El aporte de las ciencias sociales a la publicidad
 

Las ciencias sociales tuvieron y tienen una estrecha relación de interdependencia disciplinaria con la comunicación publicitaria.
La evolución que se produce a partir de fines del siglo pasado, en los campos de la psicología y la sociología habrá de incidir en el desarrollo de nuevos métodos orientados a adquirir un mayor grado de eficiencia en las comunicaciones sociales y principalmente en las de tipo publicitario o propagandístico.
El anuncio publicitario, previo al desarrollo de las ciencias sociales, se basó en criterios fundamentalmente intuitivos; cuando los mensajes dejaron de ser meramente informativos, los textos solían caer en el pintoresquismo y la hipérbole con total ausencia de preocupaciones estilísticas y motivacionales. Será a partir del desarrollo de las doctrinas del asociacionismo y el conductismo, como señala Victoroff (1), cuando el anuncio se encauce por senderos más científicos, para recibir luego las influencias de la Gestalt-theorie del psicoanálisis freudiano, la investigación motivacional y del estructuralismo y la semiología.
Las teorías mecanicistas de Watson y Pavlov ya habían sido tenidas en cuenta por Emile de Girardin, quien señalaba que para conseguir su más efectiva comunicación, un mensaje debía repetirse por lo menos entre cinco y seis veces. Pero en los Estados Unidos donde las teorías mecanicistas, siendo mejor aprovechadas, modifican en consecuencia el contenido de los anuncios; George Rowell, quien por supuesto apreciaba el valor de la repetición, recomendaba además una redacción clara y simple a la vez que grafismos sencillos para potenciar así el efecto de recordación; “eslóganes”, “siglas”, “isotipos y logotipos”(2) son los elementos formales que a partir de ahora incorporará toda comunicación con intenciones de facilitar su percepción y comprensión por parte del público. La capacidad de llamar l atención y de ser recordados es el principal valor buscado en los anuncios de ésta época, y la mejor forma de conseguirlo es a través del fuerte impacto visual; síntesis, diseño, color y tamaño son las principales armas de los creativos de fines de siglo pasado.
Sobreviene luego la etapa psicologista. Ya ene l año 1903 el profesor Walter Dill Scout, director del Laboratorio Psicológico de la North Western University de Chicago, enunciaba en su libro, Theory of Advertising una serie de principios entre los cuales se destaca su teoría de que el hombre actúa movido fundamentalmente por asociación de ideas, vinculadas casi siempre con las necesidades básicas del individuo (y entre ellas Scout incluía la codicia, el instinto maternal, el deseo de salud, el ser querido por los demás, la emulación, etc.) Sin embargo esta teoría no demostraba ser muy efectiva, especialmente por que una vez retirado el estímulo que representa el anuncio, la reacción positiva del público disminuía bruscamente, lo cual significa que no se había producido una movilización profunda en el receptor del mensaje. No se cumplía todavía satisfactoriamente el ciclo de la comunicación publicitaria que el teórico francés Arrens (3) definió en el año 1912 con la famosa sigla “A.I.D.A.”, esto es: llamar la “Atención”, despertar el “Interés”, incentivar el “Deseo”, y finalmente provocar la “Acción”.
En el año 1915 la agencia J. Walter Thompson introduce la aplicación del sex appeal para su cliente, los jabones Woodbury que se convierten así en el primer símbolo sexual publicitado. Y es interesante este dato porque las teorías freudianas referidas a las motivaciones más profundas del ser humano (entre ellas el sexo) no tenían difusión hasta después de la década del 30, por lo que podemos suponer que la decisión de asignar al jabón de tocador de referencia un contenido sexual se debió más a una intuición creativa que a una fundamentación de carácter científico basada en argumentos que, por el momento, no habían trascendido del ámbito específico del psicoanálisis.
La evolución de lo que se dio a llamar “publicidad sugestiva” se apoyará básicamente en la teoría de la forma (Gestaltheorie), la que sostiene que el individuo tomará su decisión (en este caso, de compra) de acuerdo con el valor que para el posea el elemento incentivador (producto) dentro de un conjunto de actitudes, hábitos y motivaciones personales. Precisamente, y basados en el principio de que el hombre actúa conforme a motivaciones y frenos que las más de las veces son inconscientes, tres investigadores norteamericanos (Dichter (77), Martineau (78) y Cheskin (79)  aplican sus conocimientos al proceso de creación del mensaje publicitario.