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A pesar de toda la
coherencia e igualdad que revela la sociedad japonesa
cuando la contemplamos desde el exterior, los japoneses
de hecho están divididos en grupos grandes y pequeños,
tanto económicamente como social y políticamente, y esos
diversos grupos giran alrededor de las compañías
individuales, los ministerios del gobierno, los
hospitales, las escuelas y las diversas organizaciones.
Estos miles de grupos separados tienen una importancia
vital, porque al abrirles o cerrarles las puertas a los
individuos, conservan en su poder las llaves del éxito
para la abrumadora mayoría.
El éxito para todo sen Japón, exceptuando a algún raro
individuo, radica en ingresar al grupo “adecuado”. En
general, el individuo para ingresar a uno de esos grupos
selectos de estructura vertical sólo desde abajo, cuando
es joven y acaba de salir de la escuela. Las excepciones
más sobresalientes han sido tradicionalmente las
burócratas que se jubilan después de ocupar un alto
cargo en el gobierno, debido al valor de la influencia
que conservan con sus antiguos colegas junior en sus
antiguas oficinas. Esta práctica se conoce comúnmente
como amakudari o “descender del cielo”.
Una implicación de la palabra amakudari es el que
al renunciar al poder, el prestigio, la seguridad y la
armonía de un puesto de viceministro, a cambio de la
penosa incertidumbre del mundo comercial, implica un
considerable descenso. Otra implicación, por supuesto,
es que esos, “seres celestiales” pueden lograr cosas
extraordinarias cuando es necesario hacer un trato con
sus antiguos ministerios.
Otra nueva excepción a la costumbre establecida hace
largo tiempo de permitir el ingreso de nuevos empleados
o miembros del grupo sólo desde el nivel inferior se
conoce como chuto saiyo, que significa “un
nombramiento a mitad de carrera”.
Empezando más ó menos en el año 1970, a muchas compañías
les resultó conveniente salirse de su “sistema cerrado”
para contratar ocasionalmente a un personal
experimentado de edad madura, con la necesaria
experiencia técnica: de allí la contratación “a mitad de
carrera”.
No es de sorprender que, por lo general, a los empleados
de la categoría de chuyo saiyo no se les trate
como “empleados” regulares. Su salario puede estar uno o
dos grados más abajo del que perciben los empleados
regulares dentro de su propio grupo de edad (porque
pagarles lo mismo sería “injusto” para los empelados que
han estado con la compañía durante toda su vida de
trabajo”) y que a menudo los demás empelados los
discriminan en varias formas sutiles.
A pesar de las excepciones de los amakudari y
chuto saiyo en lo concerniente a las principales
empresas (pero no a los trabajos en el gobierno) la
mayoría de las compañías más deseables todavía está
básicamente cerrada al ingreso de intrusos, con
excepción de los jóvenes recién salidos de la escuela
que ingresan en la parte inferior de la pirámide. Una
vez que un individuo se ha convertido en miembro de una
gran compañía o de una organización de élite y ha
pasado varios años allí, le resulta difícil o imposible
convertirse en un miembro plenamente aceptado de otra
organización.
Hay varias razones para esto. En un sistema en el cual
las promociones, el ingreso, el prestigio, etc. se basan
primordialmente en la antigüedad, un nuevo miembro que
ingresa en cualquier parte, excepto desde abajo del
nuevo miembro, puesto que sólo hay un número específico
de oportunidades en los niveles administrativos y
ejecutivos más altos.
Cuando un japonés renuncia a su puesto en una compañía
grande y se cambia a otra –algo que es muy raro- no
puede llevarse consigo sus conexiones personales y sus
buenas relaciones. Generalmente hablando, jamás podrá
desarrollar las mismas relaciones con sus nuevos
compañeros de trabajo. Los gerentes japoneses que han
cambiado de jefe y que han pasado más de 10 años con sus
nuevas compañías, con frecuencia comentan que todavía
los consideran como “intrusos”.
Por consiguiente, renunciar a una compañía grande y
trabajar para otra, o ser transferido por una compañía
matriz a una subsidiaria distante o a una nueva compañía
que es una empresa colectiva, es una proposición muy
seria para un gerente japonés, porque significa que lo
han lanzado a la deriva, separándolo de los vínculos que
significan lo máximo para él.
Puesto que los sistemas, tanto de grupo como de
progreso, por antigüedad que existen en Japón formulan
todo sobre una base personal, las relaciones humanas
estrechas son el “cemento” de la sociedad japonesa, no
sólo en los negocios, sino también en la vida privada.
Una compañía no hará negocios con otra antes de que los
gerentes que se involucrarán en el inicio y la
continuación del negocio hayan desarrollado relaciones
personales necesarias antes de establecer lazos de
negocios con una nueva compañía es algo prescrito,
meticuloso y que lleva mucho tiempo.
Autor: Boye de Mente. La etiqueta y la ética
japonesas en los negocios. Capítulo 2 . Ed. Mc
Graw Hill, México, 1992.
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