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Llamamos elegante a lo que es gracioso, sencillo,
bien proporcionado, suave en sus movimientos. Así,
pues, es la elegancia algo que resulta de varios
elementos y que puede encontrarse en todas las
obras bellas. No sólo se atribuye la elegancia a
las obras sencillas, así del arte como de la
naturaleza, sino también a las intelectuales,
especialmente a las demostraciones.
La elegancia de una buena demostración consiste,
primero en que sea sencilla y después, acabada,
ligera, no recargada, es decir, obtenida por
caminos no complicados. Al hallarnos en presencia
de una demostración de estas cualidades, sentimos
cierto placer estético muy semejante al que
experimentamos al contemplar algunas de aquellas
obras naturales artificiales calificadas de
elegantes.
A las personas que deben desenvolverse en
sociedad, les está permitida alguna coquetería,
aunque varonil, que indique el deseo de agradar,
pues indudablemente, es uno mejor acogido en todas
partes cuanto mayor es el cuidado puesto en
hacerse agradable a los ojos de los demás, aparte
de lo mucho que lisonjea el amor propio, tener un
amigo, un compañero, que se distingue por su
pulcritud y elegancia.
No es de buen gusto el abandono en el vestir y el
aseo, pues con ello se demostraría desdén hacia la opinión ajena.
La persona poco cuidadosa es ridícula a los ojos
de sus propios amigos y la apatía y abandono de sí
mismo le enajena a menudo las simpatías de todos.
Sólo podemos exceptuar de esta regla a los
excéntricos y a los sabios.
Como ya hemos dicho que la elegancia es sencillez,
no es necesario gastar enormemente en trajes, pero
sí poner mucha atención en la elección de los
vestidos y en los adornos complementarios. Que
haya armonía de colorido y que el atavío se adapte
según las circunstancias, porque no es lo mismo
vestirse para salir de paseo por la mañana, que ir
a un té por la tarde o asistir a una fiesta
campestre que a una recepción.
Teniendo esto en cuenta, todos pueden adquirir el
aspecto verdaderamente elegante, pero sin olvidar
que donde debe ponerse mayor esmero es en el aseo
de la propia persona y esto, todo el mundo puede y
debe hacerlo. Uñas sucias y mal cortadas, unos
dientes descuidados, el cabello en desorden, etc.,
molestan a la vista y destruyen el buen efecto que
un correcto traje puede producir, y esto puede
evitarse a costa de poco trabajo y sin grandes
dispendios.
Tampoco el verdadero elegante hace abuso de las
sortijas y joyas. Con lo indispensable basta.
Finalmente: puede cuidarse del traje y de las
buenas maneras, sin que en ello se demuestre
pedantería, presunción o afeminamiento.
Lo justifican la dignidad personal y el deseo de
agradar a los demás.
Toda persona de espíritu cultivado, sin apenas
darse cuenta, llega a ser un modelo de elegancia y
de buen tono, porque se inicia instintivamente en
todos los usos sin darles excesiva importancia,
pero sí admitiendo el lado sello de todas las
cosas.
El verdadero elegante no se limita a las
manifestaciones exteriores de cortesía, sino que
cultiva en sí las buenas maneras.
La cortesía nace del amor a nuestros semejantes,
del temor de herirles, de ofenderles, de
lastimarles en su amor propio. Con sus raros
méritos tiene la cortesía agradables galardones
para aquél que la practica, pues hace aparecer
gracioso, simpático y atrayente al menos
favorecido por la naturaleza en perfecciones
físicas.
No hay duda que si después de saludar con elegante
desenvoltura, de haber cumplido con los requisitos
que la cortesía exige, se deja escapar alguna
frase grosera o inconveniente, no podrá impedir la
más bella apariencia exterior que se mire con
prevención a quien en esta falta incurre.
El hombre que quiere presumir de buenos modales ha
de ser modesto, indulgente, cortés, generoso, no
ofender nunca con sus palabras o con sus gestos,
ni ser receloso con las faltas de los demás.
Refina sus gustos y sus costumbres, corrige sus
defectos. No se deja guiar por la primera
impresión o por el capricho. Temeroso de herir
susceptibilidades nada olvida y omite de cuanto en
la buena sociedad exige la cortesía y la
educación. referente a esta escribe Gabriel
Compayré: "La educación es el conjunto de
esfuerzos reflejos con los que se ayuda a la
naturaleza en el desenvolvimiento de las
facultades físicas, intelectuales y morales del
hombre, con la mirada de su perfección, su
felicidad y su destino social."
Según Stuart Mill: "La educación incluye cuanto
hacemos nosotros mismos por nosotros y hacen por
nosotros los demás, con el fin expreso de
acercarnos a la perfección de nuestra naturaleza".
Resulta muy agradable que el hombre se muestre
siempre respetuoso con las señoras, ya sea en
discusión con ellas, ya en la conversación. Usará
las palabras más corteses y su corrección ha de
ser inalterable. Se dejará atacar o controvertir
sin impacientarse y jamás contestará con una
grosería o un argumento inconsiderado o
inconveniente, que pueda escaparse a su
interlocutora. En el trato con la mujer, en las
distinciones que le prodigue, es donde adquirirá
el hombre el verdadero tinte aristocrático que
tanto realce le dará.
A veces sucede que algunas señoras muy vivas de
genio o no bien educadas traten duramente al
caballero que ha cometido alguna torpeza con
respecto a ellas. La conducta de la señora, por
vituperable que sea, no autoriza a que se la
insulte o conteste con aspereza.
Lo que sí podrá hacerse es hacerle notar su
sinrazón con alguna frase ingeniosa pero siempre
conveniente y sin separarse de la respetuosa
indulgencia.
En un baile de sociedad, si en el lugar donde se
sirven los refrescos se exige el pago, puede el
caballero ofrecer a su pareja lo que desee. Si su
ofrecimiento no es aceptado, no volverá a
insistir.
En la mesa, el caballero debe cuidar de la señora
que esté a su izquierda, no carezca de nada
durante la comida.
Cuando a una señora se le cae de la mano un objeto
cualquiera, todo hombre bien educado se apresurará
a recogerlo y entregárselo.
Autor: Mary Duaygües. Educación y Etiqueta moderna. Ed.
El Molino.
Buenos Aires. 1949
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