Tecnología informática y prensa en el aula
 

La inevitable y progresiva integración metodoló­gica entre las Ciencias de la Educación y las Ciencias de la Información, entre la Teoría de la Comunicación y la Pedagogía configura un campo previsible de intersección transdisciplinaria, determinado históricamente por el con­texto social de las nuevas tecnologías de la información. Tanto los efectos como el desa­rrollo social de la Revolución Científico-Técnica operada intensivamente en el campo de la cultura desde la década de los años sesenta, conforman hoy sin duda alguna el marco privilegiado de contextualización histórica de obligada referencia para poder explicar dicha convergencia disciplinaria entre el campo educativo y el campo de la información.
Ahora bien, el desarrollo de la propia comunicación educativa ¡lustra, por su parte, al mismo tiempo las tendencias y dirección de la revolución multimedia en marcha, aportando reveladores ejemplos, según la perspectiva globalizadora del análisis dialéctico de la realidad, que ponen en evidencia el verdadero sentido de la comercialización de las innovaciones tecnológicas que penetran la cultura y organización del espacio y el tiempo en la vida cotidiana para reforzar el discurso y la práctica determinista tecnológicamente, representando pues este espa­cio ínter y/o transdiciplinario un campo neurálgico para el análisis de lo que Miége denomina l
ógicas sociales (1). 
Estas lógicas se caracterizan, en general, por una continua inter­penetración de campos disímiles como la información y el entreteni­miento o la educación y la industria cultural. Aunque son dos básicamente las tendencias que se advierten en el campo concreto de la comunicación educativa. La extensión tecnológica del conocimiento a la que en este período de transición asistimos viene caracterizada por dos rasgos fundamentales: la inflación informativa y la rápida obsoles­cencia de los saberes disciplinarios. Estas dos realidades de la sociedad de la información conviven con una creciente concentración mediática, horizontal y verticalmente, y una progresiva convergencia de los sopor­tes y canales de información.
La estructura dinámica de lo que algunos denominan la era tecno-trónica (2) tiende, de manera acelerada y casi vertiginosa, a la conver­gencia de la tecnología, conformando así las señas de identidad de los modernos medios de comunicación que fueron apareciendo a lo largo de la década de los ochenta para renovar o sustituir, según los casos, la función de los medios más convencionales. Algunos de estos rasgos definitorios de las nuevas condiciones impuestas por la lógica de innovación en los procesos de transmisión informativa son los que precisamente hacen posible un uso pedagógico de las nuevas tecnolo­gías de la información y de la comunicación, de cara a su aplicación didáctica en el aula, gracias a las enriquecedoras potencialidades que, de manera sucinta, se pueden resumir en las siguientes características:

1. Presencia local. A diferencia de la orientación regional o nacio­nal en la comprensión informativa de los viejos medios, las nuevas tecnologías favorecen un uso más enfocado de la cantidad de informa­ción disponible a través de la infraestructura técnica descentralizada, aunque esta presencia local a menudo se reduce a una actividad de mercadotecnia o estrictamente económica, y no a una relación más bien comunicativa.

2.  Estructura descentralizada. Las condiciones técnicas de los nuevos medios de transmisión y almacenamiento de información res­ponden a un proceso dinámico de descentralización-concentración, al igual que sucede a nivel microsocial, según las tendencias económicas, con las lógicas de descentralización-recentralización y relocalización productiva.

3. Almacenamiento ilimitado de información. El creciente domi­nio de los sistemas de bases de datos sobre el conjunto de operaciones de intercambio, investigación, desarrollo y producción informativa se impone paradójicamente junto a la urgente necesidad de una actualiza­ción permanente de esos fondos, haciendo que la información esté disponible y casi actualizada en tiempo real, con vistas a su rápida utilización.

4. Polivalencia en sus aplicaciones. Los nuevos medios, por otra parte, se han venido destacando desde la pasada década por sus posibilidades, su flexibilidad y adaptabilidad tecnológica. De modo que los medios han adoptado múltiples aplicaciones hasta llegar a la lenta pero creativa convergencia.

5. Interactividad. Paralelamente a la capacidad de flexibilidad, y a la estructura descentralizada, aunque en última instancia bajo un control central, los nuevos medios ofrecen un panorama muy distinto a los usuarios de la comunicación, posibilitando su rol activo en el acceso, selección y procesamiento de los datos susceptibles de uso público. El concepto de interactividad hace referencia a las nuevas oportunidades de diálogo hombre-máquina y a las comunicaciones horizontales cruza­das y a nivel planetario que se pueden establecer entre los destinatarios finales de la información.

6.  Inestabilidad. Los permanentes cambios acelerados, según la lógica de investigación e innovación tecnológica, exigen continuas adaptaciones a nivel de las estructuras organizativas, incidiendo en gran medida en la multiplicación de la masa y formatos técnicos de procesa­miento de la información. Lo que, a su vez, incide en la configuración de lo que Castells llama la goemetría variable de los flujos de poder, frente a la era mecánica de la previsión de las determinaciones, tanto a nivel físico (principio de indeterminación) como a nivel social (3).

Tales tendencias ven multiplicadas, por otra parte, sus potenciali­dades con la convergencia de equipos, soportes y usos fue evolucionando constantemente la estructura y el sistema de información. La experien­cia demuestra que aquellos medios que se queden rezagados en la adquisición de las nuevas técnicas e instrumentos de comunicación acabarán sucumbiendo ante el empuje de las nuevas realidades tecno­lógicas emergentes. Del mismo modo que sucedería con el sistema educativo, si se empeña en permanecer impermeable a las transforma­ciones sociales y del saber latentes en la sociedad, o si, por otra parte, adapta esta realidad innovadora agregando directamente las nuevas tecnologías de la información al margen de las consecuencias que exigen directamente una renovación de objetivos, metodologías y fun­damentos didácticos.
 En este artículo, se presentan a continuación algunas notas refle­xivas sobre el cambio tecnológico en el campo de la información electrónica y las consecuencias a tener en cuenta por la comunicación educativa en términos teóricos y metodológicos.

Industria editorial y periodismo electrónico

La lenta pero progresiva sustitución del papel, en su importancia, por las nuevas formas de registro electrónico plantea en estos momen­tos el desafío de una revolución tecnológica sin parangón en la corta historia de los medios convencionales, que afectará la concepción y diseño del trabajo informativo en el interior de las redacciones de las empresas periodísticas. Las tendencias previsibles en el sistema de medios de comunicación apuntan a una creciente importancia de los fenómenos de concentración y especialización informativa, convergien­do la diversidad de soportes y empresas en la distribución por las autopistas inteligentes de información en torno a la Red Digital de Servicios Integrados (RDSI) que posibilita el concepto clave de interactividad merced a la potente capacidad de conducción de la banda ancha.
En concreto, la incipiente realidad de los periódicos electrónicos, que vienen precedidos por experiencias más o menos difundidas como el teletexto y el videotex, posibilita el hecho inimaginable hasta hace poco de homogeneizar en un mismo soporte la circulación de mensajes ¡cónicos, textuales y sonoros. A través de las autopistas y las redes electrónicas de distribución, el periódico afronta hoy día la adaptación revolucionaria a la norma tecnológica digital en un proceso que repre­senta el salto cualitativo de la impresión a la edición, suprimiendo la fase desactualizadora y retardataria de la transmisión informativa de los terminales de redacción al soporte papel.
La transversalidad constituye, hoy por hoy, el concepto definitorio de la nueva era del cable en proceso de formación. El periodismo del nuevo milenio rompe así todas las trabas espaciotemporales para poder transmitir sus informaciones a cualquier hora, en cualquier parte sin ninguna limitación física en cuanto a su volumen y alcance. No se sabe aún a ciencia cierta el efecto de las mutaciones tecnológicas en curso, pero lo cierto es que esta convergencia multimedia entre las tecnologías del video, las telecomunicaciones y el ordenador modificarán en gran medida la naturaleza misma de las noticias (4). Y, por supuesto, también el rol tradicional de la figura del gatekeeper, desplazando la función del periodista-emisor profesional por la del preponderante acceso de los receptores a los contenidos objeto de comercialización informativa. Aunque esto último no quiere decir, como algunos autores se han aventurado a afirmar, que los profesionales de la información, los comunicadores, desaparezcan del nuevo mapa de la aldea global electrónica. Lo que está en juego en el nuevo diseño de la prensa es la redefinición, dentro del reducido lapso que la caracteriza, de la calidad, competividad y control informativo a cargo de los receptores, quienes
en el futuro podrán acceder a las mismas fuentes que los propios periodistas, pudiendo analizar críticamente los conceptos de selección, jerarquía y línea editorial que definen todo tratamiento informativo. La interactividad representa pues la nueva frontera de la internacional publicitaria (5), que ha cifrado en las superautopistas de la información el triunfo final de su particular lógica del don, unlversalizada para un público heterogéneo, disperso, y diríase que casi atómicamente seg­mentado, mientras los soportes disponibles para el trabajo con la pren­sa electrónica dentro del aula apenas comienzan a dar sus primeros pasos en el mercado. Aunque a la vista de las estrategias de la industria del ocio y del sector editorial, cada vez es más que evidente el interés de la industria electrónica por el campo de consumo de la cultura y la educación.
En este sentido, parece cuando menos pertinente analizar la pro­gresiva invasión del campo educativo por las industrias cuturales en medio de la frenética carrera en la que se encuentran enzarzados en los últimos años los grupos multimedios por la competitividad y control del mercado en el sector de la producción de software educativo. Su utilización final por los profesionales de la educación requiere de una profunda reflexión pedagógica, sistemáticamente sustentada sobre los efectos y pre misas episte mológicas de un uso y contenido determinados de tal modo, al fin de evitar que la nueva extensión tecnológica del conocimiento se convierta en un espacio de reproducción de los desni­veles en el acceso al capital cultural a través de la integración en la norma acrítica del consumo. Esto es, como indica Masterman, toda experiencia de educación audiovisual debe remitirá una teoría pedagó­gica, y esta a su vez exige un planteamiento político referido a un proyecto social en concreto. De manera que la pedagogía de la comu­nicación, como propuesta de reconstrucción democrática (6), presupo­ne una crítica cultural alternativa e, igualmente, una estrategia movilizadora del conocimiento, de talante emancipador, fundamental­mente reflexiva.
 

Educación informática y negocio multimedia

El papel marginal que actualmente desempeña la informática en los procesos de enseñanza-aprendizaje en el funcionamiento del siste­ma educativo contrasta con el protagonismo y uso creciente de ésta y otras tecnologías de la información fuera del ámbito escolar, tanto en la educación no formal —especialmente en los sistemas de enseñanza a distancia— como en las experiencias cotidianas de educación informal, en donde la figura del ordenador cada día que pasa adquiere una función mediadora central en las estrategias de desarrollo del ocio, el trabajo y la industria del entretenimiento.
En cuanto tótem tecnológico del nuevo entorno de aprendizaje virtual, el ordenador integra la tendencia convergente de otros medios y tecnologías audiovisuales. Ahora bien, su aplicación al servicio del desarrollo educativo plantea dos principales reticencias que tienen que ver, por un lado, con su aplicación didáctica dentro del aula y, por otro lado, con las implicaciones pedagógicas que conlleva la ampliación del negocio de las multinacionales al progresivo desarrollo de la explosión educativa (7).
Por lo que se refiere al primer punto, el desarrollo de la microinformática logrará acelerar a partir de la década de 1970 el proceso de concentración monopólica de los sectores industriales, comerciales y financieros, penetrando eficazmente en el mercado y sus usos sociales a través del sistema educativo. El intento de inversión de la industria electrónica —ITT, RCA, CBS— en un principio se saldó con un estrepi­toso fracaso en su penetración del mercado de la educación, pues tal como señala Flichy, «estas compañías evaluaron de forma equivocada la función del sistema educativo, que no estriba únicamente en difundir conocimientos, sino también en inculcar la ideología dominante» (8). Pero hoy día este proceso ha culminado, no obstante, con la coloniza­ción de la pedagogía por la industria electrónica, cuestionando grave­mente la adopción de las nuevas tecnologías informáticas en el diseño curricular, al estar supeditadas a intereses estrictamente comerciales. De hecho, la informatización por ejemplo de los países latinoamericanos vino acompañada de una fuerte dependencia tecnológica, convirtiéndo­se en consumidores de equipos sin posibilidad alguna de desarrollar de manera articulada su propio futuro tecnológico (9).
La atracción de los docentes por los nuevos sistemas de enseñanza asistida por ordenador como instrumentos con los que resolver la bancarrota de la economía política educativa ha carecido de una crítica pedagógica mediadora, representando, en la práctica, la política de innovación tecnológica del sistema educativo, «una subvención oculta a la industria de la tecnología de la información con la utilización de las escuelas como una palanca para persuadir a los industriales de que inviertan en tecnología» (10). Por otra parte, según Orozco, la aplicación del software informático en la educación ha respondido a dos racionali­dades bien distintas: la lógica tecnocrática y la perspectiva pedagógica. Una competencia que, en el fondo, se sitúa en el núcleo del problema habermasiano sobre el conflicto de la técnica y el humanismo, aún no suficientemente resuelto en cuanto a sus implicaciones filosóficas y sociales (11).
La introducción directa de esta nueva tecnología educativa en el aula, lejos de considerarse neutral en sus efectos, se ha revelado inadecuada para una educación enriquecedoramente humanista, pues las premisas dominantes que defienden su uso didáctico en la escuela vienen siendo portadoras de una enseñanza de orientación marcada­mente tecnocrática. El interés suscitado en torno a los microprocesadores no ha encontrado similar eco en el desarrollo y conocimiento de conceptos fundamentales como el de «información» y «comunicación» para su adecuado uso en la escuela. El nuevo espacio social en el que adquiere sentido y sobre todo utilidad productiva la introducción gene­ralizada de la informática en el sistema educativo exige, por tanto, plantear críticamente el rol y la metodología de la enseñanza ante esta nueva tecnología de la información. Frente a la orientación hegemónica de políticas tecnócratas en la implementación de nuevas tecnologías como la informática, la necesidad de integrar la naturaleza de los procesos educativos requiere planteamientos metodológicos que tomen en cuenta la determinación de factores económicos y sociales, de carácter político y cultural, ya que éstas son variables que atraviesan radicalmente la posibilidad y buen éxito de la educación:

«Al ubicarnos dentro de una racionalidad pedagógica no se trata de ser idealistas y eludir fácilmente un determinismo estructural o darle la vuelta al asunto y decidir que las nuevas tecnologías deben mantenerse alejadas de la educación. Se trata de comenzar la relación dialéctica entre ciertas condiciones estructurales existentes que nos determinan y la idea de un futuro deseado a partir de enfatizar lo que se requiere, para ajusfar el presente al destino técnico determinado previamente» (12).

El desarrollo informático en las aulas, su actual crecimiento expo­nencial en los sistemas formales de enseñanza, se produce en un momento de transformación de la filosofía educativa según premisas clásicas del productivismo industrial. Algunas de las proclamas que definen esta mutación de políticas educativas han sido analizadas críticamente y pueden ser comparadas con la realidad de los retos tecnológicos vislumbrables desde la perspectiva de la estructura de la información. La economía privatizadora dominante en el discurso sobre la educación introduce una serie de consignas bajo las que se legitiman incoherencias didácticas, filosofías esclerotizantes y hasta presupues­tos autoritarios en el manejo de las nuevas tecnologías de la información aplicadas al sistema formal de enseñanza. Fernández Enguita destaca, en este sentido, cómo la defensa de la adaptación del sistema educativo a los cambios en el mercado de trabajo, los requerimientos industriales en pro del desarrollo permanente de los recursos humanos, el fomento de la iniciativa empresarial en la investigación básica, las propuestas de excelencia educativa y la alfabetización informática forman parte de un mismo proyecto social basado en el fetichismo tecnológico (13). Así, «se va legitimando una pedagogía impregnada de pragmatismo —a la cual una tecnología educativa de cuño conductista presta sustento teórico— construida sobre el objetivo de transmitir información a cada educando aislado de los otros» (14).

Informática, lenguaje, procesos cognitivos y física social

Michael J. Streibel ha desarrollado un análisis crítico de los tres enfoques tradicisnales —adiestramiento y práctica, tutoría informática y simulación y programación—, presentes en el uso de la informática al servicio de la educación, para concluir que las capacidades intelectuales fomentadas por tales aplicaciones se revelan ciertamente demasiado limitadas:

«En todos los enfoques se considera al estudiante un procesador de información genérico, lo que, en último término, indica que la capacidad de acción intelectual de la persona que aprende disminuye en vez de aumentar con los sistemas informáticos de enseñanza asistida, a pesar de que se sostiene exactamente lo contrario» (15).

Como señala Schaeffer, la influencia de la informática sobre la enseñanza se presenta bajo la apariencia de la automatización de una industria. «Es finalmente una ideología, o al menos la expresión de una tendencia que consiste en sustituir al hombre por una máquina que sería de mayor rendimiento (en tareas concretas), o más competente (en un campo de conocimiento), o más heurística (con una inteligencia artificial más desarrollada, por lo menos en cierto sector)» (16). Esta ideología es fácilmente rastreable en los albores del presente siglo, y parece cuando menos ilustrativo que en una etapa de cambio como la que anticipa el nuevo milenio, se introduzcan metáforas de tipo conductista similares a los que utilizaron teóricos de la sociedad de masas y psicólogos de las multitudes para explicar y predecir el proceso de transformación del capitalismo clásico en el conocido modelo de pro­ducción masiva que introduce la sociedad de consumo.
Uno de los principales factores de cambio social que introduce la revolución de las comunicaciones es la profunda transformación del proceso de trabajo, progresivamente desagregado, hasta el punto de plantear nuevas claves explicativas en la actual individualización y fragmentación de tareas, distribuidas por las redes informacionales. Esta «nueva sociedad de flujos» (17) demanda pues otra cultura del trabajo, otro sujeto distinto para el proceso de producción. Las mutacio­nes económicas, y sobre todo culturales, obligan al hombre a asumir el esfuerzo de prever su futuro sentando las bases para una formación permanente y actualizada en función del cambio social constante y acelerado, una educación que enseñe a desaprender hábitos y ritos cognoscitivos al objeto de poder abrir la mente en su totalidad para adaptarse a la innovación tecnológica continua. Esto es, educar hoy no es otra cosa sino PENSAR AL REVÉS (18).
Las nuevas tecnologías de la información demandan hoy en el mercado una mayor cualificación profesional, puesto que se suprimen empleos rutinarios y se crean nuevos procesos que requieren de des­trezas técnicas y reflexivas bien distintas al perfil mostrado hasta la fecha por el trabajador fordizado. Por ejemplo, la flexibilidad y adapta­bilidad en el empleo son consecuencias directas de la innovación tecnológica. Si durante el desarrollo del modelo de organización taylorista, escuela y trabajo permanecieron como dos polos divididos desde el origen del industrialismo clásico, hoy día se reivindica desde la empresa la utopía societaria de la educación integral. Frente a la segmentación y descomposición del trabajo colectivo en la cadena de montaje, el fordismo es desplazado por la lógica de los círculos de calidad. La descentralización, autonomía y flexibilidad organizativa fa­vorecen, al contrario que en los grandes talleres fordistas, la participa­ción del trabajador, que debe ser necesariamente inventivo, cooperante y críticamente reflexivo para comprender el proceso total desde su posición de productor polivalente. Precisamente los principios de poli­valencia y de transversalidad definen en términos generales el modelo de empresa Toyota y el espíritu del modelo de organización social que establece la era de las comunicaciones para el nuevo milenio.
Sin embargo, paradójicamente, estos planteamientos renovadores de la empresa toyotista limitan la participación, la organización descen­tralizada y los flujos de información y decisiones a nivel transversal dentro de un marco linealmente uniforme. Es así que la nueva gestión holista en la empresa recurre a una terminología proveniente de la biología. «La empresa y el mercado-mundo son tratados a través del prisma del organismo vivo» (19). Y de puertas a dentro, la jerarquía empresarial heredada del capitalismo clásico es sustituida por la capilaridad de la función directiva, difundida a lo largo y ancho del cuerpo de la empresa, como una ameba.
Tal contradicción entre el fomento de una lógica participatoria —que no participativa— y la identificación del trabajador con el organismo corpóreo de la empresa (luego inane y por tanto automático, en cuanto automatizado) forma parte también de las contradicciones existentes entre las demandas del sector productivo y la dinámica de la enseñanza formal, que guía el desarrollo de la comunicación educativa, traducién­dose en una inconsistente aplicación conductista de las potencialidades técnicas del ordenador frente a la expresividad requerida al nuevo trabajador y su creatividad en los islotes de producción.

Kaplún ha descrito exactamente la magnitud e incongruencia de semejante desfase de la siguiente manera:

«El concepto de calificación emerge como un nexo clave entre educación y trabajo y entre educación y demandas sociales. La educación se ve desafiada a ofrecer una formación polivalente y flexible de la cual el desarrollo de la capacidad del educando para comunicarse se presenta como un requisito previo insoslayable (...). En lugar de persistir en la acumulación de+informaciones, la educación ha de formar para buscar, procesar e interpretar la información, formar así mismo para el trabajo en equipo: hacer adquirir no tanto contenidos y aptitudes como la experiencia de la colaboración y del trabajo en grupos con vistas a un fin común: preparar para el manejo de lenguajes abstractos y de símbolos, para expresarse y comunicarse» (20).

Ahora bien, «mientras la educación de matriz individuada entiende por modernizarse el traslado a la enseñanza de los métodos industriales de troquel taylorista y la lógica de producción en cadena, la industria de bienes tangibles en la que ella se inspiró estaría descartando esos mismos métodos por antieconómicos e ineficientes y reclamando otros nuevos basados en los principios de participación y comunicación que la matriz desechó y relegó al olvido» (21).

El viejo proyecto positivista del padre negado está en el trasfondo sustancial del modelo fordista de producción y actualmente fundamenta el paradigma japonés reduciendo la complejidad de lo humano a esque­mas propios del organicismo. Ese fue el origen de las ciencias de la comunicación y explica el hecho de que la flexibilidad laboral halle su contrapeso en la rigidez de la norma, y la educación integral sea contemporizada por la homogeneización individualista. Por eso el nuevo modelo productivo de organización horizontal y de participación de los trabajadores en la gestión de la empresa se reduce a la asunción automática de los valores, rituales y objetivos de la organización por influjo directo de la mercadotecnia y la comunicación corporativa. Por eso la educación tecnologizada consiste en una educación reproductora moderadamente reformista, de progreso en orden, según la lógica de una física social —tal y como la entendía Comte o como en su día describió Moles al hablar del nuevo muro de la comunicación— en la que la pedagogía tiene por objetivo aprender a medir para tomar medidas.
Así, las teorías funcionalistas observan que la computadora es un campo cognitivo de intervención del sujeto que favorece niveles com­plejos de procesamiento de información. La metáfora del reloj como máquina perfecta similar a la inextricable mente humana resulta enton­ces desplazada por la lógica cibernética del ordenador. Siempre dentro de esquemas fácilmente identificables por su mecanicismo (22). Justa­mente, lateoría matemática de la comunicación y la cibernética se sitúan en sus orígenes dentro de este esquema de «biologismo computacional» (23) presente en la mayoría de enfoques pedagógicos que intentan legitimar el rol central de las nuevas tecnologías de la información en la revolución de la enseñanza. Tanto Wiener como Shannon, Skinner o Simón y Newell comparten en el marco de esta concepción fisicalista un mismo supuesto teórico reduccionista, con importantes implicacio­nes políticas en el enfoque de algunos modelos de desarrollo cogniti­vo. La fantasía capitalista de una programación óptima lineal de la producción y del desarrollo humano basa su ideología en el biologismo típicamente positivista al desplazar métodos, técnicas y conceptos de las ciencias naturales al ámbito de lo humano, por ejemplo en el caso de la comunicación.
Pero este proyecto no es exclusivo del caduco sueño comtiano perfilado en su física social. El actual tecnocratismo dominante en los discursos de la economía, la política, la psicología, lo social y en algunos teóricos de las ciencias de la educación, erigidos en referente de la nueva enseñanza tecnológica, puede ser comparado mediante un aná­lisis genealógico con el plan, hasta ahora aplazado, de unificación de las ciencias en el proceso de racionalización de la naturaleza y de naturalización de lo social y humano. Se trata de una forma burda de trazar la frontera de legitimación entre los especialistas que trazan con tiralíneas las leyes objetivas de la determinación y la gran masa de la humanidad sometida a la mirada poderosa de los técnicos positivistas situados en la cúspide de la república platónica (de nuevo el muro de la comunicación, según Moles) como administradores del saber-poder, criticado por Foucault:

«Por intermedio de la teoría general de sistemas, convalidada así por la biología, el modelo de gestión de la firma industrial se transforma en modelo de gestión de Estado. Este modelo acarrea prácticas centralizadoras en su espíritu (gestión de la economía, pero también de la administración pública, del hospital, de la escuela...)(...). La función de la biología en las relaciones entre campos científicos explica su lugar en el seno del cientificismo, y mediante ello la articulación que asegura entre cientificismo y tecnocracia (...). La concepción del mundo que la biología moderna toma de Darwin posee la triple cualidad de ser liberal (competidora), progresista y natura­lista. A este título permite naturalizar el liberalismo político y económico y asegurar el progresismo de la sociedad liberal» (24).

¿Qué sentido tiene entonces hablar por tanto de conductismo en la educación integral que propone el modelo Toyota?, ¿está justificado aplicar estos principios de análisis a la didáctica de la nueva escuela tecnologizada en el que la comunicación educativa forma las nuevas generaciones del trabajador postfordista?, ¿o tal cultura cientificista estaría descartada, por ejemplo, en los diseños instructivos de educa­ción asistida por ordenador? ¿Sería ésta tan sólo una pesadilla agorera sobre el benefactor ideal neoliberal de la empresa-mundo, de la empre­sa toyotista, de la empresa comunicante y el trabajador comunicador? En definitiva, ¿de qué hablamos en educación cuando fundamentamos nuevos modelos rospectivos de enseñanza basados en la ciencia y en la tecnología?, ¿qué papel desempeña en términos epistemológicos la informática en el aula?
Kaplún ya nos ha aproximado una respuesta sobre la contradicción elemental que experimenta la educación y la comunicación educativa entre modelos tecnocráticos de enseñanza y los requerimientos propios de la nueva producción industrial. Ahora bien, conviene explicar el porqué de esta contradicción, profundizando el sentido del nuevo con­ductismo toyotista desde el punto de vista de la psicología cognitiva y la teoría del aprendizaje en su desarrollo de las últimas décadas aplicado a la alfabetización informática, para ver después la convenien­cia de una perspectiva histórico-cultural de carácter constructivista, o situacionista, a la hora de instrumentar una metodología didáctica que favorezca las potencialidades pedagógicas con la introducción del or­denador en el aula.
Hasta hoy, la problemática del aprendizaje que apela al cientificis­mo y la objetividad, formulando leyes generales a partir de técnicas experimentales de observación, finalmente reduce la psicología a la relación causalista estímulo-respuesta. A partir de ella, se articulan didácticamente objetivos prácticos de eficacia, destreza, competencia comunicativa y control sobre la adquisición de conocimiento, ilustrativa­mente estudiado por la lógica de sistemas, al comprender el desarrollo cognitivo según el proceso sistémico de procesamiento de información (inputs-outputs). La teoría conductista explicaría así el funcionamiento cognitivo metamorfoseando al espacio social en laboratorio. La educa­ción, desde esta perspectiva, viene siendo una tecnología del compor­tamiento deseable y planificado. Por ejemplo, la comunicación interna en la empresa no instrumenta otra cosa sino una ingeniería del compor­tamiento deseable, para que el trabajador se identifique con los objetivos y la imagen corporativa, al fin de que cumpla mejor las metas de
productividad industrial. La mercadotecnia y las técnicas de comunica­ción organizacional y/o comunicación interna, ejemplares en la empresa postfordista, buscan la adhesión creativa del trabajador, del mismo modo que la propaganda nazi buscaba la identificación de la masa con el líder o del mismo modo también que el conductismo norteamericano estudiaba la tecnología del comportamiento de los ciudadanos estadou­nidenses para modelar su «peligrosidad» como masa o inculcarle nuevos hábitos de consumo en el establecimiento de la nueva sociedad de la abundancia (25). La diferencia entre ambos planteamientos cier­tamente no es sólo de tipo cuantitativo. Si bien, en lo sustancial, pertenecen a un mismo modelo de organización social y de concepción mecanicista de lo humano. Semejante planteamiento redunda en pro­cedimientos de educación informatizada de tipo cuantitativo, declarativo procedimental. Puesto que el aprendizaje se entiende tecnocráticamente como un proceso de adquisición de los conocimientos vía refuerzo de los estímulos. Es decir, unidireccionalmente, de manera mecánica­mente planificada por objetivos.
Frente a este punto de vista conductista y su actual correlato cognitivista característico del reduccionismo biologista de algunas con­cepciones ostensiblemente mentalistas, los procesos de autorregula­ción mental han sido estudiados por otros autores centrando el problema de la educación desde una perspectiva humanística y fenomenológica, fundamentalmente en un contexto como el actual en el que el modelo educativo deja de centrarse en el polo de la enseñanza (maestro-libro) en favor del aprendizaje (alumno) (26). Es decir, de una concepción del alumno fundamentalmente reactivo, hoy se tiende a defender una concepción de la educación a partir de estrategias motivacionales y metacognitivas que favorezcan el autoaprendizaje fomentando el rol activo de los educandos.

Así, por ejemplo, a partir de la teoría cognitiva de Brown (27), Streibel parte de tres supuestos elementales que determinan la utiliza­ción de la informática en el aula:

1.  La cognición supone una conversación con la situación.

2.  El conocimiento supone una relación de acción práctica entre la mente y el mundo.

3.  El aprendizaje supone una iniciación cognitiva simultánea a ciertas actividades de cooperación y práctica múltiple.

Como cabe deducir, el planteamiento teórico de Brown modifica radicalmente la concepción clásica de los sistemas instructivos basados en el paradigma informacional. Según el enfoque biologista de la ciencia cognitiva, la mente opera como mero procesador de información sim­bólica, por lo que el conocimiento vendría a ser un conjunto de estructuras simbólicas codificadas y descodificadas por individuos aislada­mente del contexto social; esto es, la enseñanza y el aprendizaje se entienden como la comunicación planificada del conocimiento. Y por lo tanto, la finalidad principal del lenguaje se reduciría a codificar y trans­mitir representaciones que supuestamente reflejan estados o procesos objetivos del mundo. Se trata de un aprendizaje cognitivo descontextualizado, formal, resolutivo y hasta cierto punto solipsista en sus funda­mentos, pues comparte premisas básicas del individualismo metodológico. En esta perspectiva, la pedagogía se limita a una peda­gogía por objetivos (28). Seguimos en el símil del taller y la escuela (29). La concepción fenomenológica del aprendizaje propone, por el contrario, que la construcción social de la realidad se basa en la cognición y la acción práctica que se desarrollan en la vida cotidiana. Es decir, precisamente en el mundo o espacio vital se construyen visiones y percepciones de la realidad. De ahí que, como propone Brown, sea necesaria una metodología didáctica claramente situacionista. La importancia de comprender con fines didácticos la cognición de abajo a arriba es similar a la revolución epistemológica de las ciencias de la comunicación en su proceso de evolución metodológica, experi­mentada en la última década, del paradigma informacional al paradigma de la mediación, al centrar su objeto de estudio en los intersticios del mundo vivido que teorías como la de los aparatos ideológicos y otros estructuralismos de distinto signo no alcanzaban a comprender (30). Tal cambio de orientación significa optar en educación por una perspectiva o mirada sobre el hecho educativo más etnometodológica (31):

«El diseñador del aprendizaje situacional tendrá, en consecuencia, que encontrar modos de ayudar a los que aprenden para que actúen como etnógrafos en la situación de aprendizaje. Ello alejaría el diseño instructivo de la metáfora de la transmisión de contenido en los sistemas instructivos basados en la ciencia cognitiva, aproximándolo en cambio a la metáfora del estar en el mundo propio del paradigma del aprendizaje situado» (32).

La teoría vigotskyana del autoaprendizaje ha inspirado diversos modelos teóricos que autores como el citado Brown, Leontiev o Bruner han desarrollado fundamentando una pedagogía constructivista, con participación activa de los sujetos, frente al clásico modelo bancario de educación o la enseñanza informatizada de carácter tecnocrático.

Metodología cualitativa y comunicación educativa dialógica

Un cambio en la educación técnica basada en el ordenador exigiría como premisa una interpretación diferente de las características del conocimiento, a partir de objetivos no previstos, basado en métodos epistemológicos propios de una didáctica que contemple la experiencia interpretativa, la intuición, la síntesis dialéctica e incluso la introspección como elementos consustanciales al desarrollo integral del sujeto edu­cando. Es decir, se trata de recuperar aquello que la enseñanza conductista de orientación tecnocrática deja de lado por catalogarlo de ruido en el proceso de comunicación educativa: orden autoconstruido, aspec­tos connotativos, ambigüedad, redundancia, racionalidad dialéctica, simultaneidad de lógicas alternativas, etc.... En otras palabras, toda reflexión pedagógica que procure incorporar la informática en el aula debe aspirar a evitar el reduccionismo cientificista que tan fácilmente predomina en la educación infradesarrollada en torno al ordenador, debido a su tendencia lógica a eliminar la esfera cualitativa, dialéctica y experimental del conocimiento, que debería formar parte de una autén­tica educación integral innovadora.
Proponer modelos de aprendizaje que reconstruyan lo real median­te la investigación a través de la prensa, puede ser una de las múltiples formas que integre el manejo de las redes y tecnologías electrónicas con el acceso a la realidad sociocultural, en la medida en que propor­cione dinámicas dialógicas de cooperación en el aula. Es decir, si el diálogo es la esencia de la educación (33), la introducción de la infor­mática en la escuela debe ser objeto de una mediación pedagógica que posibilite procesos de construcción autónomos del aprendizaje merced al establecimiento de comunidades interpretativas:

«En las interacciones de diálogo interpersonales, las personas se encuen­tran, confrontan, aceptan (en mayor o menor medida) y relacionan mutua­mente como individuos únicos (...). Se sientan así las. bases para la capacidad de acción personal en el aprendizaje. El diálogo interpersonal puede, por supuesto, hacerse mecánico si los seres humanos interesados actúan basándose en alguna imagen estereotipada del otro. Sin embargo, siempre existe en las interacciones personales un potencial de discurso verdadero que nunca puede hacer en las interacciones entre ser humano y ordenador» (34).

Es decir, el ruido, la interferencia, así como el fenómeno de la redundancia son indispensables, en cierta proporción, para el buen desarrollo de la expresión humana. De lo contrario, no estaríamos ante procesos de comunicación, sino ante procesos mecanicistas de trans­misión de información, cuya naturaleza termina prescindiendo, según el modelo teórico fisicalista, del elemento específicamente humano.
Al contrario que en la concepción tradicional de la educación, que limita los actos de representación al ámbito de la lingüística y la información textual, el enfoque de la comunicación como proceso exige una fundamentación psicosociológica en una perspectiva histórico-cultural a nivel cognitivo. Así, estamos en condiciones de afirmarque «para que un conocimiento resulte significativo, desde una perspectiva perso­nal, ha de estar basado en una experiencia propia; ha de partir de una experiencia de conocimiento» (35). La pedagogía de la era tecnotrónica debe caracterizarse, en este sentido, por ser una pedagogía tecnológi­ca, una pedagogía del pensamiento dialógicamente histórica.
Si la escuela debe proporcionar al ciudadano del futuro los códigos conceptuales de representación pensando en una sociedad dominada por las nuevas tecnologías y los medios de comunicación de masas, la educación ha de fijarse como objetivo prioritario la formación de sujetos capaces de adaptarse al cambio social permanente. Lo que exige considerar al educando «como/una/realidad/abierta/activa/participativa/cooperativa/contextualizada» (36).

Una metodología de trabajo colectivo en el aula a partir de dinámi­cas grupales de investigación con prensa electrónica favorecería, en este sentido, una enseñanza constructivista de la realidad:

«El tiempo ganado en la búsqueda de información podría permitir especial­mente descubrir puntos de vista divergentes sobre un tema dado y desa­rrollar, así, en el alumno el poder de discernimiento, en lugar del aprendizaje maquinal. La disponibilidad casi inmediata de la información debería, en cualquier caso, traducirse en una disminución constante de la importancia que se concede a la memorización en los programas escolares» (37).

De esta forma, a través de la práctica investigadora con prensa electrónica en el aula, la informática deja de ser tótem tecnológico para convertirse en instrumento de comunicación cooperativa. La educomunicación favorecería así un modo de comunicación dialéctica generador en los alumnos de la conciencia necesaria en torno a la posibilidad real de intervenir y modificar tanto el proceso mismo de transmisión de información como el uso unidimensional de las tecnologías. El trabajo grupal de investigación a través de los diarios electrónicos puede crear un ambiente de diálogo propicio para la construcción contextualizadora de los conocimientos.
Si la comunicación es el eje de funcionamiento de una sociedad democrática, sin duda la educación se convierte en el principal capital del cual hacer uso para lograr alcanzar dicho objetivo, más allá de los saberes tecnológicos y del encantamiento de la racionalidad instrumen­tal. El aprendizaje con esta propuesta metodológica favorecería un conocimiento situacionista del entorno social ligando, como sería me­nester, información, sociedad, educación y tecnología en un mismo proyecto de formación autónoma. Frente al mecanicismo autista que critica Sfez, es necesario poner las tecnologías de la información al servicio de la creatividad e imaginación humanas, pues, como bien señalara el discípulo de Sócrates, un hombre libre no puede aprender como esclavo.

Notas

1.  Cfr. Bernard Miége, La sociedad conquistada por la comunicación, ESRP-PPU, Barcelona, 1992.

2.  Resulta cuando menos significativo el hecho de que el término acuñado para designar la revolución de las comunicaciones electrónicas tenga su origen en la teorización estadounidense fundamentada en la doctrina de la seguridad nacional. La diplomacia de la cañonera, remplazada por la lógica uniformizadora de la aldea global, seguirá siendo en la obra de autores como Daniel Bell el elemento legitimador del papel de los medios en las nuevas relaciones de interdependencia en un sistema mundial desequilibrado y constante desorden y desvertebración social.

3.  Cfr. Manuel Castells, La ciudad informacional, Alianza Editorial, Madrid, 1995.

4.  José F. Beaumont, La prensa cambia de papel, en VV.AA., Apuntes de la sociedad interactiva. Autopistas inteligentes y negocios multimedia, Fundesco, Madrid, 1994.

5.  Cfr. Armand Mattelart, La internacional publicitaria, Fundesco, Madrid, 1989.

6.  Cfr. Francisco Sierra, «Democracia y pedagogía de la comunicación», en VV.AA., Los retos de la educación ante el siglo XXI, CEAPA, Madrid, 1995.

7.  Cfr. J. Botkin, Aprender, horizonte sin límites. Informe al Club de Roma, Editorial Santillana, Madrid, 1979.

8.  Patrice Flichy, Las multinacionales del audiovisual, Gustavo Gili, Barcelona, 1982.

9.  Cfr. Rafael de la Cruz, Tecnología y poder, Siglo XXI, México, 1987, Jorge A. Sábato y Michael Mackenzie, La producción de tecnología, ILET/Nueva Imagen, México, 1982.

10.  Barry McDonald, «Micromundos y mundos reales», en Comunicación y Pedagogía, Ne 120, Barcelona, 1993, p.35.

11.  Cfr. Jürgen Habermas, Técnica y ciencia como ideología, Tecnos, Madrid, 1984.

12.  Guillermo Orozco, «La computadora en la educación: dos racionalidades en pugna», en Diálogos de la Comunicación, N- 37, FELAFACS, Lima, 1993, p. 34.

13.  Cfr. Mariano Fernández Enguita, Juntos pero no revueltos. Ensayos en torno a la reforma de la educación, Visor, Madrid, 1990.

14.  Mario Kaplún, «Del educando oyente al educando hablante. Perspectivas de la Comunicación Educativa en tiempos de eclipse», en Diálogos de la Comunicación, N-37, FELAFACS, Lima, 1993, p. 19.

15.  Michael J. Streibel, Tres enfoques del uso de la informática en la educación, en VV. AA., Comunicación, tecnología y diseños de instrucción, CIDE, Madrid, 1993, p. 34.

16.  Pierre Schaeffer, Incidencia de los media sobre la educación general, en UNESCO, Sobre el futuro de la educación hacia el año 2000, Narcea, Madrid, 1990, p. 204.

17.  Manuel Castells, «La sociedad de la información. Diez tesis», en Temas para el Debate, N°- 5, 1995, p. 68.

18. Cfr. Benjamín Coriat, Pensar al revés. Trabajo y organización en la empresa japonesa, Siglo XXI, Madrid, 1993.

19.  Armand Mattelart, La comunicación-mundo. Fundesco, Madrid, 1992, p. 243.

20.  Mario Kaplún, op.cit., p. 26.

21.  Ibid., p. 26.

22. Cfr. Norbert Wiener, «Cibernética», en VV.AA., Comunicación y cultura, Nueva Visión, Buenos Aires, 1984.

23.  Evidentemente, la utilización del ordenador como metáfora explicativa del funciona­miento cognoscitivo ha supuesto un extraordinario avance en la comprensión de las estructuras cognitivas. El problema es que esa metáfora se ha traducido, en el plano social y político, en formas e intentos de control humano, tanto a nivel social como a nivel de los límites de aprendizaje cognitivo. Es decir, el biologismo constituye una interpretación peligrosamente etológica del desarrollo intelectual de los sujetos dados sus fundamentos compartidos con la utopía saintsimoniana de la administración-máquina.

24. Pierre Achard, discurso biológico y orden social, Nueva Imagen, México, 1980, p.336.

25. A lo largo del texto, el lector habrá podido rastrear el hilo rojo que vincula planteamien­tos teóricos tan alejados y distantes como el organicismo europeo (Spencer) instrumen­tado por Goebbels, con intereses de la investigación administrativa de la mass communication research en Estados Unidos, obsesionada con regular y controlar el comporta­miento de las «clases peligrosas», tal y como definió en su día a las masas Gustave LeBon. Algunos autores como Mattelart, han dedicado sus últimos trabajos a estudiar la genealogía de la comunicación y del pensamiento social para comprender el sentido de nuevas promesas como la interactividad o las autopistas de la información difundidas por un discurso renovado típico del iluminismo cientificista burgués.

26.  Este cambio de prioridades en la educación tiene su máxima expresión en el informe publicado por Edgar Faure, Aprender a ser, Alianza Editorial, Madrid, 1972.

27. Cfr. J.S. Brown; A. Collins y P. Duguid, «Situated cognition and the culture of learning», Educational Researcher, 18 (1), 1989, pp 32-42. Sobre el marco general de debate de esta perspectiva alternativa sobre cognición y nuevas tecnologías en el aprendizaje y los procesos de percepción social conviene que el lector revise el artículo de M.J. Streibel, «A cultural analysis of the use of computers ¡n education», Educational Communications and Technology Journal, 34 (3), 1986, pp 137-161.

28.  Cfr. J. Gimeno Sacristán, La pedagogía por objetivos: obsesión por la eficiencia, Morata, Madrid, 1985.

29. Cfr. Mariano Fernández Enguita, La cara oculta de la escuela: educación y trabajo en el capitalismo, Siglo XXI, Madrid, 1990.

30. Cfr. K.B. Jensen y N.W. Jankowski (Eds.), Metodologías cualitativas de investigación en comunicación de masas, Bosch, Barcelona, 1993.

31.  Si contemplamos la situación de aprendizaje desde la perspectiva de una persona no experta que aprende, afirma Streibel, observamos que se asemeja mucho a una cultura extranjera, a la que se ha de acceder y que debe ser comprendida desde sí misma. De modo que habrá de enfrentar los problemas similares de un etnógrafo, pues se encuentra en esta situación de aprendizaje ante prácticas discursivas nuevas. Es decir, necesitará desarrollar etnometodologías incorporadas a fin de interpretar las tradiciones del conoci­miento y las prácticas discursivas de la misma subcultura disciplinar.

32.  Streibel, op.cit, p.96.

33.  Cfr. Paulo Freiré, Pedagogía del oprimido, Siglo XXI, Madrid, 1986.

34.  Streibel, op.cit., p.58.

35. Gonzalo Vázquez, Inteligencia, tecnología y escuela en la sociedad postindustrial, en VV.AA., Comunicación, tecnología y diseños de instrucción, CIDE, Madrid, 1993, p. 222.

36.  Ibid., p. 221.

Autor: Francisco Sierra Caballero es profesor asociado de Teoría de la Comunicación y la Educación en la Escuela de Ciencias de la Comunicación Educativa del Centro Universi­tario México.
* Este texto es una versión elaborada especialmente para Voces y Culturas de la ponencia presentada por el autor en la Comisión de Trabajo sobre «Políticas de Educación, Ciencia y Tecnología», dentro del
XX Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, celebrado en Ciudad de México entre el 2 y el 6 de octubre de 1995. Fuente: Voces y culturas – Revista de Comunicación – Estrategias y conflictos culturales – Nº11/12 – 1997 – Pág. 101 a 118