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Con frecuencia la etimología
de una palabra puede decirnos mucho de su acepción.
Según Monleau “diplomacia” viene del griego
diploos –doble- y en ese sentido se referiría a
aquello que se dobla o a aquello de lo cual se guarda
duplicado. Tal es el caso de los papeles, despachos,
bulas y demás documentos de los cuales se guarda
original, enviándose el duplicado al destinatario. De
ahí salió –en esa doble acepción- el sentido actual de
diplomacia que quiere decir “servicio de los estados en
sus relaciones internacionales”. Otra acepción
desfigurada nos lleva a confundir diplomacia con
cortesanía aparente o interesada o bien con política,
dando a esta palabra el sentido de arte o traza con que
se conduce un asunto o los medios que se emplean para
alcanzar un fin determinado. Al diplomático le vuelcan
en los diccionarios de sinónimos una carretada de
vocablos; entre los muchos sentidos que Barcia da a esta
palabra se encuentran los equivalentes de disimulado,
astuto, sagaz, ladino.
Si de los diccionarios
pasamos a los tratados vemos que el tratadista español
Ricardo Spatano tiene por diplomacia a la ciencia de las
relaciones exteriores de los Estados y al arte de las
negociaciones. En definitiva, la diplomacia es lo
contrario de la guerra. Por eso en la iconografía
clásica la diplomacia está representada por una
majestuosa mujer que ciñe su frente con una corona de
laureles, que pisa trofeos guerreros destrozados.
En la diestra tiene una
pluma y con la izquierda sujeta un papel desplegado que
dice: “mis poderosas armas son la persuasión, la
sagacidad, la cautela y la sabiduría”.
Es necesario, pues, formar
hombres que no sólo posean condiciones de talento, de
habilidad, de tacto, sino que además sepan encauzar
éstas condiciones por caminos que ofrezcan mayores
probabilidades de éxito. Porque si bien la ciencia es la
medida de la verdad, el arte es la medida del hombre. La
diplomacia es una arte en el que todo está condicionado
a las cualidades y méritos de sus cultores. La historia
de la diplomacia es, pues, la historia de sus grandes
hombres, de sus Dosat, Temple, Torcy, Trautmansdorf,
Kaunitz, Bismarck. Y ha tenido también sus mártires.
Quizás el primer hombre que pagó con su vida el
cumplimiento de una gestión diplomática fue Dicetas,
orador tebano que floreció doscientos años antes de
nuestra Era. Enviado por su patria junto a Quinto Marco
Filipo, que gobernaba Calcis, para disculpar a Tebas por
haberse unido a Perseo, al llegar a su destino los
tebanos refugiados en Calcis, en castigo por haberse
unido a los romanos, lo encerraron en una torre. Dicetas
se suicidó en prisión. Existieron así mismo las mujeres
diplomáticas. Por las condiciones de carácter que hay
que poner a prueba; quizás no hayan sido mujeres muy
afectas a la diplomacia. Sin embargo, las ha habido, y
muy felices en sus gestiones. Tal es el caso de Renée du
Bec, viuda del Mariscal de Quebriant, nombrada
formalmente embajadora y acreditada como tal por Luis
XIV ante Ladislao IV, rey de Polonia en 1646. Se conoce
en la historia con el nombre de “Paz de las damas” al
tratado de Combrai elaborado por la madre de Francisco
Iº y la archiduquesa de los Países Bajos, tía de Carlos
V, en calidad de plenipotenciarios.
El caso más curioso de la
historia de la diplomacia fue el de Eon de Beaumont, en
el siglo XVIII. Después de haber servido en los
ejércitos de Luis XV fue nombrado por este monarca su
agente secreto, primero en San Petesburgo y después en
Londres. Secretario de la embajada del duque de
Invernáis, puso en juego tales condiciones de simpatía y
don de gentes que el rey Jorge III lo honró con la
misión de ser él en persona quien llevara a Francia la
ratificación del Tratado de Paz. Pero, siendo Ministro
plenipotenciario reveló el secreto de algunos
documentos, y fue destituido. Más tarde, a raíz de un
ruidoso proceso entablado en 1777, se difundió que Eon
de Beaumont era mujer y no varón. No teniendo nada que
hacer en Londres, este curioso personaje retornó a
Paris buscando que el Rey lo perdonara. Después de
muchos dimes y diretes, Luis XVI le concedió una
pensión; pero debía usar vestiduras de mujer. En 1791,
solicitó un nuevo puesto en el ejército “son coeur se
revoltait contre sa coiffe et ses jupes”. Al morir en
Londres en 1810, los periódicos afirmaron que era
hombre. Pero lo indiscutible es que este extraño
personaje de la diplomacia poseía indudablemente altas
condiciones para el oficio.
Una de las normas
fundamentales de la diplomacia –la cuestión de
precedencia- ha originado episodios curiosos,
simplemente pintorescos unos, lamentablemente trágicos
otros. Según la cuestión de precedencia, todos los
países son jurídicamente iguales. Pero en la práctica,
ésta igualdad de derecho encuentra escollos en una
desigualdad de hecho y provoca conflictos que son
famosos en la historia. El más serio de estos incidentes
fue el asunto de los coches en Septiembre de 1661, en
Londres, con motivo de la recepción del embajador de
Suecia. El embajador de España, llamado Watteville,
envió su carruaje con algunos hombres de su séquito y
una escolta de unos 40 sirvientes armados. El coche del
embajador francés, conde d’Estrades, y la carroza que
había de ocupar el nuevo embajador de Suecia se
encontraban ya en el lugar de donde partiría la
comitiva.
En el carruaje francés iba
el hijo de d’Estrades con algunos caballeros del séquito
del embajador, seguido de una escolta de 150 hombres, de
los cuales 40 llevaban armas de fuego. En cuanto el
embajador sueco tomó asiento en la carroza real, el
carruaje del representante francés trató de colocarse
inmediatamente detrás. La representación española se
negó firmemente a cederle la precedencia, lo que originó
una verdadera batalla campal. Los franceses se lanzaron
sobre los españoles espada en mano, empuñando pistolas,
tratando de abrirse paso a fuerza de tiros y estocadas.
Pero los españoles, enardecidos, mataron los caballos
del carruaje francés, echaron al cochero del pescante y
mataron al postillón. No teniendo quien los dificultara
en su intento –eliminados los franceses- los españoles
ocuparon el primer puesto inmediatamente después de la
carroza que conducía el embajador de Suecia. Pero las
cuestiones diplomáticas no terminan tan pronto. Luis XIV
–el rey más poderoso de la Tierra en ese entonces- hizo
temblar a Europa con su ira al tener conocimiento de lo
ocurrido. Ordenó que el embajador de España en París
abandonara inmediatamente el reino al mismo tiempo que
ordenaba a su representante en Madrid que exigiese el
castigo de los culpables y el compromiso solemne de que
jamás los embajadores españoles volverían a disputar a
los franceses la precedencia en las cuestiones de
ceremonial. Cualquier negativa a las condiciones
impuestas significaría la guerra. Por supuesto que
Watteville fue sacrificado. El Marqués de la Fuente como
embajador extraordinario fue a Francia a desautorizar la
conducta del flamenco Watteville y a proclamar a la faz
de la Tierra que el monarca español había prohibido a
todos sus embajadores disputar a los representantes del
rey de Francia la cuestión de la precedencia. Fue en
Versalles, ante el mismo Luis XIV, donde el embajador de
la Fuente dejó establecido que el valor físico era a la
diplomacia lo que la ceguera a la pintura.
La cuestión fue
definitivamente resuelta en el Pacto de la Familia el 15
de agosto de 1761, estableciendo que en Nápoles y en
Parma, donde los soberanos pertenecían a la Casa de
Borbón, el embajador de Francia tendría siempre la
precedencia; pero en las otras cortes, la precedencia se
determinaría por la fecha de llegada, teniendo prioridad
Francia en el caso de que los dos embajadores hubiesen
llegado el mismo día.
Autor: Pablo Rojas Paz.
Hombres y momentos de la
diplomacia. Colección Oro de Cultura
General. Ed. Atlántida Bs. As. 1946
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