un fuerte ingrediente mesiánico y ofensivo o más bien defensivo e introvertido; y si frente a un peligro todos se unen enseguida o empiezan a formarse frentes diferentes y hasta opuestos. Dependiendo de estos parámetros, una misma medida de Gobierno puede tener efectos muy distintos, ser altamente adecuada para confrontar una situación catastrófica o inadecuada.

Es necesario añadir una breve observación sobre la dimensión temporal del apoyo brindado al hombre fuerte que promete combatir el terrorismo en todos los frentes, observación que no se limita a España sino que abarca también los otros casos. Según parece, no es un apoyo ilimitado sino uno de corto y medio plazo. Después de algunos años, al menos en las sociedades democráticas, la gente se cansa de la retórica belicista y empieza a ver más claramente los costes de tal política –costes materiales pero también en privación de derechos fundamentales–. Incluso puede ocurrir, como sucedió recientemente en el caso de Israel, que el protagonista mismo de una política de represalias y de mano dura vea el límite de su enfoque y se convierta en el promotor de una solución política del conflicto.

Nota bibliográfica

Este artículo se basa casi exclusivamente en artículos periodísticos de la prensa británica, alemana y española publicados en Guardian Weekly, Frankfurter Allgemeine Zeitung, El País y El Mundo. La tesis de Laqueur se encuentra en La Vanguardia del 12/IX/2004.
Sobre el efecto del terrorismo sobre la política de Bush y su popularidad véase Michael Marc y Nelson Hetherington, “Anatomy of a Rally Effect: George W. Bush and the War on Terrorism”, en Political Science and Politics, enero de 2003, pp. 37-42.
La distinción entre “seguridad” y “sensación de seguridad” ha sido desarrollada ya hace tiempo en la sociología de la policía. Véase Peter Waldmann, “Stärkung des Sicherheitsgefühls statt Schutz der Sicherheit? Kritische Gedanken zur Verschiebung des polizeilichen Aufgabenbereichs”, en Politische Studien, 29, 1978, nº 240, pp. 359-377.
Hay varios excelentes análisis del efecto de los atentados en España sobre las elecciones en este país. Véanse, por ejemplo, Julián Santamaría, “El azar y el contexto. Las elecciones generales del 2004”, en Claves de razón práctica, nº 146, octubre 2004, pp. 28-40; Narciso Michavila, Guerra, terrorismo y elecciones: incidencia electoral de los atentados islamistas en Madrid, Real Instituto Elcano, Madrid, 2005 (disponible en
www.realinstitutoelcano.org/documentos/180.asp); y José A. Olmeda, Miedo engaño: el encuadramiento de los atentados terroristas del 11 de marzo en Madrid y la rendición de cuentas electoral, Real Instituto Elcano, Madrid, 2005 (disponible en www.realinstitutoelcano.org/documentos/imprimir/206imp.asp).
Sobre el efecto de los atentados suicidas en Israel véase Leon Weinberg y otros, “The Social and Religious Characteristics of Suicide Bombers and Their Victims”, en Terrorism and Political Violence, vol. 15, nº 3, otoño de 2003, pp. 139-153.

Autor: Peter Waldmann. Catedrático emérito de Sociología en la Universidad de Augsburgo

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Actos de pie

Martes, 10 de marzo de 2009 Sin comentarios

Cuando el acto es multitudinario y gira en torno a un punto concreto, ya sea una presidencia o un escenario, y los invitados deben permanecer de pie, somos partidarios de evitar una excesiva protocolización del público, entre otros motivos, porque es imposible de cumplir y muy difícil exigir la permanencia en un sitio. Únicamente estimamos que el anfitrión ordena la presidencia y concede una ubicación especial a la corporación anfitriona o a aquellos invitados que desee destacar, ya sea en función a su rango o a su carácter de invitado especial o de honor. En este caso, establecerá un protocolo para ese reducido número de personas, pero concederá libertad de colocación al resto aunque puede asignar espacios por grupos similares o corporativamente, si procediera.
No es bueno ni recomendable que la presidencia dé la espalda a ningún invitado, por lo que generalmente aquélla suele colocarse aprovechando el fondo del salón con el fin de que todos los invitados puedan verlos de frente.
Si el número de invitados es elevado, resulta recomendable establecer algún sistema que facilite el protocolo fijado por el anfitrión. Muchas veces los profesionales de la organización de actos reservan distintos sitios que luego, en la práctica, no son ocupados por el invitado, pese a estar presente. Ello se debe seguramente a que a este invitado seguramente no se le ha dicho nada al respecto. Por ello, el jefe de protocolo debe procurar que unos días antes (si es posible), y a la llegada del personaje en cuestión se le informe con detalle. Así, de este modo, cuando el acto se inicie (momento en el que el jefe de protocolo suele preocuparse más de la presidencia, los micrófonos, las luces, etc.), los invitados con sitio especial se dirigirán al mismo sin dilación. No obstante, además es recomendable que los auxiliares de protocolo (azafatas, secretarias, etc.) se ocupen de garantizar el cumplimiento de lo previsto en estas zonas protocolarias especiales.
Los actos de pie sólo se recomienda efectuarlos cuando forman parte de un programa mayor que exige el paso por distintos emplazamientos o locales (por ejemplo, la inauguración de una fábrica que se supone previamente ha sido visitada); o si son breves y al término de los mismos la presidencia se acercara a los invitados a departir con ellos mientras se acompaña con un aperitivo o similar. Si se le quiere dar carácter de solemnidad debe celebrarse en la mayoría de los casos sentado.
La celebración del acto de pie tiene la ventaja frente al sentado que el propio local pueda ser utilizado como zona de encuentro entre el anfitrión, autoridades e invitados, sin que ello se vea incomodado por silla alguna. Facilita más libertad de movimiento al invitado y la organización nunca queda en entredicho si la concurrencia fuera menor o mayor a la prevista.
Ahora bien, en este tipo de acontecimientos, la presidencia debe situarse sobre un pequeño estrado elevado (al menos 30 centímetros) para facilitar la visión de todos y disponer de una nítida megafonía (pues hay una mayor tendencia en estos casos a que los invitados murmuren, especialmente los más rezagados).
Hay otros actos de pie típicos que no tienen una presidencia claramente definida como el descubrimiento de una placa conmemorativa.
Todos ellos se resuelven basándose en la referencia de una zona de presidencia, una o dos zonas especiales para corporaciones anfitrionas, autoridades o invitados de honor y otro gran espacio para el resto de invitados.
Hay también otros casos especiales en los que no existe una presidencia definida por distintos motivos, por ejemplo, la firma de un documento entre varios organismos públicos y diversas asociaciones, donde se ha acordado que nadie presida y que en el estrado únicamente se coloque la mesa de firmas.
Cada acto, pues, hay que contemplarlo a la hora de organizarlo en su propio contexto, aplicando las soluciones más razonables de acuerdo a la filosofía del mismo y procurando que todos los asistentes tengan un trato correcto y se encuentren lo más a gusto posible.
Para los actos de pie de muy poca concurrencia de asistentes, lo más recomendable es prever la ubicación de los invitados, pues la presencia de estos es más notoria y a buen seguro que se encontrarán más cómodos si se les indica el lugar correcto o adecuado.

Por: Centro Mediterráneo. Universidad de Granada (España)

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