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El
proceso de
globalización ha dado lugar a una creciente
interrelación económica entre los países, que cada
día se encuentran más cercanos gracias al flujo de
bienes y servicios, capitales e inmigrantes. Las
exportaciones globales, como porcentaje del PIB
mundial, se han duplicado en los últimos 40 años,
y casi la mitad de este crecimiento se ha
registrado en la última década. América Latina se
ha sumado a esta tendencia y su comercio ha
crecido de forma relevante, gracias sobre todo a
las reformas de las dos últimas décadas.
A pesar de estos esfuerzos, la participación de
América Latina en el comercio mundial ha
disminuido. Aunque hay países que han logrado
aumentar su presencia en el comercio internacional
de una manera eficaz —Chile, México y la República
Dominicana—, la región en su conjunto muestra una
distancia importante respecto al resto del mundo.
De hecho, mientras ha crecido el papel del sureste
asiático en el comercio mundial, el de
Latinoamérica ha ido mermando hasta casi la mitad
de lo que representaba hace 40 años.
A la hora de examinar la evolución del comercio en
Asia y en América Latina se ponen de relieve
varias diferencias clave. En primer lugar, el
crecimiento de las exportaciones de Asia se ha
debido fundamentalmente al elevado dinamismo de
los productos manufacturados; en cambio, las
materias primas siguen nutriendo la mayor parte de
las exportaciones de América Latina. Estos
patrones reflejan las ventajas comparativas de
cada región y muestran cómo ha mejorado la
productividad de las economías asiáticas, lo que
les ha permitido participar eficazmente en las
cadenas de valor internacionales y dar un fuerte
impulso al comercio intra-industrial.
En segundo lugar, las barreras comerciales de Asia
han disminuido progresivamente, mientras las de
América Latina han permanecido relativamente altas
a pesar del proceso global de liberalización del
comercio. En realidad, los flujos comerciales
entre la región y el resto del mundo —con socios
tanto de países industrializados como de países en
vías de desarrollo— se topan con escollos como los
picos de tarifas, la escalada de tarifas y medidas
de protección de contingencia, como el
antidumping y las salvaguardas, que tienen el
efecto de limitar el acceso a los mercados. Esto
pone de relieve cómo la reducción y la eventual
eliminación de las barreras comerciales
constituyen un elemento clave en la estrategia
para el avance del acceso a los mercados externos.
Precisamente, a lo largo de las dos últimas
décadas la mayoría de las economías de América
Latina ha impulsado la liberalización del
comercio. El impulso ha venido por la negociación
de acuerdos comerciales bilaterales con países
industrializados y en vías de desarrollo fuera de
la región; el fortalecimiento y la creación de
nuevos bloques sub-regionales, como Mercosur; el
lanzamiento de iniciativas hemisféricas, como el
Área de Libre Comercio de las Américas (FTAA), y
las negociaciones multilaterales encabezadas por
la Organización Mundial del Comercio (OMC). De
esta gran multiplicidad de acuerdos comerciales
surgen retos importantes para los países de
América Latina, ya que exige la movilización de
muchos recursos, tanto humanos como
institucionales, para garantizar un acercamiento
complementario entre estos diferentes esquemas
comerciales.
La elección de una ruta comercial (o grupo de
rutas) exige entender bien los costes y los
beneficios de cada una de las alternativas con que
los países cuentan. Esto hace necesario determinar
y evaluar el impacto agregado, sectorial y social
de todas las esferas de negociación. Resulta muy
importante la evaluación del impacto social ya que
refleja el interés creciente entre los políticos
por determinar la viabilidad de estos acuerdos,
que depende mayoritariamente del impacto de la
liberalización del comercio sobre variables clave
como, por ejemplo, la creación de empleo, la
distribución de la renta y la reducción de la
pobreza.
Aunque existe consenso en torno al hecho de que la
liberalización comercial no-discriminatoria dentro
el marco de la OMC generaría mayores beneficios
que los que se logran mediante acuerdos
comerciales preferenciales, su lento avance y la
complejidad de sus negociaciones han dado paso a
la búsqueda de acuerdos alternativos, sobre todo
bilaterales. En este contexto, se espera que estos
acuerdos puedan romper la inercia que caracteriza
a los proyectos de integración regional y
multilateral. Además, unos compromisos bilaterales
agresivos podrían ayudar a los bloques sub-regionales
a hacer avanzar su proceso interno de integración
y armonización política. El recién aprobado
Tratado de Libre Comercio de Centroamérica y
Estados Unidos (CAFTA) es un ejemplo de estos
beneficios potenciales. Sin embargo, el
fortalecimiento de los acuerdos regionales puede
situar a las economías más débiles en una posición
más ventajosa a la hora de cumplir unas
obligaciones multilaterales más exigentes.
Pero también es importante que los países de
América Latina aspiren a la liberalización
comercial en el contexto multilateral. Unos
avances claros y definitivos en la liberalización
agraria, por ejemplo, sólo podrán lograrse dentro
de la OMC, ya que abarcaría a todos los países
integrantes. Aunque la agricultura es un sector
clave en la región, debido a su contribución al
PIB y sus efectos potenciales sobre otras
actividades productivas, es uno de los sectores
más protegidos en todo el mundo. Resulta crítica,
por tanto, una mayor liberalización, y es probable
que el eventual éxito o no en este terreno
determine el desenlace de la actual ronda de
negociaciones de Doha. Como ya se ha argumentado,
progresar en la esfera multilateral no tiene por
qué impedir avances parciales en el marco de otras
esferas de negociación, sobre todo en lo referente
al progreso en el acceso a los mercados.
En definitiva, la región necesita elaborar una
estrategia coherente de negociación teniendo en
cuenta las múltiples opciones de comercio que
tiene a su disposición. Incrementar la
participación de América Latina en el comercio
internacional requiere una estrategia basada en
los factores específicos de cada país, las
ventajas comparativas relativas de cada uno y los
respectivos intereses nacionales. Esto constituye
un elemento clave de la agenda de desarrollo que
busca un crecimiento económico más sólido y a la
vez sostenible. Una mayor liberalización del
comercio debe ir acompañada por políticas
complementarias en otras áreas como la mejora de
aduanas aéreas y marítimas y de normas técnicas,
además de una mayor coordinación y armonización de
políticas. Todo lo que suponga avanzar en el
terreno del comercio ayudará a aumentar el acceso
efectivo a los mercados mundiales. Ello precisará
de mayores inversiones en infraestructuras. Si
todo esto se lleva a cabo, se logrará aumentar el
potencial de exportación y mejorar la
competitividad.
En conclusión, América Latina necesita una agenda
de desarrollo más amplia y completa para poder
mantener unas tasas de crecimiento elevadas. Esa
agenda debe basarse en una mayor participación en
los mercados tanto tradicionales como emergentes.
Además, hay que modificar los patrones de
producción para aumentar la productividad
económica total mediante la asignación más eficaz
de los recursos, que a su vez asegurarán un mayor
valor añadido y una mayor diversificación
exportadora. Por último, una estrategia de
crecimiento ha de basarse en una inclusión social
cuya prioridad sea aportar a los pobres las
herramientas precisas para garantizar el
desarrollo autosostenible, teniendo en cuenta los
efectos que podría producir a corto y medio plazo
una participación más profunda en los mercados
mundiales.
Autor: García, Enrique,
“Hacia una estrategia coherente para aumentar la
participación de América Latina en los mercados
globales”, publicado en Foreign Policy Edición
Española, N° 15, junio-julio 2006, pp. 26-27 |