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No sería infundado
decir que la primera rama del derecho que apareció
entre la gente fue la diplomática; ella ha sido
cultivada antes que ninguna otra forma del Derecho
Internacional. Según una simple definición de
Seignobos, la historia empieza en la época en que
hay relatos. Y así, en cuanto a diplomacia, la
historia comenzaría por los heraldos que
declaraban la guerra o publicaba la paz. En un
comienzo fueron los generales los que tenían
poder, más o menos extenso, para tratar con los
países. La inviolabilidad diplomática aparece
también desde las primeras épocas de la historia
como una de las características del derecho de
embajada. El Código de Manú es el primer momento
jurídico en que se habla concretamente la
diplomacia: “elíjase por Embajador al que tenga
conocimiento no sólo de los sastras y sepa
interpretar las señales, el semblante y los
gestos; puro de costumbres, incorruptible, hábil y
de familia ilustre. Se recomienda por sí Embajador
de un Rey cuando es afable, puro, diestro, de
buena memoria, práctico en lugares y tiempos, de
bellas condiciones físicas, intrépido y elocuente. Del General depende el ejército; de la
presta aplicación de las penas, el buen gobierno,
el tesoro y el país, el Rey, la paz y la guerra
del Embajador. El Embajador reúne a los amigos y
separa a los aliados porque trata de los asuntos
que determinan el rompimiento o la buena armonía.
En las negociaciones con un rey por ciertos signos
y movimientos de sus emisarios secretos y
enfrentándose con agentes avarientos o
descontentadizos, conozca las intenciones de aquel
príncipe. Instruido en los designios del soberano
extranjero, provea al rey, a fin de no dañarle de
manera alguna”
Es asombrosa la
semejanza entre el texto del Código de Manú y las
palabras con las que se expresa en 1626 en
su libro “El Embajador”, Abraham de Wicquefort, el
primer escritor que ha tenido la literatura
diplomática tal como se la considera hoy. Este
personaje, holandés de nacimiento, pasó 35 años
de su vida en Francia, donde fue nombrado
residente del Elector de Branderburgo, cerca de la
corte francesa. En el SXVII no era necesario que
los representantes de los príncipes o estados
fuesen necesariamente sus súbditos. Podría ser de
cualquier procedencia con tal de que supiera
cumplir con su deber. Había entonces naciones que
tenían fama de disponer y poder ofrecer al mundo
al arquetipo humano para determinado oficio; tal
era el suizo como soldado leal y respetuoso de los
compromisos contraídos en los ejércitos y el
holandés o el flamenco en las cuestiones de
diplomacia.
Los egipcios,
caldeos, griegos, persas, romanos y cartagineses
se enviaron recíprocamente misiones que trataron
de concertar convenios en asuntos de paz y guerra.
En la Ilíada, y la Odisea se habla frecuentemente
de pactos en el sentido que esta palabra tiene en
nuestros días; y se tienen indicios de que
Aristóteles había escrito un tratado sobre las
embajadas. El pueblo griego confiaba las embajadas
a los ciudadanos más ilustres y estimaba en muchos
que sus representantes obtuvieran éxito en sus
gestiones, tanto es así que a Esodoro le
concedieron una corona de oro y le erigieron una
estatua por los amplios triunfos obtenidos en sus
gestiones diplomáticas. Pero, del mismo modo, la
negligencia, la torpeza, la indiscreción en esta
clase de trabajador eran castigadas severamente
por el Estado. Una ley atribuía a Solón prohibía a
los Embajadores, bajo fuertes castigos, recibir
dádivas o beneficios de aquel ante quien eran
enviados. Ipéride, basado en esa ley, acusó e hizo
condenar a Filvesate, y Demóstenes en un discurso
sindicó a Esquines de haber prevaricado como
Embajador. Curioso pero explicable es que los
griegos hayan tenido marcada propensión a designar
a los actores para desempeñar misiones
diplomáticas en el extranjero. Y decimos que es
explicable por cuanto los actores estaban
asociados a las ceremonias de culto religioso. Por
ésta última razón eran inviolables; y se entendía
que esto era un motivo para que los pueblos a
donde fueran a ejercer su misión diplomática los
respetaran en su comisión. Pero dentro de la
historia de la diplomacia, en lo que a Grecia
corresponde, es oportuno referirnos a Anatalcidas
y a Timócrates, precursor el primero de los
negociadores modernos y de los agentes secretos el
segundo. En la lucha de Esparta contra los persas,
el sátrapa Vitiauste creyó conveniente alejar de
Asia al victorioso Agesilao, y para ello pensó
crearle enemigos dentro de la misma Grecia. Envió
a un griego de Rodas, llamado Timócrates, con
mucho dinero para levantar el resto de los griegos
contra la insolencia y el poderío de Esparta. Los
más irritados de todos eran loso tébanos a quienes
Esparta no dejaba dominar en la Beocia, y los
corintios que todavía esperaban Corcira y
Siracusa.
Timócrates consiguió
unir a todos los descontentos –Tebas, Corintio,
Atenas, Argos- en una liga contra Esparta y les
dio dinero para alistar mercenarios y construir
fortalezas; se estableció un tesoro común y se
nombró un consejo con residencia en Corintio. Se
peleó junto al lago de Nemena. Los 24.000 hoplitas
de Eubea, de Atenas, de Argos, de Beocia, chocaron
contra 15.000 espartanos. Estos resultaron
triunfantes pero no pudieron sacar provecho de su
victoria, y lo mismo aconteció en Coronea, donde
vencido Agesilao, hizo retroceder a los aliados,
pero no pudo vencer el paso para entrar en el
Peloponeso. El almirante Conón, refugiado en
Chipre, equipó 8 barcos con el dinero del rey de
esa isla y el sátrapa Farnabazo. Con esta flota
destruyó la de Esparta dando muerte a su
almirante. Los espartanos acababan de perder Asia
Menor. Después de 6 años de lucha, llegaron a
comprender y no podían combatir a la vez contra
personas y griegos y enviaron a Antalcidas a que
negociara con Artajerjes. Tribazo, compañero de
Antalcidas, trajo el mensaje de los persas: “el
rey Artajerjes cree que es justo que le
pertenezcan las ciudades de Asia y la isla de
Chipre y que las demás ciudades griegas, grandes o
pequeñas, sean independientes, excepto Lemmos,
Imbro y Esciros, que continuarán siendo
atenienses. A todos los que no acepten esta paz,
él los combatirá de acuerdo con los que la acepten
y les hará la guerra por tierra y por mar con sus
naves y sus tesoros”
La unión de personas
y espartanos que sucedió a los acontecimientos
antes referidos fue el resultado de una diplomacia
diabólica. Nadie comprendía como los persas,
después de haber lanzado todo Grecia contra
Esparta, fueran ahora aliados de Esparta contra
Grecia. Toda la península desde el Pindo hasta
Creta, fue un renovado clamor de protesta. Pero,
al fin, los griegos, como todo pueblo civilizado
se contentó con hacer frases del tipo: “es una
vergüenza que Esparta persée”- le decían a
Agesilao.
Desde el tiempo del
Imperio Romano, los Embajadores de la India eran
famosos por su esplendidez. Y los romanos trataban
de que el brillo de las fiestas fueran igual en
magnitud a la riqueza de los presentes que
recibían. Dion Cassio describe entusiasmado el
esplendor de las fiestas que en tiempos de Trajano
se realizaban en honor de los Embajadores del rey
de India; ellos duraron 23 días y tomaron parte en
las luchas del circo más de dos mil gladiadores.
Numa y Anea habrían
creado “los feriales” que en número de veinte,
representaban al pueblo en todo lo referente a las
relaciones exteriores de Roma. Participaban estos
funcionarios en triple carácter de Embajadores, de
sacerdotes y de jueces del derecho público.
Atendían las ceremonias de culto, conocían como
jueces las quejas incoadas por los ciudadanos,
recibían las prerrogativas de los Embajadores y
procuraban resolver todos los conflictos
internacionales. Y como representantes del pueblo
romano, cuando ocurría un conflicto con otro
pueblo, intervenían para hacer las reclamaciones
del caso. Se presentaban llevando en la cabeza una
corona de hojas escogidas en el capitolio en
recuerdo de su patria. Llevaban, asimismo, un velo
blanco que simbolizaba la justicia y la buena fe.
Si sus demandas no obtenían satisfacción, rasgaban
el velo y regresando a la patria daban cuenta de
su cometido. Tornaban luego al campo enemigo y
arrojaban una pica, en señal de que la guerra
estaba declarada.
En toda la Edad Media, son muy frecuentes las
misiones y embajadas que tenían por objeto
estrechar vínculos, crear alianzas, fundamentar
compromisos. Tenían tanta importancia estos
convenios y se había adelantado tanto en el arte
de negociar, que el tratado de Audelot, firmado en
587, es la base y esencia del feudalismo.
Puede citarse como embajada de tipo moderno la
enviada por el jefe del gran Imperio árabe Harún
–al –Raschid a Carlomagno. Esta misión, cuyos
presentes asombraron a los franceses, se recuerda
como una historia en la que lo verdadero se mezcla
con lo fabuloso. Por primera vez se veía un
elefante en Europa. Para demostrar el adelanto de
la mecánica relojeril entre los árabes, Harún –al
–Raschid envió al emperador Carlomagno un reloj
con figuras que bailaban al sonar de las horas.
Podrían enumerarse algunas de las muchas embajadas
que ese enviaron y recibieron por esos tiempos.
Fueron famosas las que recibió Abderraman III del
emperador Constantino Porfiro y de Otón a Alemania
y otras que en la Edad Media hacían largas
travesías para llevar un presente.
Autor: Pablo Rojas Paz.
Hombres y momentos de la diplomacia. Colección oro de cultura general. Ed.
Atlántida Bs As 1946
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