Cuando las marcas dictan la tendencia de los estilos cul/cool-turales
 

Atrás quedaron las décadas de los ´60 y ´70, donde los jóvenes llevaban las banderas de las utopías liberadoras y creadoras. Las izquierdas entraron en crisis y con el advenimiento de la década de 1980, la derecha ganó terreno. Ya no se promete un mundo mejor, sino un universo cool, único, lleno de identidad, para ocultar el vacío de la postmodernidad.
 
Adolescentes: un blanco perfecto
A comienzos de la década de 1990, la cultura juvenil se transformó en un mercado altamente solicitado. A partir de esos años, los sectores manufactureros y de entretenimiento comprendieron que las empresas estaban apuntando al el sector demográfico equivocado. Tal como dice Naomi Klein, en su libro No logo, “no era época para vender Tide y Snuggle a las amas de casa, sino de lanzar la MTV, Nike, Hilfilger, Microsoft, Netscape y Wired a los adolescentes de todo el mundo”.
El mundo de los jóvenes es un espacio rico, ya que es una etapa de la vida donde cada uno de los individuos comienza a forjar su identidad, y por lo tanto, el consumo de productos y servicios es altamente simbólico. Los adolescentes intentan reflejar su estilo de vida a través de lo que consumen.
Según la Organización de las Naciones Unidas -ONU-, en el mundo hay gran cantidad de adolescentes. En total, se considera que el sector demográfico juvenil mundial comprende mil millones de personas. Estos jóvenes, más que vivir en un lugar geográfico, habitan un espacio mundial de consumo. Están conectados desde sus teléfonos móviles con bloques de noticias de Internet; los reúnen las Playstations de Sony, y los videos de la MTV, entre otros entretenimientos.
Desde 1990 en adelante, las empresas empezaron a atravesar un proceso de absoluta energía creativa. El objetivo consistía en encontrar la identidad perfecta, aquella en la cual los adolescentes se vieran reflejados. Diversas palabras comenzaban a circular en el imaginario de los creativos: lo cool, lo alternativo, lo joven, lo novedoso, lo moderno, entre otras. Finalmente, luego de un exhaustivo trabajo de investigación entre el universo joven, se decidió que la cualidad imprescindible era lo cool.
En Estados Unidos, todas las grandes empresas consultoras del estilo cool –tal como Sputnik, The L. Report, Bureau de Style – fueron fundadas entre 1994 y 1996. Su plan era buscar sectores donde se cultivara el nuevo estilo, para luego aconsejar a sus clientes acerca de las mejores campañas publicitarias. De modo vertiginoso, las publicidades, videos, anuncios y otras formas de publicitar empezaron a invadir el espacio público. Ya casi no queda espacio sin marca. Y cada marca tiene su propia identidad, que se corresponde a su vez con un determinado estilo.
Cuando arrancó el frenesí de la cultura juvenil a principios de la década de 1990, se desató una voraz máquina de marketing que se apoderó de las identidades y de los estilos e ideas. Todo se convirtió en una suerte de alimento prefabricado. Naomi Klein, dice al respecto que nada se salvó: ni el punk, ni el hop, ni el techno y ni siquiera el feminismo ni el multiculturalismo de las universidades.
Sin embargo, aunque las marcas parecen estar presentes en todos lados –en los recitales para jóvenes, junto a ellos en el sofá del living, en sus grupos de chat por Internet, y en los estadios deportivos-, hay una frontera juvenil que resistió mucho tiempo a las marcas: los colegios. Las distintas marcas se tomaron su tiempo para entrar en las escuelas. Los fabricantes y los cazadores de lo cool han destinado gran parte de la década de los ´90 para reintroducir las marcas en los colegios y vertiéndolas en el molde de la rebeldía adolescente.
 
Nostalgia de lo que alguna vez fue
En las décadas de 1960, 1970 y 1980, numerosos militantes habían creído que el mundo podía mejorar si los medios de comunicación ofrecían un mejor reflejo de él. Por el contrario, la política de la identidad dejó en claro que no luchaba contra el sistema, y ni siquiera lo subvertía. Lo que hacía era alimentar la vasta industria de las marcas. Mientras que en mayo de 1969, los graffitis afirmaban con énfasis: “No consumamos Marx”, hoy se consume de todo: el rostro del Che Guevara estampado en una remera, el símbolo del Comunismo atrapado en un pin, etc.
Las luchas políticas, las reivindicaciones de las minorías, de los marginados, de los más pobres, han quedado relegadas. Lo que está de relieve es el envase, lo cool, lo que promete ser moda, la innovación. Pero los contenidos parecen ser de mentira, pura ilusión.
Algunos antiguos luchadores de la identidad, hoy en día sienten nostalgia del pasado, donde los símbolos de su radicalismo –aunque les oprimían-, no estaban a la venta en los grandes supermercados. Muchos se preguntan ¿es esto lo que queríamos? ¿Todas nuestras protestas y nuestra teoría supuestamente progresista sólo han servido para alegrar las industrias de la cultura? La realidad muestra que las ideas sobre la rebelión política resultaron ser poco amenazadoras para la buena marcha de los negocios.
 
Diversidad sexual y racial: las superestrellas publicitarias
Desde los años ´90, y cada vez más, la diversidad sexual y racial se han convertido en megaestrellas de la publicidad. Un claro ejemplo lo aporta la marca Benetton, que mostraba en su anuncio distintos bebés, a modo de estereotipos raciales, con el sugestivo lema “United colors of Benetton”. Otro aviso que sigue la misma línea corresponde a la marca Cheeky, que en su campaña publicitaria primavera-verano 2000, mostraba en una gigantografía un bebé gordito y rubio en brazos de una nena de unos nueves años. Por todos sus rasgos visibles: pintura en el rostro, semidesnudez, rasgos “étnicos”, esta niña era claramente identificable como “indiecita”. La idea del comercial era mostrar una supuesta armonía entre “blancos” e “indios”, que en la realidad es pura fantasía.
 
Diversidad cultural: el paraíso publicitario
En la era de la globalización, a nadie le interesa crear distintas campañas publicitarias para los diferentes mercados y países. La clave está en que las campañas puedan vender la diversidad misma a todos los mercados a la vez. De modo que se trata de un multiculturalismo, que intenta presentarse como un envoltorio más humano.
El peligro radica en la excesiva homogeneización de la cultura. Los publicitarios deben evitar que los productos de marca dejen de parecer estilos de vida y grandes ideas y demuestren ser los artículos ubicuos que en realidad son. Constantemente, las marcas deben lucha contra lo que el intelectual Theodor Adorno llamaba “lo nuevo siempre igual”. Una y otra vez, los empresarios intentan evadir la acusación de que en realidad están vendiendo una sola cosa y la misma.

Referencias
Bitniks - Revista Multimedia -http://www.bitniks.es/ARCHIVO/LIBROS/34/02.shtml
La Vaca -Medio de Comunicación Social-http://www.lavaca.org/especiales/naomiklein.shtml
La jornada sin fronteras http://www.jornada.unam.mx/2001/07/22/mas-cara.html
Nombre Falso – Comunicación y Sociología de la Cultura-http://www.nombrefalso.com.ar/apunte.php?id=5
ONU – Organización de las Naciones Unidas-http://www.cinu.org.mx/prensa/resumen/sem0342.htm

Autor: María Torreche. Estudiante de Ciencias de la Comunicación (Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Buenos Aires)