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La época colonial
Durante más de 150 años, los
futuros Estados Unidos fueron
colonias de población, más
unidas a Inglaterra que entre
ellas mismas. Así, la
prehistoria de la prensa
norteamericana se desarrolló en
la Gran Bretaña entre 1622,
fecha de aparición del primer
periódico inglés, y 1704 cuando
apareció el primer periódico
norteamericano duradero.
En las sociedades rurales sólo
se imprime la información sobre
el mundo exterior: para los
pioneros, ésta se encontraba a
semanas de barco de vela. Los
primeros editores fueron
encargados de correos que al
mismo tiempo, como impresores,
publicaban sin mucho orden
recortes de periódicos
londinenses atrasados. Pero
incluso estos mediocres
esfuerzos irritaban a los
poderes establecidos: desde su
número inicial, el primer
periódico publicado en 1690, en
Boston, fue prohibido por las
autoridades locales. En esa
misma ciudad, comercial y
cultivada, apareció en 1704, con
la bendición oficial, el News
Letter de J. Campbell;
después, en 1721, un verdadero
periódico, bien escrito e
independiente, el New
England Courant, de James
Franklin. Su hermano, el genial
Benjamín, se fue a Filadelfia,
para fundar el Pennsylvania
Gazette (1729). Muy pronto
la prensa apareció en Virginia y
en Maryland.
Los impresores fueron relevados
por una joven élite que, en la
línea de la tradición inglesa,
convirtió la prensa en un arma.
Así, en Nueva York, los
radicales utilizaron el
Weekly Journal de J. P.
Zenger contra un gobernador
despótico.
Zenger fue encarcelado pero un
jurado le absolvió (1735): el
principio de la libertad de la
prensa quedaba establecido. La
actividad de las colonias se
desarrolló y con ella los
centros urbanos y también el
servicio de correos. Los bi y
trisemanales se multiplicaron.
Se leían incluso fuera de las
grandes ciudades, muy
especialmente en los
establecimientos de bebidas.
La independencia
Una ley británica, la Stamp Act,
que gravaba todos los documentos
legales e impresos, desencadenó
en 1765 la batalla contra el
autoritarismo y el mercantilismo
de la Gran Bretaña, lanzando a
la prensa a esa lucha.
Los periódicos «patriotas»
difundieron las ideas
revolucionarias. En cuanto a
los partidarios de Inglaterra
pronto fueron silenciados por el
populacho.
En 1776, las colonias declararon
su independencia y, por primera
vez en el mundo, un Estado
—Virginia— proclamó en su
Constitución el derecho a la
libertad de la prensa. Sólo
existían 39 periódicos. Después
de la victoria, la joven nación
se organizó. La idea de una
confederación había sido
considerada ineficaz, por lo que
la Constitución de 1787 instauró
un poder central fuerte; pero su
ratificación sólo se obtuvo por
sus partidarios prometiendo diez
Enmiendas (la Declaración de
Derechos, 1791). La primera es
de una impresionante concisión:
«El Congreso no promulgará
ninguna ley que restrinja la
libertad de palabra o la
libertad de prensa...». Este
artículo constituyó la base
jurídica que hizo posible la
expansión de los medios
informativos en Estados Unidos.
Comunicaciones mediocres,
prensas de imprimir manuales,
papel caro, público reducido:
los periódicos no podían
desarrollarse. Los almanaques
anuales y los panfletos tenían
mayor difusión que los efímeros
periódicos, que raramente
tiraban más de 500 ejemplares.
Sin embargo, una minoría
adinerada tenía necesidad de
informaciones comerciales y
marítimas: el primer diario que
logró pervivir fue un periódico
de anuncios, el Pennsylvania
Packet and General Advertiser
(1784).
La prensa políticamente
comprometida
Desde el final de la guerra, la
prensa patriota se había
escindido. De cada cinco
diarios, cuatro eran
«federalistas» y al servicio de
las gentes ricas: preconizaban
el orden y el respeto de los
contratos. Al contrario, «los
demócratas-republicanos»
defendían a los granjeros
independientes y reclamaban el
respeto de los derechos
individuales. Sus periódicos
respectivos se insultaban entre
sí; aquella libertad de prensa
entonces única en el mundo
incurría en graves excesos.
Jefferson consideraba que en los
diarios aparecían, sobre todo,
mentiras. Sin embargo, jamás
retiró lo que había escrito en
1787: «Si tuviera que decidir si
debemos tener un gobierno sin
periódicos, o periódicos sin
gobierno, no vacilaría un
momento en elegir la segunda
proposición».
Los federalistas intentaron
amordazar a la oposición por las
Alien and Sedition Acts
(1798), pero la opinión pública
los alejó del poder. Después,
tras la guerra de 1812-1815, las
pasiones políticas se
apaciguaron.
En 1820 había 512 periódicos (de
los que 24 eran diarios); en
1826 había 900. Los Estados
Unidos contaban entonces con
más lectores de periódicos que
ninguna otra nación, pero esos
lectores pertenecían a la clase
política y rica. Las tiradas más
elevadas no excedían de 2.000
ejemplares. Las revistas
dominaban la prensa.
La «penny press»
En el siglo XIX, cada treinta
años aproximadamente, los
inmigrantes duplicaron la
población del país y su
coeficiente de urbanización.
Hacia 1830, el 10 % de los 13
millones de norteamericanos
habitaban en ciudades. Los menos
ricos de éstos y los granjeros
del Oeste llevaron a la
presidencia a A. Jackson (1828),
símbolo de una era de reformas
3:
el sufragio universal y la
educación se generalizaron. La
prensa reflejó e impulsó el
desarrollo del igualitarismo.
En los treinta años que
precedieron a la Guerra de
Secesión aparecieron las
prensas rápidas, los clichés y
el papel barato, así como la
navegación de vapor, el
ferrocarril y el telégrafo. La
prensa adquirió entonces rasgos
modernos. Concentró sus
esfuerzos en la pura información
(de ahí vino la invención del
repórter) con el fin de atraer a
las multitudes, y por tanto a
los anunciantes. La venta del
ejemplar, muy barato, no cubría
más que el costo del papel: la
publicidad se convertía en
esencial. Así la prensa se
liberó de los partidos y atrajo
grandes inversiones. Como los
periódicos se vendían en la
calle y no por suscripción, a un
público poco educado, su
presentación se hizo más
atractiva y más sencilla.
B. Day fue el primero en
conseguir un diario vendido a un
centavo (penny) en lugar de a
seis: el New York Sun (1833).
Especializándose en los sucesos
locales (menos caros de obtener
que la información general),
sobrepasó muy pronto la tirada
global de los diarios
neoyorkinos de 1833 e influyó
sobre toda la prensa. Sin
embargo, la penny press no tardó
en ser respetable.
En 1835, James Gordon Bennet
lanzó el New York Herald cuya
tirada alcanzó los 40.000
ejemplares a los 15 meses, y
100.000 a los 15 años. ¿Su
secreto? Añadir a lo sensacional
una información abundante y
variada, ser el primero en
darla, y acompañarla de
enérgicos editoriales. Sólo en
Nueva York tuvo más de treinta
imitadores.
Horace Greeley, en 1841, creó el
muy serio y muy popular Tribune,
que no cesó de defender causas
nobles y adquirió una influencia
única en la Historia de los
Estados Unidos.
En 1851, H. Raymond fundó el
Times, y le dio su gran
reputación de periódico
objetivo.
Los 235 periódicos de 1800 se
habían convertido en 2.300.
Nueva Inglaterra tenía por
supuesto, diarios de calidad,
pero también la región del
Midwest, con el Chicago Tribune.
Y los impresores seguían de
cerca a los colonos. «En los
Estados Unidos, apenas existe
una aldea que no tenga su
periódico», escribía Tocqueville
en 1835; y añadía: «la prensa
ejerce un poder inmenso en
Norteamérica. Hace circular la
vida política en todas las
partes de ese vasto territorio.
Ella es con sus ojos siempre
abiertos la que fuerza a los
hombres públicos a comparecer,
por turno, ante el tribunal de
la opinión».
La esclavitud y la guerra de
Secesión
Cuando en 1831 W. L. Garrison
fundó el Liberator, el más
fanático de los periódicos
antiesclavistas, éstos eran
escasos. El Sur, rural y feudal,
no tenía más que una prensa
débil, pero su causa era
vigorosamente defendida en el
Norte. En 1837, el periodista
E. Lovejoy fue asesinado por una
multitud esclavista en Alton
(Illinois). Sin embargo, la
prensa no fue ajena a la lenta
evolución de la opinión en favor
del abolicionismo.
Durante la guerra, la prensa
mostró a la Vez su eficacia y su
irresponsabilidad. En el Norte,
el sensacionalismo y la traición
obligaron a las Secretarías de
Estado y de la Defensa a
censurar el telégrafo y a tomar
medidas contra los periódicos,
pero no hubo censura preventiva.
Se estableció un modus vivendi
que se volvería a utilizar en
las guerras siguientes.
Además de aumentar las tiradas
en un 30 %, el conflicto tuvo
una profunda influencia. El
coste del telégrafo obligó a la
concisión y a la cooperación
entre los medios informativos.
El desarrollo de las agencias
extendió un periodismo de
reportaje de hechos,
informativo, «objetivo», seco4.
Las ilustraciones se
multiplicaron, pero la
información seria pasó al primer
plano.
La «yellow press»
Después de 1865, los Estados
Unidos tuvieron una mutación
industrial. Oleadas de
inmigrantes miserables afluyeron
a las ciudades. Pronto se
escucharon voces contra la
especulación desenfrenada,
especialmente entre la población
del Oeste. Existía una
revolución tecnológica: cable
trasatlántico, vía férrea
transcontinental, rotativas
perfeccionadas, teléfono,
linotipia, etc. Se habían
reunido por tanto tres
condiciones esenciales para que
la prensa diera un nuevo paso
adelante. Dos hombres, uno de la
zona del Midwest, el otro de
California, iniciaron una
segunda ola de popularización.
El inmigrante J. Piditzer
impulsó primero el St Louis
Post-Dispatch (1878), después el
New York World (1883),
utilizando sucesos, grandes
titulares e ilustraciones, pero
dando también una relación
exacta y completa de la
actualidad y haciendo campaña
contra la injusticia y la
corrupción. El World batió
todos los records: vendía un
millón de ejemplares en 1897. Y
el Sunday World impuso a la
prensa la edición dominical,
dedicada al entretenimiento.
El millonario W. R. Hearst había
dado nueva vida al San Francisco
Examiner (1887) vulgarizando
algunos métodos de Pulitzer. En
1896 compró el New York Journal
y se lanzó a una fortísima
competencia contra el World. A
fuerza de dólares conquistó un
amplio público inculto, al que
atraía con historias violentas,
fuertes o sentimentales,
escándalos inventados y cruzadas
estériles. Explotó ruidosamente
el nacionalismo y el
imperialismo naciente en el
público hasta el punto de que se
le atribuye en parte la guerra
hispano-norteamericana. En 1900,
la Yellow press
5
abarcaba
una tercera parte de los grandes
periódicos norteamericanos,
lo que provocó un rechazo de las
capas más cultivadas, y graves
amenazas de regulación
gubernamental.
Otro gran patrón de prensa fue
E. W. Scripps. Su cadena de
periódicos iniciada en los años
80 se convirtió en la mayor del
país. Sus diarios vespertinos
atraían a las masas de las
ciudades industriales de tamaño
medio por sus informaciones
breves y por el decidido apoyo a
sus intereses. Primer magnate
«moderno», Scripps dejaba a sus
directores libres de actuar, con
tal de que obtuvieran
beneficios. A su muerte poseía
50 millones de dólares, tres
cadenas de periódicos y cuatro
agencias, una de ellas la United
Press.
Se había entrado en la era de
los mass-media. Dadas las
inversiones que requería, la
prensa formaba parte del big
business. Los diarios, grandes
empresas industriales,
perseguían ante todo el
beneficio. Norteamérica
inauguraba la producción en
masa: los mayores ingresos de la
prensa ve nían ahora de la
publicidad6.
Para obtenerla era necesario
aumentar las tiradas, lo que
producía una competencia
encarnizada. Sin embargo,
pronto se vio que era más
razonable concentrar los
títulos. Entre 1865 y 1900, el
número de diarios se había
sextuplicado. Existían entonces
2.326: jamás habría tantos,
aunque la población iba a
triplicarse.
Naturalmente, la mayoría de los
diarios bendecían el orden
establecido sin contemplar los
problemas de la sociedad. En
muchas ciudades, los anunciantes
controlaban la prensa y el
«aparato» político, a la vez.
La prensa de calidad
En 1871, el New York Times
denunció el Tweed Ring, aunque
esa organización ilegal le había
ofrecido 5 millones de dólares
por su silencio. A pesar de
todo, en 1896, el Times mal
administrado no tiraba más de
9.000 ejemplares. A. S. Ochs lo
compró y le dio nueva vida al
bajar su precio de venta sin
hacer ninguna concesión. Su
divisa: dar «todas las noticias
que merezcan ser impresas».
Algunos diarios de provincias,
sin dejar de atender su zona
propia, adquirieron entonces una
audiencia nacional: dos
liberales del Sur, el Atlanta
Constitution y el Louisville
Courier-Journal; dos activistas
del Midwest, el Kansas City Star
y el Chicago Daily News; y un
poco más tarde el minúsculo
Emporia Gazette, del que W. A.
White hizo el portavoz de las
aldeas del Oeste.
Las revistas
Ante la competencia de los
dominicales, los periódicos se
popularizaron a su vez y
constituyeron una gran
industria7.
Las primeras revistas modernas
fueron lanzadas por fabricantes
de ropa y de empresas de venta
por correspondencia. Sin
embargo, los constructores de
imperios fueron F. Munsey, del
que el Munsey's Magazine (1893)
y Argos y constituyeron los
primeros pulps, mediocres tanto
por el papel en que se imprimían
como por su sentimentalismo
barato, y sobre todo C. H. K.
Curtís que hizo del Saturday
Evening Post una institución
nacional. Beneficiándose de las
bajas tarifas postales en vigor
desde 1885, las revistas
redujeron sus precios y algunas
alcanzaron tiradas enormes: el
Ladies Home Journal, de Curtís,
tiraba un millón de ejemplares
en 1903, y dos millones en 1919.
Constituían entonces los únicos
medios de gran difusión,
absorbiendo la publicidad
nacional: Curtís obtenía el 43 %
de ella en 1918.
E. L. Godkin, director de The
Nation (1865), fue de los que
prefirieron ser influyentes en
lugar de riquísimos. Algunos,
como H. Hapgood de Collier's,
declararon la guerra a la
complicidad entre capitalistas y
políticos. Aparecieron los
famosos muckrakers de los
años 1903-1910, los «buscadores
de basura», tales como L.
Steffens y I. Tarbell de
McClure's. Al presentar sus
encuestas con un estilo de
calidad, hiceron que la prensa
cotribuyera eficazmente al
amplio movimiento progresista
de comienzos del siglo. Para
buscar un contrapeso los
propietarios de negocios
inventaron los public
relations, sus encargados de
relaciones públicas; en los
años 20 y 30 proporcionaban a
los periódicos del 50 al 60 % de
sus artículos.
La guerra y los años 20
Una ley, Espionage Act
(1917), reforzada por la
Sedition Act (1918), dio al
ministro de Correos la
posibilidad de no distribuir
cualquier publicación. Los
periódicos socialistas y de
lengua alemana tuvieron grandes
dificultades, pero la gran
prensa se puso al servicio de
las autoridades para movilizar
todos los recursos nacionales a
través de la propaganda. De
acuerdo con esa dirección, la
prensa hizo pocos esfuerzos por
defender los derechos cívicos al
llegar la reacción antirroja de
la postguerra.
Abandonando su puritanismo, los
Estados Unidos aceptaron el
consumo de masa. Los «años
locos» vieron nacer nuevas
formas de prensa. Primero los
tabloids; diarios
ilustrados de pequeño formato
que iniciaron una tercera oleada
de sensacionalismo. Esta oleada
descubrió un millón y medio de
nuevos lectores sólo en la
ciudad de Nueva York: tres
tabloides se enfrentaron allí
utilizando fotos trucadas y
sucesos sórdidos. Únicamente
sobrevivió el Daily News.
Toda la prensa fue contaminada
por aquel jazz journalism
excitado, divertido, superficial
e irresponsable.
Existía una gran abundancia de
información al mismo tiempo que
se ofrecía a los norteamericanos
nuevas formas de diversión: el
cine, la radio y el automóvil.
Dos presbiterianos eligieron
como meta resolver el dilema. De
Witt Wallace utilizó una fórmula
muy antigua; su Reader's
Digest (1922) ofrecía una
antología de artículos resumidos
de revistas, elegidos por su
utilidad práctica y su apoyo al
«sueño norteamericano». El
Time de H. Luce resumía,
explicaba, «personalizaba» toda
la actualidad en un estilo
compacto y pintoresco. Sobre ese
mensual y ese semanario se
fundaron imperios, y los dos
fueron imitados en el mundo
entero.
El «New Deal» y la guerra
La crisis económica (1929-1941)
y después la guerra mundial,
reforzaron el movimiento de
concentración que llevaba al
monopolio local en la mayor
parte de las ciudades. Sin
embargo, la propiedad seguía
siendo familiar: no se formó
ningún grupo gigante del tipo
británico.
La Depresión aumentó la atención
dada por la prensa a los
problemas sociales, económicos y
políticos. F. D. Roosevelt tenía
relaciones frecuentes, eficaces
y de una rara cordialidad con
los periodistas, pero no con los
editores. Sólo el 34 °/o de los
diarios le sostuvieron con sus
editoriales antes de su triunfo
electoral de 1936, y el
prestigio de la prensa sufrió
por ello.
Los propietarios de periódicos
que invocaban la Primera
Enmienda para escapar a las
exigencias de la justicia social
fueron condenados por el
Tribunal Supremo. El sindicato
de los periodistas (American
Newspaper Guild, 1933) lanzó su
primera huelga en 1934 y muy
pronto se hizo respetar.
Paralelamente se mejoraron la
formación y forma de contratar
a los periodistas.
En esta época, Time vio
aparecer dos débiles rivales,
Newsweek y US News,
pero Luce volvió a innovar con
Fortune (1930), revista
financiera independiente lanzada
en plena crisis económica, y
con Life (1936), revista
de la actualidad a base de
fotografías, muy pronto imitada
por Look.
En 1941, Pearl Harbor
produjo la unanimidad nacional.
Un código aparecido en 1942
permitió a la prensa
autocensurarse de nuevo. Las
leyes de 1917 fueron aplicadas,
pero sin rigor. Después de la
guerra vino una nueva y violenta
crisis de anti-izquierdismo. La
prensa participó en esta
tendencia inquisitorial: cuando
no deformaba la información, se
hacía «objetivamente» eco de los
cazadores de brujas.
Después de la llegada de la
televisión
La radio había tenido poca
influencia. El efecto de la
televisión (1948) sobre los
diarios no fue espectacular; en
cambio, golpeó terriblemente a
las revistas de interés general
al captar la publicidad nacional
mientras que aumentaban sus
gastos de publicación. Las
revistas intentaron responder
con campañas de suscripción muy
rebajadas. Sus tiradas se
hincharon: el Saturday
Evening Post alcanzó seis
millones y medio de ejemplares
en 1960, Life, ocho
millones y medio en 1970.
Tratando desesperadamente de
equilibrar sus cuentas, se
lanzaron a una imprudente
búsqueda de «trapos sucios»,
después redujeron su difusión a
un público seleccionado, y
finalmente murieron.
La gran contestación
En los años 1960, los negros
reclamaban la igualdad cívica;
los estudiantes rehusaban morir
en Vietnam. Dentro de ese mismo
impulso, los ecologistas, los
consumidores, las mujeres, los
mutilados, etc., exigieron que
sus derechos fueran respetados.
Se atacaba simultáneamente a las
normas de las clases medias, al
American Way of Life, y
al régimen económico-político,
el System. De nuevo, en
un período de extraordinaria
expansión económica y gracias a
innovaciones técnicas, el
offset en particular,
apareció una prensa
sensacionalista para servir a un
movimiento social, la prensa
underground
.
El primer periódico fue el
Los Angeles Free Press
(1964), el segundo el
Berkeley Barb (1965).
En 1970, la tirada de sus 400 a
500 periódicos estables se
estimaba en cinco millones, con
unos treinta millones de
lectores. Esta prensa osciló
entre dos polos, el psicodélico
o contra-cultural, y el radical
o izquierdista. Después, en
1971-1972, se desplomó. Las
causas fueron varias: por un
lado, retirada americana del
Vietnam, represión y recesión;
por otro los gritos reiterados
de los underground, con
su tendencia hippy ingenua o
apoyada en las drogas.
Finalmente el marxismo por una
parte y la pornografía por otra.
A pesar de todo, contribuyeron a
despertar a la prensa
establecida.
Ver A. M.
Schlesinger, Prelude to
Independence: The
Newspaper War on
Britain, 1764-1776.
Knopf,
Nueva York, 1958.
La misma enmienda
estableció la libertad
de religión.
Ver C.-J.
Ber-trand, Les
Eglises aux Etats-Unis.
«Que Sais-Je?», n.°
1.616.
Tuvo por consejeros
a dos periodistas,
pero la gran mayoría
de la prensa se
opuso a él, como
siempre con los
Presidentes
progresistas.
Ver
M. Schudson,
Discovering the News:
A Social History
of American Newspapers.
Basic Books, Nueva
York, 1978.
Llamada
así por el color
amarillo del héroe de
uno de los primeros
comics, Hogan's Alley,
tomada al World por el
Journal y publicada
durante algún tiempo
por los dos diarios.
Los gastos publicitarios
se quintuplicaron entre
1880 y 1910. En 1914, el
Audit Bureau of
Circulations se encargó
de la verificación de
las tiradas.
100 en 1825, 700 en
1865, 5.500 en 1900.
Ver J. Aronson,
The Press and the
Cold War. Bobs-Merrill,
Indianápolis, 1970.
Ver D. Armstrong,
A Trumpel to Arms:
Alternative Media in
America. Houghton-Mifflin,
Boston, 1981.
Autor: Claude-Jean
Bertrand . En: "Los
medios de comunicación
social en Estados
Unidos". Editorial Eunsa.
Año: 1983, Pamplona
(Esp.)
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