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En ocasiones, en talleres de comunicación
destinados a educadores, comienzo el diálogo
escribiendo en la pizarra los dos términos
nucleares —Educación
y Comunicación—
e invitando a los participantes a que expresen
la relación entre ambos tal como ellos la
perciben y viven-cian. Generalmente afloran dos
líneas de respuestas. Una, la que cabría
denominar «tecnológica» o «modernizante»: la de
aquellos a quienes el entretejer comunicación
con educación les sugiere instantáneamente
aparatos, equipos, medios.
— Estamos en la era de la electrónica. La educación
necesita actualizarse, adoptar las nuevas tecnologías,
valerse de los modernos medios de comunicación: la
radio, la televisión, el video, incluso tal vez los
ordenadores...
— Introducir el video en el aula...
— Plantearnos los recursos de una educación a
distancia...
No discrepo de plano con estos enfoques; tienen no poco
de válido y atendible. Pero, ¿no concuerda el lector en
que, al identificar comunicación sólo con medios e
instrumentos, son empobrecedoramente reductores? Por
otra parte, ¿qué aporte sustancial se está introduciendo
allí en lo propiamente educativo, en lo pedagógico?.
Más bien pareciera tratarse de reproducir el viejo cuño
del maestro omnisapiente instruyendo al alumno
ignorante, sólo que mediatizado y revestido de recursos
modernos y atrayentes.
La verdad es que, como lo ilustran estas respuestas, el
diálogo entre la Educación y la Comunicación está lejos
de haber sido hasta ahora fluido y fructífero. Lo más
frecuente ha sido que la primera entendiera a la segunda
en términos subsidiarios y meramente instrumentales,
concibiéndola tan sólo como vehículo multiplicador y
distribuidor de los contenidos que ella predetermina.
Así, cuando en una planificación educativa se considera
necesario valerse de medios de comunicación o producir
materiales educativos, se recurre al técnico en
comunicación (y hay que admitir que, lamentablemente,
los propios profesionales de la comunicación alimentaron
el equívoco y aceptaron ser vistos como suministradores
de recursos técnicos y envasadores de mensajes). Se fue
petrificando de ese modo el doble y pertinaz
malentendido: la comunicación equiparada al empleo de
medios tecnológicos de transmisión y difusión y, a la
vez, visualizada como mero instrumento subsidiario,
percepción que la mutila y la despoja de lo mucho que
ella tiene para aportar a los procesos de
enseñanza/aprendizaje.
En reacción a este reduccionismo, surge la otra línea de
respuestas, que yo llamaría homonímica:
—Educación y Comunicación una misma cosa.
—Educar es siempre comunicar.
—Toda educación es un proceso de comunicación.
Bienvenidos estos asertos totalizantes, en cuanto
contribuyen a ampliar la mira. Encierran una verdad
raigal, que toda auténtica comunicación educativa ha de
asumir. Pero, a la vez, una trampa. Cuando un concepto
se infla hasta erigirse como un todo («toda educación es
comunicación»... «todo es comunicación»... «todo es
cultura») corre serio peligro de convertirse en nada; en
algo tan abarcador y evanescente que acabe de vaciarse
de contenido; y, en definitiva, otra vez —extremos que
se tocan—, no aportar nada y dejar a los dos vectores
tan disociados como al principio. Porque, si ambos son
uno sólo, si se confunderen uno, ¿cómo discernir la
identidad de una propuesta que, desde lo específico de
la comunicación, quiere contribuir a la búsqueda de un
nuevo modelo educativo?
Sin desconocer, pues, lo que en verdad ella contiene,
esa homologación no aparece operativa; no se ve fácil,
a partir de ella construir el tan necesario puente entre
ambas dimensiones y descubrir qué puede aportarle de
propio y de específico la comunicación a los procesos
educativos; comprender porqué éstos necesitan de aquélla
y qué enriquecimiento podría venirles de ella.
(Y aún menos operativo se torna este estilo de respuesta
cuando se lo personaliza: «Todo educador es un
comunicador». La objeción no va tanto por la
idealización de un deber-ser que presume que todo
docente real, de carne y hueso, posee competencia
comunicativa sino, sobre todo, porque lo entroniza como
el único investido de esa facultad. Si el educador es el
comunicador, ¿los educandos, qué son? ¿Meros
comunicandos, puros receptores? ¿No son ellos también
comunicadores?)
Pero en definitiva, entonces, ¿qué entender por
comunicación educativa? ¿Dónde marcar el punto de
convergencia entre las dos dimensiones; cómo pueden
ambas articularse e interactuar? En esta indagación nos
proponemos internarnos. Pero a partir de una práctica:
centrándonos en una experiencia concreta, singularmente
reveladora.
Como acaso le acontezca al lector, el autor de este
libro había conocido y admirado desde hace muchos años
las ideas pedagógicas de Freinet; pero cuando
recientemente hizo su relectura desde la perspectiva de
la comunicación, puede decirse que volvió a descubrir al
maestro de la Provenza y su figura se le reveló como la
del visionario precursor o fundador de esa nueva
dimensión que hoy estamos llamando Comunicación
Educativa (¿o no seria aún mejor Educación
Comunicativa?). Remontarnos siete décadas en el tiempo
para reconstruir las búsquedas y los hallazgos
premonitorios de aquel educador que quiso ser recordado
sobre todo como el introductor de la imprenta en el
aula, será como ir a la génesis y asistir al nacimiento
de la Comunicación Educativa.
Un educador-comunicador de los años veinte
Año
1924. Sur de Francia. En un pueblito de los Alpes
Marítimos llamado Bar-sur-loup, un joven maestro de
escuela, Célestin Freinet, se 'enfrenta a un problema
que para él presenta tres aristas de las que no se
sabría decir cuál es la más filosa.
Ante todo, está profundamente convencido de que es
preciso cambiar de raíz el sistema educativo al que sus
alumnos—y él mismo— se hallan sometidos. Esa enseñanza
memorística, mecánica, represiva, divorciada de la vida,
que «deja a los niños en una actitud pasiva y amorfa»,
sólo engendra fracasos.
Su situación se hace más ardua porque en esa relegada
escuela de pueblo pobre hay sólo dos aulas y dos únicos
maestros para todos los grados escolares: así, él tiene
que enseñar simultáneamente a los alumnos —más de
cuarenta— de vahos niveles. ¿Cómo multiplicarse y
atender a todos a la vez?
Y aún viene a sumarse una tercera adversidad: su
quebrantada salud. Soldado en la primera guerra mundial,
ha sufrido una herida de pulmón. Sus dificultades
respiratorias y de voz no le permiten dar la lección
como los maestros tradicionales. Al cabo de una media
hora de esforzarse dictando clase, tiene que salir
corriendo del aula porque se ahoga, le falta el aire,
los accesos de tos se hacen indominables. Y, como él
mismo se pregunta angustiado, «¿qué se puede hacer en
una clase cuando no es posible explicar lecciones? No se
puede hacer ejercicios de lectura todo el tiempo o poner
a todos a copiar oraciones o a escribir números en un
cuaderno»: eso sólo sirve para aburrirlos mortalmente y
hacerles odiar la escuela, nunca para educarlos.
Así Freinet sentía «la necesidad imperiosa de hallar
nuevas soluciones, válidas para sus limitaciones
físicas y válidas para los niños»: era preciso
encontrarles algo qué hacer pero que fuera un
que-hacer educativamente productivo; descubrir una
manera inédita de trabajar con ellos para que no
dependieran sólo de sus vedadas lecciones ni necesitaran
tanto de la asistencia permanente de un maestro que se
encontraba tan condicionado para proporcionársela.
Descubre a los ideólogos de la «escuela activa» y su
hallazgo le infunde esperanza. Lee con entusiasmo a los
pedagogos de esta nueva corriente y vibra con sus
planteamientos renovadores: allí debe estar el embrión
de la respuesta que tanto le urge. Se entera de que
habrá un encuentro de ellos en Ginebra y empeña hasta el
último céntimo de su escuálido sueldo para asistir.
Regresa decepcionado: les ha visto desplegar una
batería de recursos muy brillantes —como pudieran ser
hoy el empleo de los equipos de video o de los
ordenadores— pero sofisticados y prohibitivamente
caros. A esos grandes maestros pareciera tenerles sin
cuidado el contexto social y económico que sus métodos
innovadores implican; no parecen percibir siquiera que
esa «escuela activa» que predican es sólo para ricos,
para unos pocos privilegiados, e imposible de transferir
a la enseñanza pública. Tendrá que proseguir su búsqueda
solo, por otros rumbos. Las soluciones que necesita
tienen que ser acordes con la realidad de la que él
llama escuela proletaria (hoy diríamos «educación
popular»).
Sigue buscando incansablemente, da vuelta a sus ideas.
Hasta que, finalmente, al hojear un catálogo de ventas
por correo, la oferta de una novedosa imprenta manual
—sencilla, elemental, relativamente barata, manejable
por los niños— le lleva a vislumbrar y ensayar una
salida: introducir en la clase un medio de comunicación.
Con sus magros ahorros compra la mini-imprenta, la
instala en el medio del aula y la pone
a disposición de los alumnos.
Implanta en el aula el periódico escolar; pero no
entendido —como suele implementárselo en nuestros días—
como mera «actividad complementaria»,
«extracurricular», sino como el eje central, como el
motor del proceso educativo. La clase se transformó de
manera permanente en sala de redacción del periódico a
la vez que en taller de composición e impresión.
El cuaderno escolar individualmente quedó abolido. Todo
cuanto los niños aprendían, todo cuanto investigaban,
reflexionaban, sentían y vivían, lo volcaban en las
páginas de su periódico, enteramente redactado,
ilustrado, diagramado e impreso por ellos (1).
Obviamente, ahora sí, todos los niños estaban activos y
ocupados: uno redactando, otros componiendo o
imprimiendo. Pero fue algo más que una solución al
problema del quehacer. Aquel medio de comunicación
cambió toda la dinámica de la enseñanza-aprendizaje. Los
pequeños periodistas aprendían realmente a redactar
para expresar sus ideas; a estudiar e investigar de
verdad porque ahora tenían una motivación y un estímulo
para hacerlo: ese conocimiento que producían ya no era
para cumplir una obligación —la clásica «tarea» o
«deber» escolar— ni para registrarlo en un cuaderno
individual —donde yacería perdido y muerto y sólo sería
leído por el maestro para corregirlo y calificarlo— sino
para publicarlo, comunicarlo, compartirlo: con los
compañeros, con los padres, con los vecinos del pueblo.
Así incentivados, los chicos se sumergieron en la
realidad: para procurar datos a fin de ampliar sus
artículos periodísticos y asegurar exactitud, salían,
por propia iniciativa, a hacer entrevistas, encuestas,
observaciones, mediciones, cálculos...
Había una exigencia —y no era, por cierto de la
autoridad del maestro ni de la sanción de la nota de
donde ésta emanaba—: las informaciones tenían que ser
correctas y verificadas puesto que iban a circular por
todo el pueblo. Ahí estaba, pues, el colectivo de
redacción, formado por todos los compañeros, para
discutir los artículos y demandarle claridad, precisión
y rigor.
Al mismo tiempo, se interesaron por leer la prensa
grande y analizar las noticias. La colección del
periódico escolar se fue haciendo memoria colectiva del
grupo, registro de su proceso de descubrimiento y de sus
avances en la producción de conocimiento. De adquisición
individual, el saber pasó a transformarse en
construcción colectiva, en producto social, según
lo designó Freinet.
La fermental experiencia pedagógica halla su culminación
cuando otros maestros de Francia, enterados de la
innovación, piden al colega del Sur que les envíe
ejemplares de su periódico y hacen la prueba de darlo a
leer sus alumnos. «Jamás mis chicos habían estado tan
interesados en una lectura... Bebían las palabras,
devoraban el periódico con avidez», escribe un maestro
de Bretaña. Estos docentes, entonces, se resuelven a
seguir la senda abierta por Freinet: le piden
asesoramiento técnico, adquieren ellos también sus
mini-imprentas y los periódicos empiezan a multiplicarse
en distintas escuelas públicas de Francia, todas ellas
pobres y relegadas.
Acontece algo de mayor impacto aún: entran en cadena. Se
establece el intercambio de periódicos escolares, la
red de corresponsales, el diálogo a distancia. En
respuesta a su envío, los chicos provenzales de St. Paul
reciben a la vez las crónicas de los bretones de Trégunc.
Ese día, el entusiasmo es desbordante: «tenemos que
editar un número de nuestro periódico para ellos:
informarles bien, explicarles cómo vivimos, qué comemos,
cómo trabajamos por el campo, qué cosechamos, qué
fabricamos, qué árboles hay, qué tipo de animales, cómo
nos divertimos, qué fiestas y costumbres tenemos». Casi
sin que el maestro Freinet deba intervenir, se
organizan, se reparten tareas y se lanzan a la calle a
ampliar datos, a entrevistar a los granjeros y a los
artesanos; a exhumar documentos en el archivo municipal;
a trazar planos del pueblo y mapas de los campos y los
montes circundantes; a conversar con los abuelos para
rescatar y reconstruir la historia y las tradiciones del
lugar...
A su vez, las redacciones que, en retribución, reciben a
sus corresponsales bretones —hijos de pescadores—
vienen a ensanchar sus propios horizontes: los niños
montañeses se familiarizaran con el mar, con los barcos,
con las redes pesqueras, con los peces y las aves
marinas.
La caja de resonancia
Resulta
iluminador releer las notas de Freinet de aquellos días.
Aflora en ellas la matriz de toda una concepción de
comunicación educativa (o, más aún, de educación
comunicativa).
«La prensa en la escuela —discurre— tiene un fundamento
psicológico y pedagógico: la expresión y la vida de los
alumnos. Se argüirá que lo mismo podría lograrse con la
expresión manuscrita individual. Pero no es así.
Escribir un periódico constituye una operación muy
diferente a ennegrecer un cuaderno escolar. Porque no
existe expresión
sin interlocutores.
Y, como en la escuela tradicional la redacción sólo está
destinada a la censura o corrección por parte del
maestro, por el hecho de ser un 'deber' no puede ser un
medio de expresión (...).
«El niño tiene que escribir para ser leído—por
el maestro, por sus compañeros, por sus padres, por sus
vecinos— y para que el texto pueda ser difundido por
medio de la imprenta y puesto así al alcance de los
comunicantes que lo lean, desde los más cercanos a los
más alejados (...).
«El niño que comprueba la utilidad de su labor, que
puede entregarse a una actividad no sólo escolar sino
también social y humana, siente liberarse en su interior
una imperiosa necesidad de actuar, buscar y crear (...).
A medida que escriben y ven sus escritos publicados y
leídos, se va despertando su curiosidad, su apetencia de
saber más, de investigar más, de conocer más (...).
Buscan ellos mismos, experimentan, discuten,
reflexionan (...). Los alumnos así tonificados y
renovados, tienen un rendimiento muy superior,
cuantitativa y cualitativamente, al exigido por el viejo
sistema represivo (...). El periódico ha cambiado
totalmente el sentido y el alcance de la pedagogía de mi
clase por que da al niño conciencia de su propio
valery lo transforma en actor, lo liga a su medio
social, ensancha su vida» (2).
Pocas veces, en fin, hubo escolares que aprendieran
tanto y a la vez tan fácil mente, con tanto interés y
entusiasmo. Siendo de extracción popular, hijos de
campesinos y obreros, tradicionalmente considerados por
el sistema como escolares de segunda, superaron
con creces esos clásicos handicapsculturales; al
tiempo que desarrollaron su conciencia social (resultado
este último tan peligroso que hizo de Freinet un maestro
constantemente sumariado y perseguido, blanco predilecto
de sanciones y traslados (3).
La clave estaba en ese periódico, en ese medio de
comunicación. Aquellos educandos tenían una caja de
resonancia: «escribían para ser leídos». Y era ese
entramado de interlocutores, próximos o distantes, el
que los incentivaba a crear, a redactar, a investigar, a
estudiar, a ahondar en sus conocimientos, sin sentirlo
como esfuerzo ni obligación sino viviéndolo con alegría,
con placer, con entusiasmo. Aprendían por medio
de la comunicación.
Comunicación y apropiación del conocimiento
Pues bien: procuremos identificar los puntos de
encuentro entre la pedagogía de Freinet y los desafíos
que hoy enfrenta nuestra práctica educativa; develar los
aportes que esta pedagogía comunicacional puede
depararnos en nuestra propia búsqueda.
Gestar un nuevo entorno educativo
Tan pronto se comienza sobre la génesis de esta
experiencia pedagógica, aflora una sugerente analogía
entre el problema al que se enfrentó aquel joven
educador y en el que en estos años finales del siglo
XX
nos está planteando el ámbito educacional: la necesidad
de superar el esquema de clase frontal en la que el
educando se ve reducido a pasivo receptáculo de
conocimientos (modelo bancario, en la feliz metáfora de
Freire). En el caso del maestro de Bar-sur-loup, ella se
veía agudizada por su diezmada salud y por las
dificultades de atender una clase plurigrado; pero
provenía sobre todo de —y ahí viene a entroncar con
nuestras propias demandas— de la imperiosa exigencia de
encontrar alternativas educativamente válidas al papel
del maestro enseñante tradicional.
Lo primero que impresiona en el ejemplo de Freinet y lo
que constituye a la vez uno de sus más vigorosos «
mensajes» para nosotros es la forma en que encara el
conflicto. No, por cierto, tratando de poner parches y
buscar paliativos que hiciera un poco menos intolerable
su situación sino transformándola en catalizadora de
otra educación; no intentando maneras sucedáneas de
llenar el rol tradicional que el sistema le adjudicaba
sino transmutando la dificultad en desafío y
construyendo un nuevo escenario pedagógico que
potenciara las facultades de sus educandos para el auto
aprendizaje. El joven docente no se preguntó cómo
multiplicarse sino como crear en el aula otro polo
educativo, y hay que darle la razón a su compañera
Elise cuando sugiere que aquellas penurias iniciales de
un maestro enfermo vinieron a la postre a resultar
«providenciales» para la ciencia pedagógica por cuanto
lo expolearon a buscar salidas inéditas.
Maximizar los recursos para el auto-aprendizaje
Los
niños de la escuela de Freinet salían a la calle a
observar, a encuestar, a investigar. La freinetiana es
claramente una pedagogía del auto-aprendizaje; pero no a
partir del esquema individualista—tal como el de la
educación a distancia tradicional con estudiantes
confinados cada uno en su casa— sino inscripta en una
concepción sustancialmente colectiva del proceso
educativo. Para aquellos chicos todo su entorno
ambiental y social se convirtió en objeto y fuente de
conocimiento.
Una educación —sea ella presencial o a través de medios—
capaz de responder a los desafíos formativos
contemporáneos habrá de proponerse activar las
potencialidades de auto-aprendizaje y coaprendizaje que
se encuentran latentes en sus destinatarios y estimular
la gestión autónoma de los educandos en su
«aprender-a-aprender», en su propio camino hacia el
conocimiento: la observación personal, la confrontación
y el intercambio, el cotejo de alternativas, el
razonamiento crítico, la elaboración creativa. Así
concebida, más que de una enseñanza a distancia sería
propio hablar de una auto-educación orientada. No se
está planteando con ello la eliminación del educador ni
negando el imprescindible papel de la información en el
proceso educativo. No es de imaginar a un maestro tan
lúcido como Freinet sustrayéndose al deber de dar su
aporte cuando sus alumnos lo requerían para avanzar en
su aprendizaje; no sólo encauzando, problematizando,
estimulando la reflexión y la discusión —sin duda su
principal función sino también brindando las
informaciones necesarias cuando ellas se situaran por
fuera de la experiencia empírica de los educandos. De lo
que se trata aquí no es, pues, de una educación sin
maestro; sino de dejar de ver a éste como el eje único
del proceso educativo y ubicar sus aportes dentro de un
marco más amplio y más dinámico de interacciones en el
cual él pueda ser cada vez menos necesario.
Generar
una motivación
Ahora
bien: para que ese proceso de auto-aprendizaje se
desencadene, es menester dotar al sistema de estímulo,
de una motivación.
Si se observan los clásicos programas de enseñanza a
distancia prevalecen hasta nuestros días, la endeblez de
esa motivación aparece como una de sus más resaltantes
carencias. Se pida al matriculado la enorme fuerza de
voluntad que exige el estudiar solo; y tan sólo se le
ofrece a cambio la práctica del soliloquio: contestar
preguntas y elaborar respuestas que no van a ser leídas
por nadie (o, a lo sumo, si el sistema es rico en
infraestructura y recursos humanos, vistas por un remoto
e invisible supervisor y devueltas bastante tiempo
después acompañadas de un escueto «correcto o
incorrecto»). Casi no es preciso preguntarse por el
valor motivador y estimulante de tales reglas del juego,
semejantes a aquellas a las que se somete al escolar
cuyas redacciones, como bien observa Freinet, «sólo
están destinadas a la censura y corrección por parte del
maestro». (¿No hemos comprobado todos la ansiedad con
que los niños insisten en mostrar sus cuadernos
escolares a cualquier visitante que llega a su casa? El
cuaderno es su obra pero no tiene lectores ni respuestas
de retorno).
El marco cultural y psicosocial en el cual se hallaban
los alumnos de Bar-sur-loup St. Paul parecía ofrecer muy
poco o nada de motivador.
Aquellos escolares eran los que Bourdieu llamaría más
tarde «los previsibles» del sistema: los condenados al
fracaso, a quedar eternamente repetidores. Eran los
«borricos», los «inútiles incapaces de aprender», «los
que se iban a quedar toda la vida cargando fardos», los
que «sólo aprendían a fuerza de palmetazos». Así se lo
decían los maestros predecesores de Freinet, así lo oían
de sus propios padres. Y no mucho después los
encontramos investigando, aprendiendo con entusiasmo,
produciendo textos propios. Habían encontrado una
motivación.
Freinet genera ese estímulo introduciendo en el aula un
medio de comunicación: el periódico escolar. Hoy, a
partir del actual desarrollo tecnológico, el medio
podría serotro. Lo sustancial no reside en el medio
elegido sino en la*función que éste cumple: la de abrir
a los educandos canales de comunicación a través de los
cuales socializar los productos de su aprendizaje. Esto
es, crear la caja de resonancia que transforme al
educando en comunicador y le permita descubrir y
celebrar, al comunicarla, la proyección social de su
propia palabra.
Valorar la autoexpresión de los educandos
La inserción de medios de comunicación en el interior de
un programa de auto-educación orientada pone a
disposición de los educandos un vehículo para
expresarse y, en esa práctica de autoexpresión,
afirmarse, descubrir sus propias potencialidades; en
palabras de Freinet, «adquirir conciencia de su propio
valer».
En todas las experiencias de educación popular, esta
práctica de expresión se ha revelado siempre como un
motor del crecimiento y la transformación de los
educandos. El participante que, rompiendo esa dilatada
cultura del silencio que le ha sido impuesta, pasa a
«decir su palabra»'y construir su propio mensaje —sea un
texto escrito, una canción, un dibujo, una obra de
teatro, un títere, un mensaje de audio, un video, etc.
—en ese acto de producción expresiva se encuentra
consigo mismo, adquiere (o recobra) su autoestima y da
un salto cualitativo en su proceso de formación.
Conocer es comunicar
Empero, «la expresión no se da sin interlocutores; el
educando tiene que escribir para ser leído». Es menester
que esa producción de significados sea difundida,
socializada, compartida.
Aquí reside otra de las claves de esa visionaria
propuesta, la que, como bien hizo constatar su creador,
no sólo responde a fundamentos psicológicos (la
provisión de una motivación, el estímulo a la
autoexpresión) sino también, y aún en mayor medida, a
una «exigencia pedagógica». Tratemos de identificarla.
Es un principio ya universalmente admitido por la
ciencia pedagógica el de que no es recibiendo lecciones
como el educando llega a la apropiación del
conocimiento. Más que repitiendo lo que otros dijeron,
el ser humano aprende construyendo, elaborando
personalmente. Aún sin invocar las bases éticas del
respeto a la dignidad de las personas, así sólo fuera
por una razón de eficacia, la educación no puede
reducirse a una pura transmisión/recepción de
informaciones. El proceso de enseñanza-aprendizaje
tiene, sin duda, un componente de contenidos que es
menester transmitir, enseñar; pero necesita
indudablemente ser —y en gran medida— descubrimiento
personal, re-creación, re-invención.
Este proceso de construcción y apropiación difícilmente
se cumplirá monologalmente, en soledad: supone y exige
el intercambio. No basta con un profesor-locutor —sea
éste presencial o a distancia— y estudiantes oyentes o
lectores: requiere Inter-locutores.
Conocer es comunicar: el enunciado puede sonar
aventurado. Tendemos a segmentar ambos momentos: uno
primero en el que adquirimos el conocimiento de algo y
otro posterior en el que, ya una vez éste adquirido y si
se da la ocasión para ello, pasamos a comunicarlos. Sin
embargo, la propia experiencia debiera alentarnos y
llevarnos a poner en duda esta fragmentación; a
reconocer la relación entre conocimiento y comunicación
como un proceso más interactivo. En efecto, si hacemos
un balance introspectivo de las cosas que realmente
hemos aprehendido en nuestra vida, comprobaremos que son
mayoritariamente aquellas que hemos tenido a la vez la
oportunidad y el compromiso de transmitirlas a otros.
Las restantes —ésas que sólo hemos leído y escuchado —
han quedado, salvo contadas excepciones, relegadas al
olvido. Alguna vez habrá que integrar en la teoría del
aprendizaje el factor comunicacional.
En nuestras distintas prácticas latinoamericanas con el
método de casete-foro (4). Con grupos de las más
diversas características socio-culturales, esta
proposición se ha visto reiteradamente comprobada. Cada
grupo participante, al grabar su opinión para ser oída
por los otros grupos distantes, no sólo fue creciendo en
seguridad en sí mismo y en «conciencia en su propio
valer» sino que vio igualmente acrecentada su capacidad
de raciocinio, de análisis, de síntesis. Cuando, tras
una discusión colectiva libre y por lo general dispersa,
le llegaba al grupo el momento de tener que grabar sus
conclusiones, se operaba en él un notorio cambio, un
salto cualitativo: se concentraba, se ordenaba y
organizaba sus ideas y construía conocimiento. Lo que lo
estimulaba y obligaba a la vez a ese esfuerzo
productivo, era la conciencia de que aquel mensaje
tendría proyección social: iba a ser escuchado por los
otros grupos. Tenía que ser, pues, claro, concreto,
coherente, fundamentado, convincente. Sin esa instancia
de comunicación, el pensamiento del grupo habría
quedado en esa fase inicial, difusa e informe, de ideas
sueltas, no elaboradas y poco consistentes.
Así como resulta evidente que la comunicación de algo
presupone el conocimiento de aquello que se comunica, no
suele verse con la misma claridad que la inversa también
se da: al pleno conocimiento de ese algo se llega cuando
existe la ocasión y la exigencia de comunicarlo. Es en
ese esfuerzo de socialización cuando se va profundizando
en el conocimiento a ser comunicado y descubriendo
aspectos hasta entonces apenas vagamente intuidos de la
cuestión en estudio; en el pre-diá-logo imaginario con
los destinatarios van apareciendo los contra-argumentos,
los vacíos, endebleces y contradicciones de unas ideas y
nociones que hasta entonces aparentaban coherentes y
sólidas; y se va llegando a la formulación de un
pensamiento propio al que improbablemente se arribaría
sin interlocutores, presentes o distantes.
También en esto la exploración de Freinet resulta
confirmatoria: si esos niños «buscan, experimentan,
discuten, reflexionan», si «se va despertando en ellos
su apetencia (y su necesidad) de saber más», es porque
saben que van a ser leídos por otros; porque hay
destinatarios del otro lado de la línea. Ese crecer en
el conocimiento se da —asevera Freinet— «a medida que
ven sus escritos publicados y leídos».
Esta fuerte interacción entre apropiación del
conocimiento y procesos de comunicación comienza hoy a
ser considerada por las ciencias de la educación. Dos
comunicadores-educadores latinoamericanos llegan a esta
conclusión: «sin expresión no hay educación. El sentido
no es sólo un problema de comprensión sino sobre todo de
expresión. La capacidad expresiva significa un dominio
del tema y de la materia discursiva y se manifiesta a
través de la claridad, coherencia, seguridad. Una
educación que no pasa por la rica y constante expresión
de sus interlocutores sigue empantanada en los viejos
moldes de la respuesta esperada y de los objetivos sin
sentido» (5).
Esta educación «empantanada» es la que está necesitando,
para renovarse, del aporte de la comunicación. Así acuda
a los más modernos y sofisticados recursos
tecnológicos, nuestro sistema educativo permanece
cautivo de un modelo hegemónico monologante. ¿Qué lugar
ocupa la expresión del educando, por ejemplo, en esos
tristes exámenes
de múltiple opción donde la única «actividad expresiva»
que le es asignada al estudiante es la de marcar cruces
y llenar casilleros?
«Sin expresión no hay educación». Y Freinet nos invita a
complementar: sin comunicación, sin audiencia
interlocutora, la expresión no se da. El educando
necesita escribir para que otros lo lean, hablar para
que otros lo escuchen. El dominio de las destrezas
comunicativas, la posesión de los signos, el desarrollo
de la capacidad de comunicar, se afirman así como las
prioridades del proyecto pedagógico.
A su vez, tres pedagogos alemanes especialistas en
educación de adultos reivindican la autogeneración de
mensajes por parte de los educandos como un componente
necesario de la acción educativa. «El dinamismo del
individuo —argumentan— se halla en relación directa con
la conciencia de ser productivo. Una instrucción que
simultáneamente no le permita producir oprime y
dificulta el despliegue de sus capacidades. Se ha
determinado que el adulto asimila el 20 % de la
información escuchada, el 30 % de lo observado, el 50 %
de lo oído y observado, el 70 % de lo expresado por el
mismo y el 90 % de lo elaborado por el mismo» (6).
Prescíndase de la opinable pretensión estadística de
estas cuantificaciones; pero reténgase lo que en esta
progresión hay de verdad y de propuesta. Aprender y
comunicar son componentes de un mismo proceso cognitivo;
componentes simultáneos que se penetran y necesitan
recíprocamente. Si nuestro accionar educativo aspira a
una real apropiación del conocimiento por parte de los
educandos, tendrá mayor certeza de lograrlo si sabe
abrirles y ofrecerles instancias de comunicación.
Educarse es involucrarse y participar en una red de
múltiples interacciones comunicativas.
Potenciar al grupo como célula básica de aprendizaje
Un paso inicial en la dirección señalada es el propiciar
un primer ámbito de comunicación e interacción: el
grupo. La comunicación educativa, así sea realizada a
distancia, necesita ser —cuanto menos— de dimensión
grupal. Freinet partió de un primer agrupamiento: la
clase, sus alumnos de Bar-sur-loup; y no habría podido
poner aun el basamento liminar en la construcción de su
pedagogía de haberse encontrado ante individuos
dispersos y aislados entre sí.
La modalidad de enseñanza a distancia que ha predominado
hasta el presente, basada en estudiantes solitarios y
aislados, genera, por su carencia de instancias de
participación y su extrema pobreza en flujos
comunicacionales, la situación pedagógicamente menos
propicia para la re-creación e internalización del
conocimiento. Significativamente, tras reiterados
fracasos de este método exclusivamente individual, aun
los sistemas clásicos de educación a distancia se han
visto obligados a revisarse e implantar al menos, como
parte obligada de sus servicios, algunos encuentros
presenciales periódicos.
Más no se trata sólo de favorecer estos espacios
grupales. Ellos son condición necesaria pero no
suficiente. Hay que definir qué papel se asigna a los
grupos; qué grado de autogestión se les ofrece y
reconoce. Pienso, por ejemplo, en un conocido método
español de alfabetización y educación básica por radio,
el que incluye el encuentro semanal de los alumnos de
cada barrio o de cada localidad con un monitor. Pero
esta breve reunión sólo tiene por objeto la corrección
de las tareas individuales y, a lo sumo, la posibilidad
de que los matriculados pidan al monitor aclaraciones
sobre aquellas explicaciones de la clase radiofónica que
no han entendido bien. Es obvio que, en rigor, tal
método no podría considerarse grupal. El polo emisor y
el protagonista absoluto del acto educativo sigue siendo
el radio-maestro. Después de todo, la escuela presencial
tradicional también es, desde siempre, «grupal» y no por
eso deja de ser vertical y unidireccional. El grupo es
otra cosa que una mera situación de proximidad física.
Una educación grupal bien entendida es aquella que
apuesta al grupo y a su capacidad autogestionaría; que
adhiere al principio holístico según el cual el grupo
está en la base misma de la pedagogía de Freinet; y los
frutos cosechados atestiguan que ganó la apuesta. Un
grupo de aprendizaje es una escuela práctica de
cooperación y solidaridad.
El conocimiento es un producto social
Para esta pedagogía construida desde la comunicación, el
saber ha de ser concebido, como Freinet lo propone, como
un producto social. Claro está que, en última
instancia, todo saber lo es. Más, cuando el fundador de
l'école
moderne
le confiere tal dimensión, está aludiendo en primer
lugar al hecho de convertir ese saber en un producto que
se colectiviza, que se pone en común y se intercambia;
esto es, que se comunica. En su caso, en un texto que
pueda ser difundido por medio de la imprenta y puesto
así al alcance de los comunicantes que lo lean, desde
los más cercanos a los más lejanos.
Aquel periódico escolar fue generando esa socialización
en círculos cada vez más amplios y distantes. Al
comienzo, son los niños redactores —el grupo matriz— los
que comparten e intercambian sus producciones. Luego,
el producto colectivo es llevado por ellos a sus casas y
empieza a ser leído por sus padres, sus hermanos, sus
familiares. Al cabo de un cierto tiempo, aquel medio de
comunicación escolar ha ensanchado su ámbito y circula
entre los vecinos del pueblo, cuyos aportes de saber
también incorpora. Finalmente, su circuito
comunicacional se expande y entra en contacto con
remotos comunicantes: es leído en lejanas escuelas de
otras regiones del país, las que lo retribuyen enviando
a su vez sus propios textos y estableciendo un
intercambio de saberes a distancia.
Vemos abrirse así un promisorio y todavía muy poco
transitado camino para nuestra educación comunicativa.
Si —como se postuló en las páginas precedentes— una
pedagogía comunicacional ha de partir promoviendo grupos
de aprendizaje, ahora el proceso nos impulsa a avanzar.
El grupo es, sin duda, la célula básica, el peldaño
inicial necesario en la construcción de una educación
cooperativa y solidaria; pero no su meta última. En un
sistema grupal, cada una de estas células, por dinámica
y autogestionaria que sea en sí misma, permanece
aislada, incomunicada, confinada en su visión
localista. Lo acontecido cuando los escolares
montañeses de St. Paul entraron en comunicación con sus
pares pescadores de Trégunc ¡lustra la vasta medida en
que cada grupo participante en un proceso educativo
recibe el aliento de una nueva energía, ensancha su
visión, amplía sus conocimientos, crece en su capacidad
de expresión, cuando el ámbito de sus interlocutores se
agranda en número y distancia.
Bueno es, pues, que un sistema educativo sea grupal;
pero mucho mejor aun que sea intergrupal. Tan
dinamizador como promover la formación de grupos es
proveer canales para que esos grupos se
intercomuniquen los unos con los otros. Así como —en
esa perspectiva holística que adoptamos— un grupo es
mucho más que la suma de sus miembros, también una red
intergrupal es mucho más que la suma de los grupos que
la integran; y algunas experiencias latinoamericanas
orientadas en esa dirección permiten vislumbrar la
potencialidad que podría adquirir el accionar educativo
si apuntara no sólo a lo grupal sino - también a esta
nueva y más amplia dimensión colectiva. Sería, por otra
parte, en esta comunicación intergrupal a distancia
donde el empleo de medios encontraría su plena
justificación y su legitimación.
Adicionalmente, la propuesta de Freinet de encarar el
saber como producto social, remite no sólo al acto de
compartirlo y comunicarlo sino también al proceso de
construcción de ese saber y a las fuentes desde las
cuales se lo construye. Como hemos visto la procura de
informaciones para la producción de su periódico llevó
a los niños a dialogar con su medio y a descubrir en el
un venero de agentes educativos latentes. Concebir el
aprendizaje como un hecho social lleva, pues, a abrir el
proceso en ambos extremos del circuito. En el input,
incorporando múltiples fuentes alimentadoras; en el
output, multiplicando a los
receptores-interlocutores.
El papel de los medios de comunicación en la educación a
partir del modelo dialógico
Hasta
el presente —como ya se sugirió— la educación ha
adjudicado a la comunicación un papel casi siempre
reducido a lo instrumental. Así por ejemplo, la
generalizada opinión de que la enseñanza a distancia es
la que más se vincula con la comunicación porque se vale
de medios, no es sino una consecuencia de esa
visualización instrumentalista y reductora. Como puede
inferirse de la propuesta pedagógica que aquí se intenta
perfilar, la función de la comunicación en un proceso
educativo trasciende el uso de medios; y está lejos de
ser incorporada en la sola introducción en forma
unidireccional de «materiales educativos» impresos, de
programas de radio y televisión o de videos y
audiocasetes. Ello no lleva, por supuesto, a negar
utilidad a estos recursos; pero sí a reconocer que, así
concebidos y empleados, poco contribuyen a resolver el
problema central aquí planteado, esto es, el de promover
y estimular auténticos procesos formativos.
Un ejemplo bien ilustrativo de esta concepción
instrumental y unidireccional es el que sigue:
documentados estudios comprueban que, después de las
lecciones impresas —presentes en la totalidad de los
programas—, el medio de comunicación más utilizado por
los sistemas de enseñanza superior a distancia es el
audiocasete, el cual, por su bajo costo y su practicidad
de manejo, aparece mucho más empleado que la radio, la
televisión y el video. Sin embargo, sugestivamente,
sólo se lo usa para enviar lecciones grabadas que el
estudiante habrá de escuchar; esto es, exclusivamente
como medio de reproducción y difusión de los contenidos
ya predeterminados por el programador-emisor. En ninguno
de estos servicios universitarios a distancia se ha
pensado en la otra función de todo aparto de
cassette: la de grabar, con la posibilidad que ella
conlleva de que los estudiantes —individualmente o en
grupo— puedan expresarse y emitir sus propios mensajes.
Para estos sistemas, el magnetófono sólo tiene una tecla
útil: la de Play, la otra, la de Record,
no parece ofrecer ningún servicio para una acción
educativa.
Un pertinaz equívoco se obstina en enturbiar las
relaciones entre educación y comunicación. Una enseñanza
suele autocalificarse de moderna cuando despliega
aparatos y recursos audiovisuales; y de más
moderna aun si enseña a distancia, a través de los
medios. Pero, cuando se examina la pedagogía que subyace
al interior de sus productos, resurgen, bajo el vistoso
y coloreado maquillaje, las arrugas del nuevo y glorioso
modelo vertical. Los mensajes son casi siempre
expositivos y cerrados sobre sí mismos, sin resquicios
para la reflexión crítica ni la participación de un
educando concebido como un receptor pasivo al que se
invita a sentarse, mirar en silencio y aprender lo que
ellos vehiculan. Creyendo «usar y aprovechar» los
medios, lo que esta tecnología educativa ha hecho, en
realidad, es someterse a la lógica de éstos: adoptar
acéticamente su modalidad unidireccional sin buscarle
alternativas. Así, lo que aparentó ser un avance, una
modernización de la enseñanza —asociada a las nuevas
tecnologías electrónicas— se tradujo, evaluado en
términos pedagógicos, en un estancamiento e incluso en
un retroceso. Ciertamente, no era ése el sentido que
daba Freinet al adjetivo moderna cuando lo adoptó para
caracterizar con él a la corriente pedagógica que
lideró.
Si se ha invocado aquí al maestro provenzal como
inspirador de una nueva educación comunicacional, no es
sólo por haber sido el primero —o, al menos, uno de los
primeros— en introducir un medio de comunicación en la
enseñanza (aunque, por cierto, en ese rubro tendría
amplios títulos para el reconocimiento, ya que no sólo
implantó la imprenta en el aula sino que llevó a ésta
todos los incipientes medios de su tiempo: el gramófono
y el disco, la radio, el proyector de cine, de todos los
cuales supo percibir su valor como recursos educativos);
sino porque concibió la educación como un proceso de
comunicación.
En su propuesta, el medio —el periódico escolar—, siendo
el eje central del aprendizaje, se veía situado al mismo
tiempo como laque realmente era: un medio —esto es, un
vehículo comunicante. No era él en sí mismo, pues, lo
relevante: el medio puede variar, ser uno u otro. Dentro
de los recursos de su época, Freinet optó por la
imprenta; hoy tenemos otros a nuestro alcance. Mas lo
realmente significativo era el proceso educativo
—individual, grupal e intergrupal— que el medio
canalizaba: • esa red de intercambio entre los
periódicos escolares, generando una cadena de
interacciones, de flujos comunicacionales múltiples, y
construyendo el conocimiento como un producto social.
Y es que 'dime qué comunicación practicas y te diré qué
educación propugnas'. Si lo que se enfatiza es inseminar
contenidos y/o moldear comportamientos, lógico es que se
opte por una comunicación-monólogo, de locutores a
oyentes; cuando, por el contrario, se aspira a una
educación encaminada a formar sujetos autónomos,
críticos y creativos y ciudadanos participantes en la
comunicación-diálogo, entendida como intercambio e
interacción, como relación comunitaria y solidaria; una
comunicación, en fin, que en lugar de entronizar
locutores potencie inter-locutores.
Generar emisores activos contribuye a la vez a formar
receptores críticos
En esa ruta abierta por Freinet, hay adicionalmente otra
pista fecunda que importa rescatar. Al convertir a sus
alumnos en periodistas e incluso en impresores, ellos
conocieron por dentro el manejo de un medio de
comunicación. Este se despojó de su prestigio mítico y
pasó a ser un producto material, con cuyas condiciones
de producción se familiarizaron. No es sorprendente,
pues, que aprendieran a leer la «otra» prensa—la grande—
con sentido crítico: ya sabían cómo un título puede
impactar y predisponer al lector, cómo la manera de
presentar una determinada información produce un
determinado efecto de opinión, etc., porque lo habían
experimentado por ellos mismos.
En nuestra sociedad actual, mucho más que en ella que
vio nacer la experiencia primigenia de Freinet, los
medios masivos de comunicación gravitan poderosamente
en la formación de opiniones, valores y actitudes. ¿Qué
educador no expresa su preocupación por la influencia
que ellos ejercen y no reclama acciones orientadas a la
formación del sentido crítico de los receptores?
Pues bien: un óptimo recurso para generar esa actitud
crítica respecto de los medios de comunicación consiste
en hacer que los propios educandos lo practiquen y
descubran así ellos mismos las operaciones
manipulatorias habilitadas por las mediaciones
comunicacionales. Para dar un ejemplo elemental —que
seguramente muchos educomunicadores han experimentado—
es manejando el lente de una cámara de video como los
alumnos llegan a percibir que una imagen no es la
representación fehaciente y supuestamente objetiva de la
realidad sino uña fragmentación selectiva de la misma; o
descubren cómo la elección de los planos y los ángulos
de encuadre puede determinar lecturas muy diversas de un
mismo signo y suscitar en el espectador reacciones
emocionales y juicios muy diferentes respecto del hecho
o del personaje presentado. Ponerse tras la cámara,
encuadrar, grabar, editar, enseña cómo a través de un
primer plano aparentemente natural y casual o de la toma
realizada desde un cierto ángulo o una cierta altura se
puede inducir determinados efectos en el público,
conferir fuerza de convicción a un personaje y opacar,
incluso desacreditar a otro, etc.
A partir de esa experiencia, los educandos ya no
recepcionarán las representaciones televisivas con la
misma mirada desprevenida e ingenua; dejarán de creer en
la presunta objetividad y neutralidad de las imágenes;
el medio, en fin, así desmitificado se despojará de su
fascinación. Los receptores se tornan más autónomos en
la medida en que ellos mismos ejercen y practican el
acto emisor.
A modo de recapitulación
A lo largo de este texto hemos procurado desentrañar los
aportes de la pedagogía visionaria de Freinet a la
construcción de una Comunicación Educativa. No se
trata, obviamente, de convertir este conjunto de
enunciados en una mecánica receta metodológica, sino de
impregnarse de su espíritu y buscar como éste puede
plasmarse en cada situación educativa concreta.
Si, al término del itinerario, fuera menester
recapitular en dos premisas básicas los ejes rectores
que emergen de esta feraz propuesta, acaso pudiera
formulárselas así:
1. La apropiación del conocimiento por parte de los
educandos se cataliza cuando se los instituye y potencia
como emisores. Su proceso de aprendizaje se ve
favorecido e incrementado por la realización de
productos comunicables y efectivamente comunicados.
2. Si educarse es involucrarse en un proceso de
múltiples interacciones, un sistema será tanto más
educativo cuanto más rica sea la trama de flujos
comunicacionales que sepa abrir y poner a disposición de
los educandos.
NOTAS
1. En homenaje a la concisión, estoy condensando un
tanto la historia. En realidad, la primera aplicación de
la imprenta en esta experiencia, no fue exactamente la
producción de un periódico. En una fase inicial, lo
escribían, imprimían y compartían los niños de Bar-sur-loup
eran breves redacciones individuales sobre temas
diversos con las cuales se componía el llamado «libro de
la vida». Después, gradualmente la producción evolucionó
hasta tomar la forma de un periódico; sobre todo al ser
trasladado Freinet a St. Paul, donde —siempre en régimen
de plurigrado— trabajó con escolares mayores.
2, Las citas están tomadas de Elise Freinet:
Nacimiento de una Pedagogía.
Laia, Barcelona, 1975. Subrayados míos. (Elise fue la
esposa de Freinet. Al ser ella también maestra y
trabajar a su lado, compartió de cerca la búsqueda
pedagógica y las luchas de su compañero. Su libro es en
gran parte una biografía de éste).
3. La concepción pedagógica de Freinet tenía correlato
en su opción política. Frecuentemente en sus escritos
aparecen expresiones tales como «educación proletaria»,
«una educación para la clase trabajadora» e incluso
«educación liberadora», tan desusada esta última en la
literatura pedagógica europea de su tiempo. De ahí
también su permanente búsqueda de recursos de bajo
costo, que pudieran estar al alcance de la escuela
pobre, y los registros minuciosos de contabilidad al
centesimo de sus experimentos con la imprenta. Ante la
total falta de apoyo de las autoridades escolares y su
imposibilidad personal de costear la compra de papel,
las primeras ediciones del «libro de la vida» debieron
imprimirse al dorso de papeletas de votación sobrantes
que le cedió la Alcaldía. Pero Freinet celebraba esas
dificultades que lo atenazaban a ingeniarse para buscar
soluciones económicas, porque sólo así —pensaba— podría
llegarse a propuestas educativas asequibles a la escuela
popular.
4. Para una información sobre el método de casete-foro,
cfr. M. Kaplún, Comunicación
entre grupos
(2- ed.), Humanitas, Buenos Aires, 1990.
5. F. Gutiérrez Peréz y D. Prieto Castillo, Las
mediaciones pedagógicas.
Apuntes para una educación a distancia alternativa.
RNTC, San José de Costa Rica, 1991.
6. P. Lanzel, K. Roth, W. Niggeman, Métodos
de enseñanza en la educación de adultos.
Ciespal, Quito, 1983.
7. A. Kaye, «La enseñanza a distancia: situación
actual». En Perspectivas, 65, UNESCO, París,
1988.
Autor:
Mario Kaplún. Profesor e investigador de Comunicación
Educativa y asesor de la UNESCO para América Latina.
Autor, entre otros trabajos, del informe Hacia nuevas
estrategias de comunicación
en la educación de adultos
(UNESCO,
Santiago, 1983).
Fuente:
Voces y culturas – Revista de Comunicación – Estrategias
y conflictos culturales – Nº11/12 – 1997 - Pág. 69 a 88
*
Este artículo es un anticipo del libro de Mario Kaplún
Pedagogía de la Comunicación que Ediciones de la
Torre (Madrid) publicó en noviembre de 1997, en la
colección de Medios de Comunicación y Enseñanza. Un
primer abordaje de la temática desarrollada en este
artículo forma parte de su libro A la educación por
la comunicación, Oficina Regional de Educación de la
UNESCO, Santiago de Chile, 1992. |